SINCRONIZACIÓN
por Carlos Arrunta
Gizzida, la primera vez que escuché ese nombre fue en una pensión del barrio Tablada, en una habitación donde el techo transpiraba una humedad verdosa semejante al musgo de las criptas. Un viejo encuadernador, ciego de un ojo y casi transparente por la fiebre, me dijo que Gizzida no era un árbol sino la memoria que los árboles tienen del infierno. Luego corrigió esa frase y afirmó que tampoco era memoria, era sincronía. Pronunció esa última palabra con un terror que parecía heredado de generaciones anteriores al lenguaje.
Yo había llegado ahí buscando a un hombre desaparecido. O quizá buscando su traición. A veces creo que ambas cosas son equivalentes.
El hombre se llamaba Rinaldi, aunque en algunos papeles figuraba como Ismael Corvo. En otros, más antiguos, aparecía simplemente como “el jardinero”. Había trabajado durante años clasificando archivos en una biblioteca municipal que ya no existe; fue demolida después de un incendio que nunca ocurrió oficialmente. Entre las cenizas (que nadie vio) encontraron un mapa dibujado sobre cuero humano. El mapa indicaba la ubicación de algo llamado Gizzida.
No obstante, eso ocurrió muchos años después de que Rinaldi desapareciera o antes.
Porque el problema central de esta historia es el orden.
Hay noches en que recuerdo claramente haber visto a Rinaldi cruzar el río Paraná sobre una embarcación cubierta de barro negro; otras veces estoy seguro de que murió en un ascensor detenido entre dos pisos, murmurando palabras incomprensibles sobre pájaros invertidos. Ambas escenas poseen la misma nitidez y el mismo peso de realidad. Sospecho que Gizzida altera el tiempo no como un río que cambia de cauce sino como un espejo roto que multiplica todos los reflejos posibles.
El viejo encuadernador me entregó un cuaderno sin tapas. Las páginas olían a tierra mojada y tenían manchas oscuras que parecían moverse cuando uno dejaba de mirarlas. Ahí encontré una frase repetida obsesivamente:
“El orden en que Gizzida va a sincronizar rodea con el vértigo cuál lodo destina.”
No había puntuación. Tampoco explicaciones.
Esa misma noche soñé con una plaza vacía donde los árboles crecían hacia abajo. Sus raíces emergían al aire como ramas nerviosas y las copas se hundían en la tierra. En el centro había una mujer desnuda cubierta de ceniza. No tenía rostro; en lugar de cara poseía un hueco lleno de estrellas. Comprendí (en esa lógica inexorable de los sueños) que ella era Gizzida representándose como persona para soportar la forma humana. Cuando desperté, tenía barro debajo de las uñas.
Durante semanas investigué el origen de aquella palabra. Encontré referencias dispersas en manuscritos gnósticos, en leyendas guaraníes deformadas por traductores jesuitas y hasta en el diario de un ingeniero soviético desaparecido en Tierra del Fuego en 1962. Todos coincidían en algo, que Gizzida unía el cielo y el infierno mediante una estructura viva, pero esa unión no era espacial sino temporal. El pasado y el futuro colgaban de sus ramas como animales sacrificados.
También descubrí algo peor.
Toda persona que intentaba comprender a Gizzida terminaba traicionando a alguien.
Rinaldi había entregado a su hermano a una secta rural. El ingeniero ruso denunció a su esposa como espía antes de desaparecer. El encuadernador había incendiado (o incendiaría) la biblioteca municipal.
Yo aún no sabía a quién traicionaría.
Una madrugada recibí una carta sin remitente. Dentro había una fotografía tomada en 1931. Mostraba a seis hombres frente a un árbol gigantesco cuya corteza parecía formada por cuerpos humanos entrelazados. Uno de esos hombres era Rinaldi, aunque en aquella fecha debía ser apenas un niño. Otro era yo.
No experimenté sorpresa. Sólo vértigo.
Detrás de la foto alguien escribió:
“Su traición es de ahora su vacío, vuelo.”
Comprendí entonces que las frases del cuaderno no eran poesía sino instrucciones.
