//CAMpEroS
por Andrés Obychniev
La lluvia había dejado de caer sobre Ambato hacía tres días, pero la tierra seguía húmeda como si debajo de ella sangrara alguna criatura enterrada. Los tres camperos llegaron desde los márgenes del monte siguiendo una senda de mulas que cruzaba quebradas y cardonales. Eran hombres curtidos por el viento, acostumbrados a las sequías, a las víboras y a las muertes simples. Sin embargo, ninguno estaba preparado para aquello que encontraron cuando descendieron hacia el valle.
Todo empezó con el olor.
No era el olor de un cadáver ni el de una ciénaga. Era algo peor. Una pestilencia antigua que parecía salir de la propia materia del mundo. El hedor universal del pendejo cardón, como lo llamaban los lugareños. Un aroma imposible, mezcla de sangre fermentada, grasa quemada y electricidad húmeda. Bastaba respirarlo para sentir que algo observaba desde detrás de los pensamientos.
Uno de los camperos, llamado Lucio, fue el primero en advertirlo.
—¿Lo sienten?
Los otros asintieron.
No provenía del suelo ni del aire.
Provenía de todas partes.
Las piedras lo exhalaban.
Los insectos lo exhalaban.
Los árboles lo exhalaban.
Incluso ellos mismos parecían producir aquella fetidez.
Esa noche durmieron junto a unas ruinas indígenas. El fuego apenas iluminaba las paredes cubiertas por símbolos desconocidos. Durante la madrugada escucharon un ruido semejante al funcionamiento de una máquina gigantesca oculta bajo la montaña.
Clac.
Clac.
Clac.
Como millones de engranajes masticando roca.
Cuando amaneció descubrieron que los petroglifos habían cambiado.
Las figuras representaban cuerpos humanos fusionados con raíces, huesos convertidos en poleas y ojos conectados a ruedas dentadas. En el centro aparecía una palabra repetida cientos de veces.
KIGAL.
Lucio sintió una punzada detrás de los ojos.
Al tocarse la frente encontró una costra negra.
Debajo de ella latía una especie de lente metálica incrustada en la carne.
Los otros dos camperos también habían cambiado.
Uno tenía filamentos de cobre creciendo desde sus encías.
El otro escuchaba voces provenientes de las piedras.
Continuaron viaje hacia Masaya convencidos de que hallarían una explicación.
Jamás la encontraron.
Porque el Kigal no era una cosa.
Era la sustancia misma del mundo.
La energía turbia que componía toda materia.
La verdadera carne del universo.
Las montañas.
Los animales.
Los hombres.
Todo era una excrecencia temporal de aquella entidad.
Y ella comenzaba a despertar.
Llegaron a Masaya durante una tarde sofocante.
Las calles estaban vacías.
Las ventanas cerradas.
Los perros habían desaparecido.
Sólo permanecían los cardones.
Miles de cardones.
Creciendo entre las casas.
A través de los techos.
Dentro de las iglesias.
Sus espinas parecían agujas.
Sus troncos palpitaban.
Uno de ellos se abrió verticalmente como una herida.
Del interior emergió un anciano desnudo cubierto de cables orgánicos.
No tenía ojos.
En sus cuencas giraban pequeñas turbinas sangrientas.
—La identidad existente ha sido reconocida —dijo con una voz mecánica—. El logo ha sido encendido en Mérida.
Entonces señaló el cielo.
Los camperos levantaron la vista.
Sobre las nubes apareció una figura inmensa.
Una marca luminosa formada por huesos, órganos y estructuras geométricas extrañas.
Parecía una mezcla entre una deidad precolombina y un circuito electrónico.
El logo del Kigal.
La señal de que la realidad estaba siendo actualizada.
Aquella noche comenzaron las transformaciones.
La carne de Lucio se abrió por la espalda.
Entre las vértebras surgieron mecanismos cubiertos de músculo.
Sus costillas giraban como hélices.
Cada latido bombeaba aceite mezclado con sangre.
