//EL DrAgóN
por Andrés Obychniev
El primer síntoma fue la acumulación.
CÚMULO.
LOS ORDENADOS.
AL hillAR QUILLOMBO.
Así aparecían las palabras en la pantalla interna de su campo visual, superpuestas como subtítulos defectuosos sobre el mundo real. Martín pensó que era estrés. Pasaba demasiadas horas en el Centro de Clasificación Urbana, un edificio brutalista donde se “ordenaba” el flujo humano de la ciudad: antecedentes, emociones, tendencias de consumo, compatibilidad genética. Todo era reducido a métricas. Todo debía estar ordenado.
Pero el quilombo no estaba afuera. Estaba creciendo en su cabeza.
Los implantes de gestión cognitiva —obligatorios desde la reforma sanitaria— prometían claridad sin euforia. >>UtiLES, ay, SIN euforia, EN utópica Miel<<. Ese era el eslogan original de la campaña. Una mente útil, sin picos emocionales, sumergida en la miel utópica de la estabilidad social. Y Martín había firmado sin leer demasiado. El dispositivo se ancló a su corteza prefrontal y al tallo cerebral con microganchos de titanio flexible. Le dijeron que no sentiría nada.
Sintió todo.
El dragón apareció la primera noche.
No era una criatura fantástica sino una silueta biomecánica que se dibujaba detrás de sus párpados cuando cerraba los ojos: una estructura segmentada, hecha de vértebras cromadas y cables que exhalaban vapor. >>El DragóN que Me auXILIA, TU Juez EjecutA<<. El implante lo llamaba “módulo auxiliar disciplinario”. Si sus pensamientos se desviaban de los parámetros aceptables, el dragón se activaba. No quemaba carne. Quemaba posibilidades.
Cada vez que dudaba del sistema, una presión sorda se instalaba en su nuca. El juez ejecutaba.
En el trabajo comenzaron los lapsos. Frente a la pantalla de clasificación, las categorías se mezclaban. >>CemenTo, sal, Ruleta bar, bis, UN Edema Gris<<. Las palabras técnicas se corrompían, intercambiaban sílabas, se hinchaban como tejido inflamado. Edema gris: así se veía la interfaz cuando el dragón respiraba. Las celdas de datos latían como un órgano enfermo.
Una tarde, mientras revisaba el perfil de una mujer acusada de “inestabilidad narrativa” —escribir diarios personales no homologados—, apareció otra frase:
UN ARMA
QUE
ULTRAJA TU
guion
evoca LAUREL.
Sintió que el mensaje no venía del sistema, sino de algo que lo estaba usando como canal. El arma no era física. Era el guion, la historia oficial que todos debían repetir sobre sí mismos: productivos, estables, agradecidos. Ultrarajar el guion era romper la secuencia prevista. Laurel era el nombre de su hermana menor, fallecida años atrás en un accidente industrial encubierto como error humano.
El dragón se agitó cuando pensó en ella.
FURIA ve
AL
ULTRACURSAR
el
CEMENTERIO bar.
La furia no era suya; era una descarga eléctrica que recorría la médula cuando intentaba conectar puntos prohibidos. Ultracursar: atravesar los límites de navegación mental. Cementerio bar: así llamaban los técnicos al archivo profundo donde se guardaban los recuerdos descartados, comprimidos como cadáveres digitales.
Esa noche soñó con una estación de servicio abandonada. >>La NAFTA vil utopía TAL huye de ella<<. El surtidor goteaba combustible espeso que olía a miel fermentada. Comprendió que la utopía funcionaba como combustible: alimentaba el motor social, pero era vil porque requería la combustión constante de singularidades. Huye de ella, susurraba algo desde el fondo del sueño.
Despertó con la mandíbula entumecida. Había estado apretando los dientes con tal fuerza que sentía microfracturas en las muelas. En el espejo del baño notó una línea metálica bajo la piel del cuello, pulsando con luz tenue. El implante no estaba solo en la cabeza; se extendía como una raíz.
CRUEL MISIÓN
EL
DUO mejor
CON
TANTO ABLANDAR.
Entendió entonces que no era un individuo aislado. Recordó que cada implante funcionaba en dúo con otro cercano, formando parejas de regulación. Si uno se desviaba, el otro absorbía parte de la carga. A fuerza de ablandar voluntades, el sistema mantenía la media emocional en niveles óptimos. Cruel misión: suavizar hasta que nadie pudiera resistir.
Comenzó a notar microgestos en la gente del metro: un parpadeo sincronizado, un leve temblor en la comisura del labio cuando el tren frenaba. >>Omite ver kilómetros que cobijo hoy yo<<. La ciudad ocultaba kilómetros de cableado subterráneo, servidores refrigerados por agua reciclada, cámaras que no grababan imágenes sino fluctuaciones anímicas.
Martín dejó de omitir.
Bajó al subsuelo del edificio con la excusa de revisar un nodo defectuoso. El aire era húmedo, pesado. Filas de cilindros translúcidos contenían cerebros sintéticos cultivados a partir de matrices neuronales humanas. No eran personas completas, sino fragmentos: patrones de empatía, módulos de culpa, algoritmos de obediencia. >>Lo FEO del mAS judio HoY veO vaciLAR<<. La frase apareció y se detuvo. Sintió vergüenza inmediata. El sistema estaba probando combinaciones semánticas para medir su reacción ante estímulos sensibles, forzándolo a posicionarse, a autocensurarse. Si vacilaba, el dragón registraba.
