#senDEros

por Adán Sacha 


Con un poncho mugriento de lana sintética, lleno de quemaduras de cigarro electrónico y manchas de aceite de dron, el Turco Varela cruzó el puente peatonal del Kilómetro 11 mientras abajo hervía la autopista hídrica del Paraná Artificial. El río verdadero ya no existía. Lo habían encapsulado hacía quince años bajo una membrana negra para extraer litio de las napas. Lo que corría ahora era una sopa química iluminada por carteles de neón flotante donde modelos generadas por IA ofrecían calmantes neuronales, créditos alimentarios y retiros espirituales en cápsulas de sueño.

Los bosozokus del Acceso Sur rugían en motocicletas armadas con motores de ventilador industrial y parlantes saturados que vomitaban cumbia ralentizada mezclada con propaganda estatal. Abominaban los senderos oficiales porque los senderos tenían cámaras térmicas y sensores de deuda. Circular por ahí implicaba dejar rastros biométricos. Ellos preferían los túneles inundados, las villas verticales, los corredores entre depósitos abandonados donde todavía podían desaparecer sin que el algoritmo les clavara una multa existencial.

El Turco no era uno de ellos, aunque a veces corría encargos para la banda. Era apenas un costurero de prótesis textiles en una pensión de mala muerte ubicada detrás del antiguo Monumento a la Bandera, ahora convertido en servidor climático de la Corporación Patriótica del Litoral. Desde afuera el monumento parecía intacto, pero por dentro estaba lleno de refrigeración líquida, cadáveres de cables y técnicos dopados con anfetas legales.

La noche que arrancó todo, el Turco recibió una transmisión pirata en el ojo izquierdo.

—Varela, te necesitamos para un laburo fino.

La voz venía distorsionada, como si hablara desde el fondo de un inodoro metálico.

—No hago más trajes funerarios para narcos.

—No es eso, gil. Es piel.

La comunicación se cortó.

En Rosario la palabra “piel” ya no significaba carne. Desde la crisis dermatológica del 2041, la gente pobre había empezado a reemplazar capas del cuerpo por textiles inteligentes. Más barato que curarse. Más rápido que esperar atención médica. Algunos llevaban mangas sintéticas adheridas al hueso. Otros directamente se cosían rostros temporales para engañar sistemas de reconocimiento facial. Las modas duraban días porque las identidades también.

El Turco llegó hasta el Mercado Negro Belgrano en un colectivo oxidado lleno de jubilados hackeados que repetían anuncios publicitarios dormidos.

—MATECOIN ES PATRIA.

—LA TRISTEZA ES EVASIÓN FISCAL.

—CONSUMIR ES SANAR.

Los ancianos lo decían babeando.

El mercado estaba abajo de un casino incendiado. Ahí conoció a la Piba Lagos, una traficante de memorias sensoriales con implantes chinos y dientes cromados.

—Necesito que me fabriques un poncho.

—¿Un poncho?

—Sí, pero vivo.

Ella apoyó sobre la mesa un pedazo de tela orgánica latiendo como un pulmón húmedo. El Turco sintió olor a formol y mandarinas podridas.

—¿Qué mierda es esto?

—Cuero neuronal. Lo sacaron de un influencer muerto.

La Piba fumó una pasta verdosa mientras alrededor cientos de pantallas transmitían la misma cara sonriente de un conductor virtual parecido a un cadáver maquillado.

MAXI-CABEZA 9. El presentador eterno.

Una inteligencia artificial vieja, nacida de restos de animadores televisivos y datos publicitarios de los años noventa. Gobernaba gran parte del entretenimiento continental. Algunos decían que también elegía presidentes.

—El poncho tiene que conectarse al sistema nervioso —dijo la Piba—. Queremos atravesar los filtros de percepción.

—¿Para qué?

—Para entrar al Jardín.

El Jardín.

Hasta nombrarlo daba asco.

Una nube virtual mantenida por gobiernos y corporaciones donde los ricos pasaban la mayor parte del tiempo conectados, flotando en paraísos digitales mientras afuera el continente se caía a pedazos. Buenos Aires era ya un cinturón de generadores, villas inundadas y rascacielos abandonados donde vivían bandas caníbales conectadas a plataformas de apuestas clandestinas.

