SOMBREROS
por Carlos Arrunta En una noche que todavía no ha ocurrido (aunque persiste en los márgenes de ciertos calendarios apócrifos) alguien escribió que la luna sangraba. No era una metáfora, había sido herida. La versión más aceptada sostiene que fueron los ciclonautas, esos errantes del tiempo que, contrariando toda lógica, llevan sombreros de ala ancha como si el viento de los siglos fuese un animal domesticable. Otros, menos prudentes, dicen que la luna se hirió a sí misma al contemplar su propio reflejo en un futuro donde ya no existía. Yo supe de ese incidente antes de que sucediera, en un libro que encontré en una biblioteca que ya había sido demolida. El volumen (sin título en el lomo) estaba escrito en una lengua que no reconocí, aunque comprendí cada palabra. Ahí se afirmaba que las estrellas no eran puntos de luz sino criaturas suspendidas, y que sus formas, si uno las miraba demasiado tiempo, revelaban una anatomía peligrosa, las tetas de las estrellas eran como cuchil...
