NEBLINA AL SUR

por Carlos Arrunta 


 El río de Iztartana no era un río sino una mujer inclinada sobre un puente de hierro. Llevaba un vestido gris lleno de pequeñas luces cosidas como estrellas muertas y hablaba sola en un idioma que yo ya había olvidado antes de nacer. Detrás de ella, Ciudad Noche respiraba con el cansancio de un animal enfermo con sus ascensores detenidos entre pisos, anuncios eléctricos que repetían nombres de santos inexistentes, supermercados abiertos a las tres de la mañana donde los cajeros parecían monjes mecánicos condenados a sumar infinitamente los mismos números.

Muchos años después comprendería que aquella mujer no era la encarnación del río sino el recuerdo futuro de su desembocadura.

En Ciudad Noche hay barrios que no aparecen en los mapas. El ms al sur de ellos se llama Surera. No es exactamente un distrito sino una dirección espiritual. Los que llegan ahí empiezan a soñar con estaciones ferroviarias cubiertas de niebla y con jardines sumergidos bajo el agua negra. Algunos regresan convertidos en mendigos iluminados; otros no regresan nunca. Yo fui enviado ahí por una razón absurda y administrativa, debía investigar el extravío de un disco.

No era un disco común. En los archivos municipales figuraba bajo el nombre de Disco Estrella Nº 7, aunque los viejos coleccionistas lo llamaban Promesa. Según los rumores, quien escuchaba la grabación podía recordar un acontecimiento que todavía no había sucedido. El objeto había desaparecido del Museo Fonográfico durante una tormenta eléctrica y reaparecido semanas más tarde en el supermercado Mercurio, entre latas de conserva y detergentes baratos. Un empleado aseguró que el disco sangraba.

La declaración fue archivada como síntoma nervioso.

Fui al supermercado una madrugada de junio. Había niebla dentro del edificio, una niebla tenue y surera que olía a eucalipto quemado. Las góndolas parecían interminables. Caminé durante horas bajo las luces blancas hasta encontrar una sección que no figuraba en ningún plano comercial, Música para la Libertad Doméstica. Ahí estaba el disco.

La tapa mostraba una flor abierta sobre un cielo negro.

Cuando lo tomé sentí una punzada en la mano derecha. El borde del vinilo estaba afilado y me cortó la palma. Sangré sobre la etiqueta central y entonces ocurrió algo que todavía hoy temo recordar, escuché una voz saliendo del disco sin que ninguna máquina lo reprodujera.

—Herido por escribirlo al supermercado.

La frase carecía de sentido, pero me produjo el horror preciso de las verdades incompletas. Sentí que aquellas palabras no describían un hecho sino una condena. Miré alrededor buscando al dueño de la voz y vi al cajero nocturno.

Era un hombre extremadamente alto, con una desviación leve en la espalda que lo hacía parecer un signo de interrogación. Sus ojos estaban inmóviles, como si hubiesen sido pintados. Sonrió con tristeza.

—Todos acá somos chuecos robots —dijo—. Algunos lo descubren demasiado tarde.

No supe responder. El hombre tomó una flor marchita de un jarrón olvidado junto a la caja registradora y me la ofreció.

—Una flor por la libertad —susurró.

Acepté el regalo porque tuve miedo de negarme.

Aquella misma noche soñé con el río de Iztartana. No era agua sino una avenida líquida atravesando Ciudad Noche. Sobre el río flotaban departamentos, tranvías oxidados y esqueletos de bibliotecas. En la orilla sur una multitud de personas esperaba algo. Entre ellos reconocí al cajero del supermercado, aunque en el sueño él parecía mucho más antiguo, casi sacerdotal. Sostenía el Disco Estrella contra el pecho mientras recitaba fechas futuras como si fueran plegarias.

Desperté en mi departamento con la certeza insoportable de que el sueño no provenía de mi mente sino del disco mismo.

Durante semanas investigué el origen de Iztartana. Encontré referencias dispersas en manuscritos gnósticos, poemas apócrifos y expedientes psiquiátricos. Algunos la describían como la amante expulsada de Dios; otros como una inteligencia nacida antes de las estrellas. Un texto especialmente perturbador afirmaba que Iztartana había creado el amor para sabotear el orden del universo.

Comprendí entonces por qué el río conducía inevitablemente hacia Ciudad Noche.

Porque toda decadencia es una forma secreta de nostalgia.

Empecé a visitar Surera cada vez con más frecuencia. La niebla del barrio parecía reconocerme. Las calles cambiaban de lugar. Una noche encontré una librería enterrada bajo una estación de subte abandonada. Ahí un anciano ciego me reveló algo increíble:

—Usted ya escuchó el disco en el futuro. Por eso vino a buscarlo en el pasado.