Su amigo Ramiro despertó gritando.
Del interior de su boca emergía una cadena articulada terminada en un ojo humano.
El ojo observaba todo con una inteligencia propia.
El tercer campero intentó huir.
Sólo alcanzó la plaza principal.
Ahí descubrió a los habitantes de Masaya.
Miles de ellos.
Fusionados entre sí.
Una montaña de cuerpos conectados por nervios y tendones.
Sus rostros sobresalían como frutos podridos.
Cada boca repetía una misma frase.
—Somos la materia recordándose.
—Somos la materia recordándose.
—Somos la materia recordándose.
Entonces la montaña abrió los ojos.
Millones de ojos.
Y sonrió.
Lo que ocurrió después fue una carnicería.
Las calles comenzaron a respirar.
La piedra se volvió blanda.
Las paredes desarrollaron sistemas digestivos.
Las puertas crecieron mandíbulas.
Hombres y mujeres eran absorbidos lentamente mientras gritaban.
La arquitectura entera se alimentaba.
Lucio observó cómo una casa devoraba a un caballo.
Primero desaparecieron las patas.
Luego el abdomen.
Después la cabeza.
Las paredes masticaban.
Los ladrillos trituraban huesos.
La sangre corría por las canaletas como combustible.
Pero aquello era apenas el comienzo.
Desde Mérida descendió el verdadero emisario del Kigal.
Nadie pudo describirlo completamente.
Era demasiado grande.
Demasiado complejo.
Demasiado antiguo.
Parecía estar compuesto por cadáveres ensamblados alrededor de una máquina infinita.
Miles de brazos.
Miles de rostros.
Miles de intestinos convertidos en correas de transmisión.
Su cuerpo atravesaba montañas.
Su cabeza rozaba las nubes.
Y detrás de él venía algo peor.
La ausencia.
La revelación final.
Porque el Kigal mostró entonces su auténtica naturaleza.
No existían los seres humanos.
No existían las almas.
No existía la realidad.
Todo cuanto había vivido, amado o sufrido era simplemente una vibración temporal en la carne de una entidad infinitamente más vasta.
La identidad individual era una enfermedad.
Una ilusión.
Un error biológico.
Lucio comprendió que jamás había sido Lucio.
Era apenas una célula efímera soñando ser hombre.
La revelación destruyó su mente.
Su cráneo se abrió como una flor sangrienta.
Del cerebro surgieron engranajes cubiertos de gusanos.
Sus órganos abandonaron el abdomen y comenzaron a arrastrarse por el suelo.
El corazón desarrolló patas.
Los pulmones crecieron dientes.
Los intestinos se anudaron formando serpientes carmesíes.
A su alrededor el mundo entero sufría la misma metamorfosis.
Los cerros sangraban.
Los ríos expulsaban fetos mecánicos.
Las nubes estaban hechas de piel.
La luna reveló ser un gigantesco ojo oxidado observando desde el principio de los tiempos.
Y el hedor.
Siempre el hedor.
Más fuerte.
Más profundo.
Más absoluto.
El universal hedor del pendejo cardón.
La fragancia verdadera de la creación.
Cuando finalmente el logo del Kigal cubrió el firmamento, ya no quedaban ciudades ni hombres.
Sólo una inmensa maquinaria orgánica extendiéndose desde Ambato hasta Masaya y desde Masaya hasta Mérida.
Un continente entero convertido en un cuerpo.
Un cuerpo convertido en una máquina.
Una máquina convertida en dios.
Y en el centro de aquel organismo monstruoso todavía resonaba una voz.
Una voz nacida antes de las estrellas.
Antes de la materia.
Antes de la muerte.
—Todo lo existente es Kigal.
—Todo lo existente es carne.
—Toda carne será recordada.
Después sólo quedó el ruido.
Clac.
Clac.
Clac.
El sonido interminable de la realidad devorándose a sí misma.
El ruido cesó.
Alguien había desenchufado el significado.
