//ceNIzas
por Andrés Obychniev
Al amanecer, cuando la niebla del humedal todavía posaba sobre los canales muertos de San Antonio, el auto procesador volvió a encenderse solo.
Nadie recordaba quién lo había construido.
Los viejos hispanos del barrio decían que estaba ahí antes de la última inundación. Algunos aseguraban que antes del ferrocarril. Otros, que antes de la ciudad misma.
Era una construcción baja de hierro ennegrecido, enterrada a medias en la tierra. Tubos semejantes a intestinos metálicos penetraban el suelo y reaparecían kilómetros después junto al viejo acuario abandonado.
Las máquinas jamás se detenían.
Ni siquiera cuando no había electricidad.
Ni siquiera cuando nadie las alimentaba.
Aquella mañana un hombre llamado Rivera decidió acercarse.
Había encontrado algo extraño.
Un puñado de ceniza gris.
Entre la ceniza sobresalían pequeños huesos ennegrecidos.
Parecían restos de un gato.
El anciano curandero del barrio lo observó desde lejos.
—No toque eso.
Rivera sonrió.
—Es basura.
El viejo escupió.
—Es la ceniza del gato de S'adamu.
Rivera se rio.
No sabía quién era S'adamu.
Nadie lo sabía realmente.
Solo quedaban fragmentos de leyendas traídas por inmigrantes olvidados.
Historias de un héroe anterior a la historia.
Anterior a los reyes.
Anterior a los dioses.
El primer hombre que luchó contra los Arcontes.
El hombre que descubrió que el universo estaba enfermo.
Rivera pateó la ceniza.
Algo crujió.
Los huesos parecieron acomodarse.
Como dedos.
Como pequeñas patas que intentaban volver a unirse.
Aquello le produjo una inquietud absurda.
Se alejó.
Pero durante la noche escuchó arañazos.
Arañazos dentro de las paredes.
Arañazos detrás de los espejos.
Arañazos bajo la cama.
Al tercer día encontró huellas de gato en el techo.
Huían hacia el auto procesador.
Entonces comenzó a seguirlas.
El sendero atravesaba el humedal.
Pasaba entre árboles muertos.
Seguía hasta el acuario abandonado.
Y finalmente descendía hacia un túnel.
El nogal estaba ahí.
Solo.
Imposiblemente vivo.
Sus raíces penetraban el hormigón.
Sus ramas cubrían la entrada como si custodiaran algo.
O impidieran que algo saliera.
Rivera descendió.
El túnel olía a carne mojada.
A sangre oxidada.
A órganos conservados durante siglos.
Mientras avanzaba escuchó un rumor mecánico.
Un jadeo.
Un latido.
Un rechinar de engranajes.
Y comprendió que el túnel estaba vivo.
Las paredes respiraban.
Los conductos palpitaban.
Las vigas exhalaban vapor caliente.
Todo era una sola criatura.
Una criatura enterrada bajo San Antonio.
Más abajo encontró el acuario.
Los vidrios estaban intactos.
Pero detrás de ellos no había agua.
Había oscuridad.
Una oscuridad líquida.
Algo se movía en ella.
Miles de siluetas.
Miles de cuerpos.
Miles de rostros humanos pegados unos contra otros.
Los ojos abiertos.
Las bocas abiertas.
Todos observándolo.
Todos respirando.
Todos muertos.
Entonces vio al gato....o lo que quedaba de él.
La ceniza había reconstruido algo.
Algo imposible.
La criatura tenía huesos expuestos.
Tendones metálicos.
Dientes de acero.
Pistones que emergían de las costillas.
Su cabeza estaba abierta como una flor enferma.
Y dentro había un rostro humano.
Anciano.
Pálido.
Terriblemente consciente.
—S'adamu...
susurró la criatura.
La voz provenía de todas partes.
De los tubos.
De las paredes.
De los huesos.
De los motores.
Entonces el acuario explotó.
Los vidrios estallaron.
La oscuridad líquida se derramó por el túnel.
Y con ella llegaron los otros.
Los Arcontes.
No tenían forma estable.
A veces parecían hombres.