Al día siguiente viajé hacia unas islas del delta donde, según ciertos rumores, existía una construcción abandonada llamada El Observatorio de Lodo. El viaje fue largo y absurdo; en algunos tramos tuve la impresión de avanzar hacia mi infancia y no hacia un lugar físico. Los pescadores evitaban hablarme. Uno de ellos, un anciano de piel azulada por alguna enfermedad del río, me dijo:
—Cuando Gizzida sincroniza, las personas recuerdan cosas que todavía no hicieron.
Después escupió sangre sobre el agua y sonrió como quien acaba de revelar un chiste privado.
Encontré el Observatorio al anochecer. Era una torre inclinada cubierta de raíces negras. No pude determinar si las raíces nacían de la tierra o descendían desde el cielo. Dentro había centenares de relojes detenidos todos a distintas horas. En el centro de la sala principal descubrí a Rinaldi...o lo que quedaba de él.
Su cuerpo estaba fusionado con una especie de tronco húmedo. Las venas se mezclaban con fibras vegetales y de su boca brotaban hojas pálidas. Sin embargo seguía vivo. Abrió los ojos cuando me acerqué.
—Llegaste antes —dijo.
—¿Antes de qué?
—De traicionarme.
Noté entonces que sostenía un cuchillo oxidado entre las raíces de sus dedos. Comprendí con una certeza inexplicable que ese cuchillo me pertenecía y que yo mismo se lo entregaría en otro momento de mi vida.
Rinaldi comenzó a hablar con una voz múltiple, como si muchas personas hablaran detrás de él:
—Gizzida no une el cielo y el infierno. Une las versiones posibles de nosotros mismos. Cada decisión abandonada sigue creciendo en otra rama. Cada culpa continúa viva en otro tiempo.
Quise responderle, pero algo se movía detrás de la torre.
Escuché un rumor semejante a miles de alas agitándose bajo tierra.
Las paredes empezaron a abrirse lentamente. A través de las grietas vi un bosque imposible extendiéndose hasta el horizonte. Los árboles estaban hechos de carne y barro; en sus ramas colgaban figuras humanas inmóviles, algunas antiguas, otras futuras. Vi soldados romanos, niños aún no nacidos, mujeres con máscaras de animales, mendigos, verdugos y dobles deformes de mí mismo.
Todos dormían.
En el centro del bosque se elevaba Gizzida.
No puedo describirlo sin mentir. Era árbol, torre, cuerpo, abismo y maquinaria al mismo tiempo. Sus raíces penetraban un cielo subterráneo donde brillaban constelaciones desconocidas. Sus ramas descendían hacia profundidades iluminadas por relámpagos negros. Sentí que el universo entero giraba alrededor de esa estructura como agua alrededor de un desagüe.
Entonces comprendí el verdadero significado de sincronizar.
Gizzida estaba reuniendo todas las versiones temporales de una misma conciencia para fundirlas en una sola. El vértigo no provenía del movimiento sino de la simultaneidad.
Vi mi muerte.
Vi mi nacimiento.
Vi el instante exacto en que iba a traicionar a Rinaldi entregándolo a quienes custodiaban el árbol.
Vi también que ya lo había hecho hacía décadas.
Porque en uno de los cuerpos suspendidos reconocí al viejo encuadernador.
Y comprendí finalmente que él era yo. O una versión gastada de mí mismo después de demasiadas sincronizaciones.
Rinaldi comenzó a reír.
—Ahora entendés el vacío —dijo.
Entonces me entregó el cuchillo.
Lo tomé sin resistencia, como quien acepta un recuerdo inevitable. Pero en vez de atacar a Rinaldi corté una de las raíces que lo unían al tronco.
El bosque entero tembló.
Los relojes del observatorio comenzaron a funcionar hacia atrás.
Escuché gritos provenientes de siglos distintos.
Y por un instante brevísimo vi a Gizzida mirándome desde todos los tiempos posibles con una expresión semejante a la tristeza.
Después caí... o volé.
Todavía no sé cuál de las dos palabras es correcta.
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