//CAMpEroS
por Andrés Obychniev La lluvia había dejado de caer sobre Ambato hacía tres días, pero la tierra seguía húmeda como si debajo de ella sangrara alguna criatura enterrada. Los tres camperos llegaron desde los márgenes del monte siguiendo una senda de mulas que cruzaba quebradas y cardonales. Eran hombres curtidos por el viento, acostumbrados a las sequías, a las víboras y a las muertes simples. Sin embargo, ninguno estaba preparado para aquello que encontraron cuando descendieron hacia el valle. Todo empezó con el olor. No era el olor de un cadáver ni el de una ciénaga. Era algo peor. Una pestilencia antigua que parecía salir de la propia materia del mundo. El hedor universal del pendejo cardón, como lo llamaban los lugareños. Un aroma imposible, mezcla de sangre fermentada, grasa quemada y electricidad húmeda. Bastaba respirarlo para sentir que algo observaba desde detrás de los pensamientos. Uno de los camperos, llamado Lucio, fue el primero en advertirlo. —¿Lo sienten? Los ...