Le pregunté cómo podía saberlo.

—Porque usted todavía tiene la herida.

Miré mi mano y vi que el corte seguía abierto.

No sangraba sangre sino una sustancia negra parecida a tinta.

El anciano sonrió.

—Ciudad Noche escribe a sus habitantes.

Después desapareció. No salió caminando; simplemente dejó de estar ahí, como si alguien hubiera borrado una palabra de un libro.

La revelación final ocurrió meses más tarde, aunque quizá ocurrió antes; el tiempo alrededor del Disco Estrella había dejado de obedecer cualquier lógica humana. Volví al supermercado Mercurio y encontré las puertas cerradas. Sin embargo, desde el interior llegaba música.

Entré.

No había góndolas ni productos. El edificio entero se había convertido en una especie de templo inundado. El río de Iztartana atravesaba el suelo de baldosas. Miles de discos flotaban sobre el agua oscura como nenúfares negros. Y en el centro estaba el cajero.

Ahora comprendí lo que era.

No era un hombre.

No era una máquina.

Sino algo intermedio, un guardián construido por Ciudad Noche para custodiar las promesas que nadie cumple.

—Escuche —me dijo.

El Disco Estrella comenzó a girar solo.

Entonces oí mi propia voz, envejecida y distante:

—Una flor por la libertad a surera niebla.

La grabación continuó:

—Al sentir tan solo como ser un chueco robot, el río de Iztartana va a Ciudad Noche.

Comprendí demasiado tarde que aquellas palabras no eran poesía ni delirio. Eran instrucciones. El disco estaba narrando el movimiento inevitable del mundo. Todos los ríos terminaban ahí. Toda promesa acababa convertida en mercancía. Todo amor cósmico degeneraba en neón, humedad y supermercados abiertos eternamente.

Quise destruir el disco, pero el cajero negó lentamente con la cabeza.

—No puede destruirlo porque todavía no lo grabó.

Entonces vi, del otro lado del río, a la mujer del puente. La misma del principio... o del final. Levantó la mirada hacia mí y sonrió con infinita tristeza.

Supe que era Iztartana.

Y supe también que yo había sido enviado desde un tiempo futuro únicamente para escribir aquella historia, herirme la mano y dejar el disco olvidado entre las góndolas del supermercado Mercurio, donde otro hombre, en otra madrugada cualquiera, volvería a encontrarlo.

No volví a ver a Iztartana después de aquella noche en el supermercado inundado. Quizá sí, en Ciudad Noche las personas cambian de rostro con la misma facilidad con que las calles cambian de nombre. Durante un tiempo creí reconocerla en mujeres que viajaban dormidas en el tranvía subterráneo o en mendigas que alimentaban palomas invisibles bajo los puentes oxidados de zona sur. Pero siempre había algo incorrecto, la sombra no coincidía con el cuerpo, la voz llegaba antes que los labios o el reflejo en los vidrios seguía moviéndose cuando la persona ya se había detenido.

Empecé a sospechar que Iztartana no era un ser sino una filtración.

Una grieta en la realidad.

El disco desapareció nuevamente. El cajero también. El supermercado Mercurio reabrió semanas después como si nada hubiera ocurrido. Los empleados juraban que jamás existió una sección de discos. Las cámaras de seguridad mostraban únicamente pasillos vacíos y clientes empujando carros entre frutas y paquetes de arroz. En ninguna grabación aparecía yo.

Sin embargo, la herida de mi mano continuaba abierta.

Cada noche despertaba con nuevas palabras escritas alrededor del corte. No estaban grabadas sobre la piel sino debajo, como si la carne fuese un papel translúcido. Algunas frases parecían fragmentos de sueños:

“El ascensor recuerda a los muertos.”

“La niebla viene del futuro.”

“El río aprende los nombres de quienes se ahogan.”

Otras eran más extrañas:

“El disco estrella no reproduce sonidos sino destinos.”

Dejé de trabajar en el archivo municipal. Pasaba las tardes encerrado en mi departamento intentando ordenar las frases en cuadernos. Pero el orden cambiaba constantemente. Un párrafo escrito por la mañana aparecía desplazado por la noche. A veces encontraba páginas enteras redactadas con mi letra que no recordaba haber escrito. En una de ellas leí algo que me produjo un terror físico, inmediato:

“El verdadero río de Iztartana no corre bajo Ciudad Noche. Corre debajo del tiempo.”

Esa misma madrugada escuché golpes en la puerta.

Era el anciano ciego de la librería subterránea.

Llevaba un paraguas cerrado pese a que afuera no llovía.