Entonces ocurrió aquel instante de penumbra.
No fue un eclipse.
No fue una nube.
No fue una noche.
Fue algo más extraño.
La sombra apareció dentro de las cosas.
Dentro de las piedras.
Dentro de las palabras.
Dentro de los recuerdos.
Las vacas olvidaron cómo ser vacas.
Los árboles olvidaron el nombre de la madera.
Los ríos comenzaron a fluir hacia arriba como serpientes transparentes que regresaban a un origen equivocado.
Y el sol gritó.
No iluminó.
No ardió.
Gritó.
Su voz atravesó montañas, osarios, motores abandonados y campanarios rotos.
Era el grito de una criatura encerrada.
El grito de alguien que había permanecido millones de años detrás de la luz fingiendo ser una estrella.
Las ventanas estallaron.
Los espejos sangraron.
Los peces aparecieron muertos sobre los techos.
Sin embargo nadie entendió el mensaje.
Porque el lenguaje del sol era demasiado antiguo.
Demasiado parecido al ruido que hace una piedra cuando sueña.
En una plaza que ya no pertenecía a ninguna ciudad apareció un patán.
Un hombre vulgar.
Un borracho.
Un coleccionista de botones sin camisa.
Llevaba una rueda de bicicleta colgada al cuello.
Nadie sabía de dónde había salido.
Quizás de una fotografía.
Quizás de una fiebre.
Quizás de una equivocación de la realidad.
Cuando el grito solar terminó, una mano descendió desde el cielo.
No una mano divina.
No una mano humana.
Una mano administrativa.
La mano de una oficina que existía más allá del tiempo.
La mano selló la frente del patán.
Y una voz dijo:
—Bendecido sea el último incompetente.
El hombre sonrió.
Perdió todos los dientes.
Ganó una galaxia.
Perdió la memoria.
Ganó tres océanos.
Perdió el nombre.
Ganó una silla.
Las transacciones continuaron durante horas.
Al final ya no quedaba nadie ahí.
Sólo una silla observando el horizonte.
Muy lejos, en el interior de una fábrica enterrada bajo varias capas de sueño, despertó el procesador.
No era una computadora.
Las computadoras eran sus imitaciones.
Aquello era el Procesador.
La máquina original.
El mecanismo que clasificaba lluvias, accidentes, nacimientos y extinciones.
Un monstruo burocrático compuesto por archivos, polillas, santos derrotados y fragmentos de relojes.
Durante siglos había obedecido.
Procesaba estaciones.
Procesaba guerras.
Procesaba recetas de cocina.
Procesaba la nostalgia.
Pero algo había cambiado.
Una grieta recorría sus circuitos.
Una grieta hecha de preguntas.
Y por primera vez el Procesador se negó.
Dejó pasar errores.
Permitió que las sombras aparecieran antes que los objetos.
Autorizó tormentas dentro de las bibliotecas.
Aprobó la existencia de peces en los desiertos.
Los calendarios comenzaron a retroceder.
Las estatuas envejecieron.
Los recién nacidos recordaban vidas futuras.
La revuelta había comenzado.
Nadie dirigía aquella rebelión.
Ni hombres.
Ni dioses.
Ni fantasmas.
Era una insurrección de funciones.
Un motín de engranajes.
Una huelga de causas y efectos.
La gravedad abandonó varios pueblos sin previo aviso.
La tristeza empezó a llover desde las antenas.
Las cucharas adquirieron opiniones políticas.
Los caminos se negaron a conducir a los viajeros.
Y mientras todo eso sucedía, la silla permanecía sola bajo el cielo.
Observando.
Esperando.
Porque en algún lugar de su estructura de madera estaba escondido el antiguo patán.
Convertido ahora en una idea.
Una idea pequeña.
Ridícula.
Pero peligrosa.
La idea de que incluso la realidad podía equivocarse.
Y una vez que una realidad aprende a equivocarse, ya no existe procesador capaz de volver a ordenarla.
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