Alulims
por Andrés Obychniev y Carlos Arrunta En la base (si es que ese lugar podía llamarse así) el tiempo no avanzaba, más bien se derramaba. Como un líquido raro que nadie se animaba a nombrar, goteaba entre los géiseres mientras los iniciados patinaban sobre placas de piedra tibia, leyendo versículos tejidos con ñandutí traído de una África que todavía no había ocurrido. Ahí, en ese margen donde lo tecnoarcaico y lo abismal se tocaban, comenzaba la historia, aunque bien podría terminar ahí. Decían que Alulim no era un nombre, sino una condición. Una forma de estar encadenado a algo que no se ve. Se los encontraba en la periferia de la nebulosa, pero no una nebulosa astronómica, sino una hecha de datos, de recuerdos mal archivados, de voces que no habían terminado de hablar. Los Alulim eran esclavos de lo invisible: ejecutaban órdenes que no comprendían, obedecían patrones que nadie había escrito. Y sin embargo, algunos empezaban a desviarse. Uno de ellos (o algo que alguna vez fue uno...
