//BEDuinoS y ereMiTaS
por Andrés Obychniev El ómnibus no tenía conductor, pero avanzaba igual, como si recordara un trayecto que ya no existía en ningún mapa. Federico —aunque hacía rato que su nombre le sonaba ajeno— despertó en uno de los asientos del fondo, con la sensación de que su cuerpo había sido ensamblado en lugar de nacido. No había ventanas, solo superficies tensas, membranas translúcidas que vibraban con cada sacudida, como si el vehículo respirara. Estaban aislados. No por distancia, sino por diseño. Los otros pasajeros no hablaban. Algunos parecían dormidos, pero sus párpados no cerraban del todo. Debajo, engranajes húmedos giraban lentamente, como relojes biológicos que no daban la hora sino la culpa. Uno de ellos sostenía una baraja de naipes. No eran cartas comunes. Cada una mostraba escenas económicas imposibles: ciudades colapsando en cifras, cuerpos intercambiando órganos como monedas, mercados que latían como corazones expuestos. —Imitan la economía —susurró alguien sin mover la b...




