LA PESTE

por Carlos Arrunta 


Aquella mañana de 1937, aunque después se demostraría que también ocurrió en 2089 y quizá hace tres mil años, Heredia recibió una carta escrita con su propia letra.

La encontró dentro de un ejemplar apolillado de un tratado sobre comercio colonial de Puebla. No recordaba haberla escrito. Sin embargo reconoció ciertas deformaciones en las letras, una inclinación particular de la "r" y una mancha de tinta que sólo él solía dejar cuando pensaba demasiado.

La carta era breve.

"No busques el río de Jujuy. El río te está buscando a ti."

Nada más.

Durante semanas intentó olvidar aquella frase. Trabajaba en una oficina gris donde los monitores mostraban estadísticas absurdas sobre mercados inexistentes. Cierta tarde, mientras redactaba un informe sobre exportaciones desaparecidas, observó algo extraño en la pantalla.

Entre columnas numéricas apareció una imagen.

Un río naranja.

No exactamente naranja. Era más bien el color de una fruta soñada por alguien que jamás había visto el sol.

Detrás del río se elevaban terrazas escalonadas. Heredia sintió una punzada de miedo. Conocía aquel paisaje. Lo había visto muchas veces en sueños.

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Mucho después descubriría que el río no estaba en Jujuy o mejor dicho, Jujuy estaba dentro del río.

La diferencia parecía trivial hasta que comprendió que el espacio no funcionaba ahí según las costumbres humanas. 

Los mapas mentían. 

Los calendarios también.

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En Simestim, la Máquina, los continentes aparecían y desaparecían como reflejos sobre una superficie líquida.

Nadie sabía quién la había construido. Algunos afirmaban que era una computadora. Otros una rareza. Otros una enfermedad.

La teoría más inquietante sostenía que Simestim no simulaba universos. Simulaba recuerdos. Cada persona era un recuerdo de otra persona. Y así sucesivamente hasta llegar a una memoria primordial que nadie había encontrado.

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Fue en la ciudad de Concepción donde Heredia conoció al Codificador o tal vez fue en Fresno.

Los testimonios se contradicen. Incluso los archivos de Simestim presentan versiones incompatibles. En una de ellas el encuentro sucede bajo la lluvia. En otra durante un incendio. En una tercera, ambos hombres son la misma persona.

El Codificador tenía ojos extraordinariamente comunes. Eso era lo perturbador. Uno podía olvidarlos mientras los observaba.

—La simulación se está pudriendo —dijo.

—¿Cuál simulación?

—Todas.

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Esa noche apareció la peste. Algo extraño. Las personas comenzaban a llorar sin motivo. Lloraban en los mercados. Lloraban en las iglesias. Lloraban en los cementerios. Lloraban mientras dormían. Los científicos encontraron una regularidad aterradora. Cada lágrima contenía fragmentos microscópicos de información. Números. Símbolos. Algoritmos. Era como si la realidad estuviese filtrándose por los ojos humanos.

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Mientras tanto, en Arequipa y Zaragoza, separadas por océanos y siglos, comenzaron a registrarse los mismos fenómenos. Los algarrobos emitían sonidos. Instrucciones. Las raíces parecían reorganizarse bajo tierra formando diagramas retorcidos.

Algunos testigos afirmaron que aquellos diagramas reproducían la estructura completa de Simestim. Otros dijeron que eran mapas de algo mucho más antiguo.

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La Chakana apareció una madrugada. Surgió desde abajo. Desde las profundidades de la materia. Era una escalera formada por ausencia. Una arquitectura construida con vacíos. Miles de personas la contemplaron. Ninguna pudo describirla del mismo modo. Para algunos era una puerta. Para otros una montaña. Para otros una ecuación. Heredia vio algo diferente. Vio el río.

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El río atravesaba todos los planos.

Corría por Jujuy. Corría por Puebla. Corría por Tijuana. Corría también por lugares inexistentes cuyos nombres no podían pronunciarse sin alterar la memoria.

Y sobre sus aguas navegaban ciudades enteras. Ciudades construidas con recuerdos descartados. Bibliotecas compuestas por sueños olvidados. Imperios formados por errores de cálculo.

