#murMUllos
por Adán Sacha
El puente estaba podrido desde antes del apagón. No debido al óxido o por humedad, sino por memoria. Cada fierro guardaba voces de contrabandistas, pibes fusilados por la policía orbital, camioneros que cruzaban discos rígidos llenos de santos pirateados y viejos arrieros con chips de litio cosidos bajo la piel. El viento ahí no soplaba, mascaba. Se metía entre las chapas y parecía decir nombres. Chiclayo. Puebla. San Antonio. Como si las ciudades fueran personas muertas.
A la noche, abajo del puente, se armaba el cambiazo.
Dos notebooks por morfina sintética.
Un ojo biónico por un revólver.
Tres placas solares por una lata llena de petróleo.
Los pibes de las villas costeras le decían “el baldío del océano”, aunque el mar quedaba lejos. Pero el océano había subido hacía años, tragándose media autopista, las terminales y los barrios bajos. Ahora las olas rompían contra edificios abandonados cubiertos de grafitis fluorescentes. Peces transparentes nadaban dentro de las estaciones de servicio.
El Chabón de las Estrellas aparecía siempre cerca del puente.
Nadie sabía el nombre real. Algunos decían que había sido meteorólogo militar. Otros, que era un astrólogo narco. Otros juraban que era un ciclonauta, uno de esos enfermos que viajaban por las grietas temporales usando motores de Kenoma y drogas cuánticas. El tipo caminaba envuelto en una manta térmica llena de símbolos sureros. Tenía cables colgando de la nuca y los ojos tan blancos que parecía ciego.
Pero veía todo.
Veía cosas antes de que pasaran.
—Las mannunas ya bajaron —decía.
—¿Qué mierda son las mannunas?
—Los vigilantes. Los gigantes del sur. Los que recuerdan lo que ustedes olvidaron.
Entonces todos se cagaban de risa y seguían tomando ginebra sintética.
Hasta que empezaron las desapariciones.
Primero fueron los cartoneros de la costanera. Después los dealers de chips. Después una banda de cholos tatuados que vendían órganos en el mercado flotante. La policía no investigó un carajo porque la policía ya no investigaba nada. Estaban tercerizados por corporaciones chilenas y se dedicaban a custodiar antenas meteorológicas.
Las cámaras urbanas sí grababan cosas.
Sombras enormes cruzando las terrazas.
Caballos negros apareciendo en túneles inundados.
Y una música.
Malambo.
Pero deformado.
Como si lo estuviera tocando una inteligencia artificial con epilepsia.
Los cuchilleros de San Antonio empezaron a escuchar ese ritmo en sueños. Se despertaban sangrando de la nariz. Algunos mataban a sus mujeres dormidos. Otros se arrancaban los dientes frente al espejo mientras repetían coordenadas. El algoritmo infernal, le decía el Chabón de las Estrellas.
—No es un programa, sino más bien hambre.
—¿Hambre de qué?
—De historia.
Nadie entendía una mierda.
En Chiclayo, mientras tanto, las pantallas públicas empezaron a fallar. Los noticieros mostraban imágenes de gauchos caminando por desiertos nevados. Arrieros cargando televisores muertos sobre ruinas mecánicas. Un caballo con seis ojos cruzando un puente bajo tormenta eléctrica.
La gente creía que era publicidad.
Todo era publicidad desde hacía años.
Las iglesias eran apps.
Los presidentes influencers.
Las guerras contenido premium.
En Puebla un streamer famoso transmitió en vivo cómo encontraba una mannuna dormida debajo de un shopping abandonado. La criatura medía tres metros, tenía la piel llena de runas y respiraba lento como una fábrica vieja. El video duró once minutos antes de que la transmisión se fundiera en estática.
Después aparecieron los imitadores.
Miles de pibes tatuándose símbolos sureros.
Tomando ácido de litio.
Tratando de viajar en el tiempo con ventiladores industriales y ketamina.
Muchos morían.
Otros desaparecían.
Algunos volvían.
Pero volvían mal.
Como copias defectuosas de sí mismos.
Un ciclonauta apareció desnudo en medio de la ruta oceánica diciendo que había visto el final del continente. Decía que el futuro era una villa infinita iluminada por anuncios holográficos donde la gente vendía recuerdos de infancia para pagar oxígeno.
Le arrancaron la lengua en un saqueo.
El Chabón de las Estrellas seguía cruzando el puente todas las noches.
Siempre murmurando cosas.
