USINAS_DE_ARRABALES
por Carlos Arrunta y Adán Sacha I. El Gabinete de la Usina Nadie en el archivo parroquial recordaba exactamente cuándo apareció la máquina lyep, pero todos coincidían en que no estaba allí el invierno anterior, cuando el sacristán (un tal Ibarra, o quizá Ibáñez) había muerto de un modo impropio, con la boca llena de uvas negras y la mirada fija en un punto que nadie más veía. El gabinete donde ahora descansaba la máquina era una sala lateral de la iglesia, de esas que suelen destinarse a reliquias olvidadas o a muebles que ya no cumplen función. Sin embargo, desde su aparición, el aire en ese recinto se volvió espeso, como si el ozono se hubiera filtrado desde una tormenta lejana que nunca terminaba de llegar. La lyep no tenía cables visibles ni engranajes evidentes. Era, más bien, un volumen irregular, como un odre ajado que sudara una sustancia imperceptible. Al acercarse, uno creía oír murmullos, palabras incompletas, fonemas desarticulados, como si alguien ensayara un idioma que aú...
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