A veces insectos.
A veces montañas de órganos.
A veces simples geometrías indescriptibles.
Pero siempre poseían ojos.
Miles de ojos.
Miles de pupilas observando desde ángulos antinaturales.
Rivera cayó.
Sintió que algo penetraba su espalda.
Una raíz.
No.
Un cable.
No.
Una vena.
No.
Las tres cosas a la vez.
La estructura biomecánica del túnel lo estaba absorbiendo.
Sus vértebras comenzaron a abrirse.
Una por una.
Como flores sangrientas.
Los nervios fueron extraídos.
Enrollados.
Conectados a conductos pulsantes.
Rivera gritó.
Los gritos resonaron durante horas o siglos.
No podía saberlo.
El tiempo había dejado de existir.
Los Arcontes descendieron sobre él.
Y comenzaron a alimentarse.
No de su carne.
No de su sangre.
Sino de sus recuerdos.
Cada recuerdo arrancado emergía de su cráneo en forma de gusano luminoso.
Su infancia.
Su madre.
Sus amantes.
Sus sueños.
Todo fue devorado.
Pero el cuerpo permanecía vivo.
Siempre vivo.
Siempre consciente.
Entonces apareció S'adamu.
No era humano.
Tal vez nunca lo había sido.
Una figura gigantesca construida con esqueletos, motores, cadenas y pieles cosidas.
Miles de rostros humanos formaban su torso.
Miles de bocas rezaban desde su carne.
Miles de ojos lloraban aceite negro.
Y detrás de él giraban ruedas dentadas tan grandes como edificios.
Los Arcontes retrocedieron.
Por primera vez parecieron sentir miedo.
S'adamu abrió la boca.
Dentro había galaxias muertas.
Universos enfermos.
Mundos convertidos en maquinaria.
Y habló.
Su voz hizo sangrar las paredes.
—La prisión continúa.
Entonces el nogal comenzó a temblar.
Las raíces atravesaron kilómetros de tierra.
Penetraron el túnel.
Atravesaron a los Arcontes.
Los desgarraron.
Los cuerpos se abrieron como animales sacrificados.
Montañas de vísceras negras inundaron las galerías.
Ojos arrancados rodaron por el suelo.
Mandíbulas gigantes masticaron sus propios órganos.
Tentáculos de nervios colgaban de los techos.
El aire se llenó de sangre, grasa y vapor hirviendo.
Los gritos fueron tan intensos que hicieron reventar los tímpanos de Rivera.
Pero aún podía escuchar.
Escuchar cómo cada fragmento de aquellos seres seguía vivo.
Seguía sufriendo.
Seguía suplicando.
S'adamu avanzó entre la carnicería.
Las ruedas de su espalda trituraban cadáveres.
Los huesos crujían bajo toneladas de metal.
La sangre formó un río.
Un río que desembocó en el auto procesador.
Y entonces Rivera comprendió la verdad.
El auto procesador no fabricaba nada.
Procesaba almas.
Desde antes de la humanidad.
Desde antes de la Tierra.
Los Arcontes alimentaban la máquina.
La máquina alimentaba el universo.
Y el universo entero era un matadero.
Un matadero infinito.
Un sistema diseñado para triturar conciencia.
S'adamu observó a Rivera.
Miles de ojos.
Miles de rostros.
Miles de expresiones distintas.
Todas desesperadas.
Todas condenadas.
—Despierta.
Rivera abrió los ojos.
Estaba nuevamente junto al montón de cenizas.
Amanecía.
San Antonio parecía normal.
Los pájaros cantaban.
Los autos circulaban.
Todo era cotidiano.
Entonces vio sus manos.
Debajo de la piel se movían engranajes.
Pequeños dientes metálicos giraban bajo los músculos.
Escuchó un maullido.
Giró lentamente.
El gato de ceniza estaba sentado detrás de él.
Esperándolo.
Y mucho más allá, bajo la ciudad, bajo los humedales, bajo los cimientos del mundo, el auto procesador continuaba funcionando.
Hambriento.
Eterno.
Procesando algo infinitamente peor que la carne.
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