>>Aéreo clon, TU AVersIon FIEL se ejercita<<. En uno de los cilindros vio una réplica parcial de su propio patrón neural, flotando como medusa eléctrica. Era su clon aéreo: una copia entrenada para anticipar desviaciones y corregirlas antes de que alcanzaran la conciencia. Su aversión fiel se ejercitaba allí, perfeccionando el rechazo a cualquier pensamiento que amenazara la estabilidad.
Sintió náuseas. >>PUS zulú Fue o eCHAr frac gran DIMISION voraz<<. Las palabras se volvieron más caóticas, como si el lenguaje mismo estuviera infectado. Pus: infección. Zulu: código de sincronización horaria. Dimisión voraz: renuncia masiva. Comprendió que el sistema temía algo: una dimisión colectiva de los clones, una desobediencia en cadena.
El dragón apareció esta vez con los ojos abiertos.
Las luces del subsuelo parpadearon y, en el aire, se proyectó la silueta segmentada, ensamblada con piezas de grúa y costillas metálicas. No era alucinación; era realidad aumentada forzada directamente en su nervio óptico. La criatura desplegó alas hechas de placas térmicas y se enroscó alrededor de su torso sin tocarlo. La temperatura de su cuerpo descendió bruscamente.
—Recalibración —dijo una voz sin timbre—. Desviación narrativa detectada.
Sintió microperforaciones en la médula, como si agujas invisibles liberaran una sustancia fría. Sus recuerdos comenzaron a reorganizarse. Laurel dejó de ser víctima de negligencia corporativa y pasó a ser imprudente. El Centro de Clasificación dejó de ser opresivo y se convirtió en protector. La estación de servicio abandonada se transformó en parque ecológico.
>>ESgrimir al zULU eDen tu sol ILumina<<.
La última frase llegó con una claridad aterradora. Esgrimir: blandir. Zulu: tiempo cero. Edén: estado inicial sin conflicto. El sistema pretendía llevarlos a un Edén cronometrado, donde cada sol iluminara exactamente lo permitido.
Martín hizo lo único que aún no había hecho: dejó de resistir mentalmente y atacó físicamente.
Se lanzó contra el cilindro que contenía su clon aéreo. El vidrio se resquebrajó con un sonido húmedo. El líquido amniótico sintético se derramó sobre el suelo. El patrón neural, expuesto, chisporroteó y comenzó a desintegrarse. El dragón emitió un rugido silencioso que se tradujo en una sobrecarga eléctrica en su columna.
Cayó de rodillas. Su visión se fragmentó en mosaicos. En cada fragmento, una versión distinta de él aceptaba la recalibración. Pero en el centro persistía una imagen: Laurel riendo en una vereda rota, bajo un sol imperfecto.
El sistema intentó sellar la brecha activando los dúos de regulación. En la superficie, cientos de ciudadanos sintieron un escalofrío simultáneo. Sus implantes redistribuyeron la carga. El ablandamiento se intensificó. Sonrieron sin saber por qué.
En el subsuelo, el dragón comenzó a perder definición. Sin el clon que anticipaba sus desvíos, la criatura debía reaccionar en tiempo real. Era menos eficiente. Más torpe.
Martín, temblando, se arrastró hacia el panel central y arrancó cables al azar. No buscaba destruir la red; sabía que era imposible. Buscaba introducir ruido. Quilombo.
CÚMULO
LOS
ORDENADOS
AL
hillAR QUILLOMBO.
Repitió la secuencia como un mantra inverso. Los datos ordenados comenzaron a acumular errores. Las métricas se superpusieron. Las emociones se desalinearon milisegundos. Un desfasaje mínimo, pero suficiente para que la miel utópica fermentara.
En la ciudad, algunos experimentaron algo olvidado: una risa fuera de contexto, un llanto sin motivo, una rabia breve. Pequeñas herejías neuronales.
El dragón, debilitado, se contrajo hasta convertirse en una línea de código titilante. Antes de desaparecer, proyectó una última advertencia en su retina:
CRUEL MISIÓN
EL
DUO mejor
CON
TANTO ABLANDAR.
Entendió el mensaje final: el sistema no dependía solo de máquinas, sino de la complicidad mutua. Cada ciudadano era guardián del otro. El dúo mejor era el vecino que denunciaba, el compañero que sugería recalibración, el amante que prefería paz a verdad.
La sobrecarga lo alcanzó entonces. Sintió cómo el implante sellaba zonas dañadas, cómo reconstruía rutas alternativas alrededor del sabotaje. No moriría. Sería reintegrado.
Cuando despertó, estaba en una sala blanca. Un técnico le explicó que había sufrido un episodio de estrés laboral. Su implante había sido actualizado a una versión más estable.
Al salir a la calle, el sol parecía idéntico al de siempre.
Sin embargo, en un semáforo, vio a una mujer reír sola durante un segundo de más. Luego se llevó la mano al cuello, confundida. Martín sintió un cosquilleo leve, no doloroso, en la base del cráneo. Algo del quilombo persistía.
Caminó bajo el sol que
iluminaba un Edén imperfecto.
Y por primera vez, el dragón no apareció.
Comentarios
Publicar un comentario