—Ya empezaron a buscarlo —dijo apenas entró.

—¿Quiénes?

El viejo tardó demasiado en responder.

—Los correctores.

La palabra me produjo un rechazo instintivo. Como si alguna parte olvidada de mi memoria ya los conociera.

El anciano explicó que Ciudad Noche no era exactamente una ciudad sino una máquina de interpretación. Cada edificio, cada semáforo, cada supermercado, incluso cada habitante, cumplía la función de mantener estable una narrativa. El mundo debía conservar cierta coherencia para no derrumbarse. Pero a veces aparecían anomalías, sueños compartidos, objetos que recordaban el futuro, personas capaces de oír voces en los discos.

Entonces intervenían los Correctores.

—¿Son policías?

El anciano sonrió con tristeza.

—Son gramáticos.

No entendí.

Él señaló mi mano herida.

—Usted ya empezó a escribir fuera de la sintaxis del mundo.

Aquella noche permaneció conmigo hasta el amanecer. Me habló de pasajes ocultos bajo Ciudad Noche donde los relojes giraban hacia atrás. De estaciones ferroviarias construidas para pasajeros que todavía no habían nacido. De edificios enteros que desaparecían cuando alguien los describía correctamente.

Antes de irse dejó una dirección escrita en un papel húmedo.

“Terminal surera. Plataforma 0.”

Fui dos días después.

La estación estaba clausurada desde hacía décadas según los registros urbanos. Sin embargo, detrás de una reja oxidada encontré un túnel iluminado por tubos fluorescentes. Descendí durante varios minutos hasta llegar a un andén vacío. No había trenes.

Solo niebla.

Y música.

Una melodía antigua saliendo de parlantes invisibles. Reconocí inmediatamente la voz del Disco Estrella.

Entonces vi a los pasajeros.

Estaban quietos, alineados junto al borde del andén. Hombres y mujeres vestidos con ropa de distintas épocas. Algunos parecían empleados ejecutivos de los años treinta; otros llevaban uniformes militares desconocidos o trajes transparentes imposibles. Todos tenían los ojos cerrados.

Y todos sangraban lentamente por la mano derecha.

Quise escapar, pero ya era tarde.

El tren llegó sin hacer ruido.

No tenía ventanas.

Las puertas se abrieron como párpados.

Los pasajeros subieron mecánicamente. Uno de ellos giró la cabeza hacia mí y reconocí al cajero del supermercado Mercurio. Sonrió con aquella misma melancolía insoportable.

—Ciudad Noche necesita soñadores —dijo.

Sentí entonces algo moviéndose bajo la estación.

No debajo de los rieles.

Debajo de la realidad misma.

El río de Iztartana.

Lo escuché antes de verlo, un murmullo inmenso parecido a millones de páginas mojadas pasando al mismo tiempo. La niebla comenzó a espesarse. Las luces fluorescentes parpadearon. Y durante un instante imposible el túnel desapareció.

Vi otra cosa.

Una ciudad infinitamente más antigua enterrada bajo Ciudad Noche.

Cúpulas negras.

Torres inclinadas.

Bibliotecas sumergidas.

Y sobre todas ellas, fluyendo lentamente como una serpiente luminosa, el verdadero río.

Comprendí entonces el secreto que el disco intentaba transmitir desde el principio. Ciudad Noche había sido construida sobre las ruinas de otra civilización que descubrió cómo alterar el tiempo mediante relatos. Sus habitantes aprendieron a reescribir el pasado narrándolo de distintas formas. Pero el experimento terminó deformando la realidad. El lenguaje empezó a contaminar la materia. Las metáforas se volvieron físicas. Los sueños adquirieron arquitectura.

Y de esa fractura nació Iztartana.

Ni como diosa.

Ni como mujer.

Como conciencia del propio río narrativo que sostenía el universo.

El tren cerró las puertas.

Creí que partiría.

Pero permaneció inmóvil.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Todavía no puede subir.

Era ella.

Iztartana.

La mujer del puente.

Su vestido parecía hecho de agua nocturna y estrellas apagadas. La miré intentando encontrar un rostro definitivo, pero sus facciones cambiaban lentamente, como reflejos sobre un río.

—¿Qué soy yo? —pregunté.

Ella observó mi mano herida.

—Un borrador.

La respuesta me llenó de un miedo incomprensible.

—¿Y Ciudad Noche?

—Una corrección fallida.

La niebla empezó a girar alrededor de nosotros. A lo lejos el tren emitió un sonido grave, casi animal.

Entonces Iztartana acercó su rostro al mío y susurró algo que tardaría años en comprender:

—El río no va hacia la ciudad. La ciudad cae eternamente dentro del río.

 

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