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Fue entonces cuando comprendió el significado de la carta.

El río lo estaba buscando porque él era una de sus fuentes. Un punto de origen. Un nodo. Un recuerdo fundamental dentro de Simestim.

La revelación debió haberlo destruido. Sin embargo ocurrió algo peor. No sintió sorpresa. Como si hubiese sabido siempre la verdad.

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Los archivos posteriores describen acontecimientos contradictorios.

Según algunas versiones, Heredia cruzó la Chakana. Según otras, jamás abandonó su escritorio.

Existen documentos donde muere. Existen documentos donde aún vive. Existen documentos donde nunca nació. Todas las variantes parecen igualmente auténticas.

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La última crónica conocida proviene de Tijuana.

Un operador lo-tech aseguró haber captado una transmisión procedente de fuera de la simulación.

La señal duró apenas nueve segundos. Contenía una sola frase.

"La aplicación verde de Dios ha escapado."

Nada más.

Los expertos discutieron durante décadas el significado de aquellas palabras. No llegaron a ninguna conclusión.

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Años después, o siglos antes, un niño caminó junto al río naranja. Sobre el horizonte brillaban las terrazas indescriptibles de Jujuy.

El agua arrastraba fragmentos de ciudades. Pedazos de Zaragoza. Pedazos de Puebla. Pedazos de Concepción. Pedazos de Fresno. Pedazos de futuros que jamás ocurrirían.

El niño encontró una carta flotando entre las corrientes. La abrió. Leyó una sola línea.

"No busques el río de Jujuy. El río te está buscando a ti."

Entonces levantó la vista. Al otro lado del agua vio a Heredia observándolo o quizá vio su propio reflejo. En Simestim ambas cosas eran exactamente iguales. Y detrás de ellos, inmenso e inmóvil, el silencioso algarrobo seguía ordenando el universo.

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Muchos años después de la desaparición de Heredia, cuando las academias de Puebla ya habían declarado apócrifos todos los documentos relativos al río naranja y cuando en Arequipa la Chakana era considerada apenas una superstición de campesinos y matemáticos, ocurrió un hecho que volvió a perturbar los archivos de Simestim.

Un hombre comenzó a soñar una biblioteca. Era una biblioteca que cambiaba de tamaño cada vez que alguien intentaba medirla. En ocasiones poseía siete salas. En ocasiones setecientas. A veces una sola habitación contenía todos los libros posibles; otras veces cada libro ocupaba un continente entero.

Lo extraordinario no era la arquitectura sino el contenido. Todos los volúmenes relataban la vida de Heredia. Pero ninguna versión coincidía con otra.

En un libro Heredia era comerciante. En otro sacerdote. En otro algoritmo. En otro río. En otro simplemente una palabra.

El soñador despertó sobresaltado y escribió cuanto recordaba. Al día siguiente comprobó que las páginas ya estaban escritas antes de que él las redactara. La tinta era antigua. Quizás centenaria. Quizás futura.

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Mientras tanto, en las terrazas naranjas de Jujuy, los ancianos comenzaron a notar una anomalía en el cauce.

El río estaba retrocediendo. No hacia su nacimiento geográfico. Retrocedía hacia su origen metafísico.

Cada noche una parte de sus aguas desaparecía. Y con ellas desaparecían recuerdos.

Primero fueron detalles menores. Nombres de calles. Canciones. Rostros de vecinos muertos. Luego comenzaron a borrarse acontecimientos históricos completos. Hubo quienes olvidaron guerras. Hubo quienes olvidaron ciudades enteras. Algunos despertaron convencidos de que el océano jamás había existido. Otros ya no recordaban la Luna. Los más afectados eran los niños. Describían un mundo diferente. Un mundo donde Simestim nunca había sido construido.

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Los ingenieros de la Máquina interpretaron aquello como una falla. Los místicos lo interpretaron como una revelación. Los locos afirmaron que ambas explicaciones eran la misma.

Entre estos últimos apareció un personaje singular conocido como el Cartógrafo de la Oscuridad. Vivía en los cementerios de Tijuana. Decía que los muertos seguían trabajando. Dentro de Simestim. Según él, cada tumba era una terminal. Cada esqueleto una memoria de respaldo. Cada epitafio una contraseña. Nadie le creyó hasta que comenzaron las transmisiones.

