#arCAno
por Adán Sacha Al alba la ciudad no despertaba sino que se reiniciaba. Nadie le decía ciudad, igual. Era un espigón de cables oxidados clavado en el río marrón, una costra de concreto húmedo donde las retro-utopías se vendían como packs de nostalgia pirateada. Pantallas rotas transmitían para nadie: familias felices que nunca existieron, presidentes muertos dando discursos que nadie escuchaba, publicidades de un futuro que ya había pasado dos veces. Todo eso vibrando como un zumbido constante, como si el aire tuviera fiebre. El barro hablaba. Literal. No con palabras limpias, sino con ese murmullo espeso que se te mete por la suela, sube por la pierna y te hace pensar cosas que no son tuyas. Ahí abajo, entre las bolsas negras y los restos de drones caídos, el lodo guardaba memoria. Decían que era el zuncho justiciero, una especie de anillo invisible que ajustaba todo, que atraía a los que tenían deuda con algo o con alguien. Por eso aparecían las anguilas. Anguilas negras, gordas,...