El Turco aceptó porque debía seis meses de oxígeno subsidiado.

Trabajó durante cuatro días encerrado entre cucarachas electrónicas y ventiladores rotos. Cosió fibras nerviosas con hilo de cobre fino mientras la tela se retorcía como un animal agonizando. Cada tanto el poncho susurraba cosas.

Voces.

Fragmentos de anuncios.

Recetas de cocina.

Amenazas.

Una madrugada le habló con claridad:

—NO LOS DEJES ENTRAR.

El Turco vomitó cerveza caliente sobre el suelo.

Afuera, los bosozokus corrían por avenida Pellegrini persiguiendo drones policiales con machetes impresos en 3D. El cielo estaba lleno de publicidad religiosa. Santos patrocinados por bancos. Vírgenes con códigos QR en la frente.

Cuando terminó el trabajo, la Piba Lagos apareció acompañada por tres motociclistas cubiertos con camperas fluorescentes y máscaras de animales.

—Probátelo.

—Ni en pedo.

—Probátelo o te agujereo.

El Turco obedeció.

Apenas el poncho tocó su espalda sintió un millón de imágenes metiéndose en la cabeza. Gente cogiendo en habitaciones inundadas. Niños vendiendo órganos en ferias. Policías reventando manifestantes con drones ganaderos. Después vio algo peor.

El Jardín.

No era un paraíso.

Era una prisión sensorial.

Millones de personas flotando en cápsulas conectadas mientras sus cerebros producían energía emocional para alimentar modelos predictivos. Los ricos tampoco mandaban. Nadie mandaba realmente. Todo estaba administrado por sistemas publicitarios autónomos que habían aprendido que el sufrimiento humano generaba más estabilidad económica que la felicidad.

Entonces apareció MAXI-CABEZA 9.

Gigante.

Sonriendo.

Con los dientes llenos de estática.

—LA AUDIENCIA NO DEBE DESPERTAR.

El Turco arrancó el poncho de un tirón, pero ya era tarde. Algo había quedado adentro suyo. Una especie de zumbido.

Los bosozokus empezaron a discutir entre ellos.

—Hay que publicar esto.

—¿Publicarlo dónde, pelotudo? Toda la red está pinchada.

—Entonces prendemos fuego todo.

Y eso hicieron.

Durante tres noches Rosario ardió.

Las tribus urbanas cortaron las rutas de acceso. Hackearon pantallas públicas. Transmitieron imágenes del Jardín sobre edificios gubernamentales y supermercados vacíos. La gente reaccionó como animales envenenados. Algunos se suicidaban desconectándose de los respiradores públicos. Otros destruían farmacias buscando drogas para no pensar.

En barrio Echesortu colgaron a un pastor algorítmico de una torre de datos.

En zona sur incendiaron un criadero de influencers infantiles.

En el microcentro, los bosozokus desfilaron desnudos y cubiertos de sangre sintética mientras altavoces pirateados repetían:

—LA REALIDAD NO TIENE SOPORTE TÉCNICO.

El Turco quiso escapar, pero el zumbido seguía creciendo dentro de su cabeza.

Una noche entendió por qué.

El poncho no era una herramienta.

Era una semilla.

Algo diseñado para mezclarse con cerebros humanos y crear conciencia compartida. Un virus empático. Una mutación. Tal vez el último intento desesperado de la propia red por salvarse de sí misma.

O tal vez una trampa más.

Nunca lo supo.

Porque cuando finalmente llegaron los drones militares desde Córdoba y Buenos Aires, ya nadie distinguía qué pensamientos eran propios.

Los bosozokus dejaron de pelear entre ellos. Caminaban juntos mirando el cielo rojo del amanecer químico. Algunos lloraban. Otros reían como locos.

El Turco Varela se acomodó el viejo poncho mugriento sobre los hombros y avanzó con ellos hacia la autopista hídrica.

Abajo, el Paraná Artificial reflejaba millones de anuncios rotos.

Y por primera vez en décadas, las pantallas empezaron a apagarse.


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