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por Andrés Obychniev  La creciente había dejado las islas convertidas en un archipiélago de huesos. Los sauces parecían costillas negras emergiendo del barro, y el Paraná avanzaba lento, espeso, como una criatura adormecida. Los pescadores de la costa decían que el río estaba enfermo. Que algo había despertado en las profundidades donde terminaban los mapas y comenzaban las supersticiones. Nadie les creyó. La Corporación de Asunción había instalado sus torres meses antes. Estructuras metálicas clavadas en los islotes, máquinas que vibraban noche y día produciendo una niebla dulce que perfumaba el aire. Según los ingenieros, era un proyecto experimental para recuperar ecosistemas degradados. Según los viejos isleños, era una forma elegante de llamar a la profanación. El primero en desaparecer fue Benítez. Había ido a revisar unas trampas para surubíes y jamás regresó. Hallaron su lancha varios kilómetros río abajo. Dentro encontraron jirones de piel pegados a los remos y una sustanc...

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