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por Andrés Obychniev El hack era una sensación, como si algo hubiera mordido el aire desde adentro. Las paredes de policarbono del museo vibraron con un zumbido tenue, casi medido, como un insecto que sabe que está en un lugar sagrado. Nadie lo notó al principio. Nadie salvo los perros. Dormían en la cámara lateral, entre vitrinas geométricas donde flotaban piezas raras y engranajes que no tocaban ejes, relojes sin números, cráneos con superficies pulidas como espejos negros. Cuando el hack atravesó el edificio, los perros abrieron los ojos al mismo tiempo. No ladraron. Escucharon. La viguala empezó sola. No había nadie tocándola, pero las cuerdas vibraban con una melodía vieja, una que no pertenecía a ninguna época reconocible. Era una música que parecía recordar algo anterior al sonido mismo. Los perros no se movieron. Sus cuerpos se tensaron como si cada músculo fuera un hilo tirante dentro de una maquinaria invisible. En el centro del museo estaba el Cronomaster. No era una má...
