//EL PaChaKuti
por Andrés Obychniev La toldería del molino nunca había sido un refugio, era una advertencia. Decían que en la roca, donde alguna vez funcionó la escuela del Pachakuti (ese signo torcido de los tiempos en que el mundo se da vuelta sobre sí mismo), los hombres aprendían a leer no letras, sino fallas. Grietas en la realidad. Cicatrices del cielo. Pero nadie que saliera de ahí volvía entero. O volvía demasiado completo. Yo llegué cuando el fuego gusano ya estaba despierto. No era un incendio común. No ardía. Se arrastraba. En el pantano, entre ovejas abiertas como frutas podridas y pumas con la mandíbula desencajada, el fuego avanzaba como una víscera luminosa, una tripa encendida que respiraba. No iluminaba, revelaba. Y lo que mostraba era peor que la oscuridad. Los cuerpos. Ni muertos ni vivos. Reconfigurados. Las ovejas tenían los ojos invertidos, mirando hacia adentro, como si contemplaran un recuerdo que las devoraba desde el cerebro. Los pumas… los pumas ya no cazaban. Caminaba...