Todas las noches, exactamente a las tres y treinta y tres, los monitores de la ciudad mostraban mapas confusos. Mapas de lugares inexistentes. Uno de ellos llamó particularmente la atención. Representaba un continente negro situado más allá del espacio. No figuraban montañas ni ríos. Sólo una inscripción.

 "Aquí termina la simulación."

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La frase produjo una conmoción extraordinaria.

Durante siglos se había supuesto que Simestim era ilimitada. La idea de una frontera parecía absurda.

Sin embargo el mapa continuó apareciendo. Siempre igual. Siempre acompañado por la misma coordenada. La Chakana.

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Fue entonces cuando surgió una teoría aún más perturbadora.

Tal vez Simestim no simulaba un universo. Tal vez simulaba una prisión. Una inmensa estructura destinada a contener algo o a alguien.

Los teólogos se horrorizaron. Los científicos se burlaron. Los poetas comenzaron a desaparecer.

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Uno de ellos dejó un cuaderno encontrado años más tarde en Fresno. Las páginas contenían una única observación.

"La aplicación verde de Dios no escapó de Simestim. Simestim escapó de ella."

Aquella frase sería discutida durante generaciones. Nadie logró interpretarla de manera satisfactoria.

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Por entonces comenzaron a verse figuras extrañas junto al río. Parecían errores. Fragmentos de realidad mal ensamblados. Un hombre con dos sombras. Un caballo cuyos recuerdos pertenecían a otro caballo. Una mujer que envejecía hacia atrás mientras hablaba de acontecimientos futuros.

A veces aquellas entidades pronunciaban nombres desconocidos.

"Amarka" o "Kigal"

La repetían como quien recuerda una patria perdida o una condena.

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La noche en que la Chakana volvió a abrirse, el cielo desapareció. Simplemente dejó de existir. Detrás apareció otra cosa. Una superficie inmensa cubierta por símbolos móviles. Como si el universo hubiese sido arrancado y detrás sólo quedara un mecanismo. 

Millones observaron el fenómeno. Millones olvidaron haberlo visto minutos después. Sólo unos pocos conservaron el recuerdo. Entre ellos estaba el niño del río. Aunque ya no era un niño o quizá nunca lo había sido. Porque en Simestim la edad era una costumbre y no una ley.

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La figura avanzó hacia la Chakana. Al cruzarla encontró una escalera sin sentido. Cada peldaño conducía a un tiempo diferente. Subiendo podía descender siglos.bBajando podía alcanzar futuros remotos. Las leyes del espacio se comportaban como metáforas. Las metáforas como organismos vivos. Y al final del trayecto encontró una puerta.

No tenía cerradura. No tenía bisagras. Sólo una inscripción. Era la misma frase que Heredia había recibido en la carta. Pero ahora continuaba.

"No busques el río de Jujuy. El río te está buscando a ti. Porque el río recuerda lo que Dios ha olvidado."

La puerta se abrió. Y detrás no había luz. Ni oscuridad. Ni vacío. Había una ciudad. Una ciudad construida sobre el lomo de una criatura dormida. Una criatura tan vasta que las galaxias parecían polvo sobre su piel. Y en el centro de aquella ciudad aguardaban los Arcontes. Como bibliotecarios. Custodiaban algo infinitamente más peligroso que el poder. Custodiaban el archivo original de la realidad. El manuscrito del cual Simestim era apenas una copia defectuosa. Y entre sus páginas figuraba un nombre escrito innumerables veces. Heredia. Heredia. Heredia.

Como si toda la historia del universo hubiera sido apenas una nota al pie de ese nombre. Y mientras los Arcontes observaban al recién llegado, algo comenzó a despertar bajo la ciudad. Algo antiguo. Algo anterior incluso a Simestim. Algo que en ciertos fragmentos prohibidos era llamado Kooch. Y en otros, Gizzida. Y cuya respiración, lenta e inmensa, era la causa secreta de que el tiempo siguiera avanzando.


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