//ceNIzas
por Andrés Obychniev Al amanecer, cuando la niebla del humedal todavía posaba sobre los canales muertos de San Antonio, el auto procesador volvió a encenderse solo. Nadie recordaba quién lo había construido. Los viejos hispanos del barrio decían que estaba ahí antes de la última inundación. Algunos aseguraban que antes del ferrocarril. Otros, que antes de la ciudad misma. Era una construcción baja de hierro ennegrecido, enterrada a medias en la tierra. Tubos semejantes a intestinos metálicos penetraban el suelo y reaparecían kilómetros después junto al viejo acuario abandonado. Las máquinas jamás se detenían. Ni siquiera cuando no había electricidad. Ni siquiera cuando nadie las alimentaba. Aquella mañana un hombre llamado Rivera decidió acercarse. Había encontrado algo extraño. Un puñado de ceniza gris. Entre la ceniza sobresalían pequeños huesos ennegrecidos. Parecían restos de un gato. El anciano curandero del barrio lo observó desde lejos. —No toque eso. Rivera sonrió. —Es bas...