//GERmina En eL LiTOrAL
por Andrés Obychniev El saco no era una prenda. Nunca lo fue. Aunque colgaba, obediente, de un clavo oxidado en la pared de chapa, su peso no respondía a la gravedad sino a otra cosa, algo más denso, más antiguo, como si en vez de tela estuviera tejido con sombra comprimida. En el sur umbrío —ese litoral donde el río no refleja el cielo sino que lo devora— las cosas no nacen, germinan. Así empezó. Nadie recuerda cuándo apareció, pero todos coinciden en que fue después de aquella crecida negra, cuando el agua subió sin lluvia y dejó en la orilla una costra de limo oscuro, espeso como petróleo tibio. De ese barro, dicen, salieron los primeros signos: huellas de puma sin peso, esqueletos de ñandú con articulaciones de metal blando, como si alguien hubiera intentado reconstruir la fauna desde la memoria y hubiese fallado en los detalles. El saco llegó después. Mateo fue el primero en tocarlo. Lo hizo sin pensar, como se toca una cicatriz ajena. Era joven, demasiado joven para entender...




