SOMBREROS
por Carlos Arrunta
En una noche que todavía no ha ocurrido (aunque persiste en los márgenes de ciertos calendarios apócrifos) alguien escribió que la luna sangraba. No era una metáfora, había sido herida. La versión más aceptada sostiene que fueron los ciclonautas, esos errantes del tiempo que, contrariando toda lógica, llevan sombreros de ala ancha como si el viento de los siglos fuese un animal domesticable. Otros, menos prudentes, dicen que la luna se hirió a sí misma al contemplar su propio reflejo en un futuro donde ya no existía.
Yo supe de ese incidente antes de que sucediera, en un libro que encontré en una biblioteca que ya había sido demolida. El volumen (sin título en el lomo) estaba escrito en una lengua que no reconocí, aunque comprendí cada palabra. Ahí se afirmaba que las estrellas no eran puntos de luz sino criaturas suspendidas, y que sus formas, si uno las miraba demasiado tiempo, revelaban una anatomía peligrosa, las tetas de las estrellas eran como cuchillas. No cortaban la carne, sino el tiempo.
En ese mismo libro se mencionaba a un tal Evaristo Luján, archivista, quien había catalogado los primeros testimonios de ciclonautas. Según Luján, estos viajeros no se desplazan en el tiempo sino que lo pliegan, como quien dobla una carta para ocultar un secreto. Sus sombreros (detalle que aparece reiteradamente) no eran ornamentos sino instrumentos, antenas que captaban las corrientes invisibles del devenir.
Fue en una de esas corrientes donde ocurrió la herida.
Hay quienes sostienen que la luna no siempre estuvo en el cielo. Algunos manuscritos gnósticos (que bien podrían ser falsificaciones del porvenir) sugieren que fue colocada ahí por una orden de ciclonautas exiliados, como una marca, un recordatorio de algo que debía olvidarse. Pero el tiempo, que no olvida, comenzó a erosionar ese pacto.
En el año 1937, o tal vez en el 2091 (las fechas se superponen en los registros), un ciclonauta de nombre incierto (quizás todos sus nombres eran verdaderos) decidió intervenir. Portaba un sombrero negro con una cinta roja, signo que, según Luján, indicaba una desviación grave en la línea temporal. Este viajante no buscaba corregir el tiempo sino abrirlo.
El acto fue descrito por múltiples testigos que no se conocieron entre sí, lo cual otorga a sus relatos una inquietante coherencia, el ciclonauta ascendió sin moverse, como si el espacio se retirara de su cuerpo, y al alcanzar la luna extrajo de su interior un objeto que no pertenecía a ese momento. Algunos dijeron que era un reloj detenido; otros, un corazón petrificado. Lo cierto es que, al retirarlo, la superficie lunar se desgarró.
Desde entonces, la luna sangra en noches que aún no han sido inscritas en el calendario.
Las consecuencias de ese gesto no se limitaron al cielo. En la Tierra (si es que ese nombre sigue siendo válido) comenzaron a aparecer fisuras en la continuidad. Personas que recordaban futuros que no habían vivido, ciudades que cambiaban de lugar mientras uno las atravesaba, libros que se escribían solos con versiones contradictorias de la historia.
Fue entonces cuando las estrellas revelaron su verdadera naturaleza.
Quienes observaron el cielo después de la herida notaron que las constelaciones ya no eran fijas. Se desplazaban con una lentitud imperceptible, como si buscaran una nueva forma. Algunos astrólogos (o lo que quedaba de ellos) afirmaron que las estrellas estaban reorganizándose en torno a un vacío. Otros, más lúcidos o más desesperados, comprendieron que ese vacío era la herida misma.
Y fue en ese contexto donde surgió la advertencia, no mirar demasiado tiempo.
Porque las estrellas, en su nueva disposición, comenzaron a emitir una luz que no iluminaba sino que cortaba. No era un fenómeno físico, aunque sus efectos podían medirse en términos de pérdida, pérdida de memoria, de identidad, de continuidad. Quienes se exponían a esa luz veían fragmentarse su historia personal en múltiples versiones incompatibles.
Uno de esos casos fue documentado por Luján en un apéndice que, según algunos, fue añadido después de su muerte.
El sujeto (cuyo nombre varía según la edición) afirmó haber visto en el cielo una figura que lo observaba. No era una estrella ni una constelación, sino algo intermedio, una forma que parecía construirse a partir de múltiples cuerpos celestes. En el centro de esa figura había una abertura, y de ella emanaba una luz más intensa que las demás.
El sujeto sostuvo la mirada.
En los días siguientes (o anteriores) comenzó a experimentar desdoblamientos. En uno de sus relatos, asegura haber sido él mismo quien hirió la luna; en otro, afirma haber sido testigo de ese acto desde una ciudad que ya no existe. En una tercera versión, declara no haber nacido nunca.
Luján concluye el informe con una frase que ha sido objeto de innumerables interpretaciones: “Las cuchillas no están en las estrellas, sino en lo que permiten ver”.
No sé si ese sujeto fui yo.
Lo que sí sé es que, desde que encontré ese libro (o desde que lo escribiré), he evitado mirar el cielo. No por miedo, sino por precaución, sospecho que cada mirada es una elección, y que algunas elecciones no pueden deshacerse.
A veces, sin embargo, no puedo evitarlo.
En esas noches (que podrían ser pasadas o futuras) levanto la vista y veo la luna. No siempre está herida. Hay versiones en las que permanece intacta, serena, como si nada hubiese ocurrido. En otras, la grieta es visible, una línea oscura que parece latir.
Y en algunas (las más inquietantes) la luna no está.
En su lugar, hay un vacío.
Y alrededor de ese vacío, las estrellas se agrupan, tensas, como si aguardaran una señal.
He llegado a pensar que la herida no fue un accidente ni un acto de rebeldía, sino una apertura deliberada. Una puerta.
Pero hacia dónde, no lo sé.
Tal vez hacia un tiempo donde los ciclonautas no existen.
O peor aún, donde todos lo somos.
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