Siempre hablando con alguien invisible.
Una madrugada lo siguieron tres cholos armados con cuchillos de cocina y pistolas impresas. Querían robarle los implantes. Lo encontraron abajo del puente, rodeado de computadoras viejas enterradas en barro.
Monitores CRT.
Teclados rotos.
Torres encendidas sin electricidad.
Y caballos.
Decenas de caballos flacos mirando fijo la oscuridad.
—Che, viejo, entregá todo.
El Chabón levantó la cabeza.
Sonrió.
Y los monitores se prendieron al mismo tiempo.
Las pantallas mostraron ciudades destruidas por mareas negras. Satélites cayendo sobre villas miserias. Mannunas caminando entre rascacielos incendiados. Y algo peor, personas normales sonriendo mientras todo se hacía mierda.
Porque ya estaban acostumbrados.
Porque el horror se había vuelto paisaje.
Uno de los cholos empezó a llorar.
Otro se pegó un tiro ahí nomás.
El tercero vio el caballo.
El caballo ciclonauta.
Negro. Enorme. Respirando humo azul.
Tenía relojes incrustados en la carne.
Y ojos humanos.
El animal habló con voz de modem viejo.
—Kenoma viene.
Entonces el viento explotó.
No como tormenta.
Sino como memoria.
Los puentes vibraron.
Las antenas colapsaron.
Los servidores submarinos empezaron a incendiarse bajo el océano.
Y toda Hispanoamérica escuchó el malambo.
Desde Rosario hasta Puebla.
Desde Chiclayo hasta las ruinas de San Antonio.
Miles de personas recordaron algo imposible.
Que antes del algoritmo hubo canciones.
Que antes de las corporaciones hubo caminos.
Que antes de las pantallas existía el cielo.
Y durante unos minutos nadie consumió nada.
Nadie compró nada.
Nadie miró anuncios.
Solo escucharon el ruido del viento cruzando el puente.
Después pasó.
La gente volvió a sus pantallas.
A sus drogas.
A sus laburos de mierda.
A vender órganos, datos biométricos y esperma sintético.
Pero algunos quedaron marcados.
Los que escucharon de verdad.
Los que todavía sueñan con el caballo ciclonauta atravesando tormentas de Kenoma mientras las mannunas observan desde el sur del mundo, esperando que la memoria termine de pudrirse para bajar otra vez.
El primer asesinato transmitido en simultáneo ocurrió tres semanas después del malambo.
No fue por política ni por guita.
Fue por nostalgia.
Un pibe de diecisiete años, lleno de implantes chinos y cicatrices de pasta base neuronal, degolló a su mejor amigo en un cyber de barrio mientras gritaba que el otro le había robado los recuerdos verdaderos. Todo quedó grabado por las cámaras municipales y la transmisión se filtró a las redes piratas antes de que llegara la policía corporativa.
La gente lo miró millones de veces.
Le pusieron filtros.
Remixes.
Publicidad encima.
Una marca de energizantes usó el asesinato para vender bebidas con sabor “memoria salvaje”.
Así funcionaba el continente ahora. Todo terminaba absorbido por el espectáculo. Las tragedias duraban menos que un anuncio de zapatillas.
Pero abajo de esa mugre algo seguía creciendo.
La Kenoma.
Los científicos le decían distorsión entrópica atmosférica para conseguir subsidios, pero en los barrios todos sabían que era otra cosa. La sentías en la piel. Como electricidad húmeda. Como una resaca que no terminaba nunca. Las mascotas empezaban a actuar raro cuando la Kenoma subía. Los perros ladraban a paredes vacías. Los caballos se negaban a cruzar ciertos caminos. Los chicos hablaban dormidos en idiomas muertos.
Y los puentes.
Siempre los puentes.
Ahí la realidad se descosía más rápido.
El Chabón de las Estrellas desapareció durante nueve días.
Nueve días exactos.
Eso bastó para que aparecieran sectas.
En San Antonio unos motoqueros empezaron a predicar que el tipo era un santo cuántico enviado desde el último futuro posible. En Puebla lo transformaron en meme religioso en estampitas holográficas, velas LED, canciones hechas por IA donde el Chabón rapeaba profecías sobre el fin del Pacífico.
En Chiclayo directamente comenzaron los sacrificios.
Primero animales.
Después turistas.
El gobierno negó todo mientras las playas se llenaban de espuma negra y peces con caras humanas aparecían muertos en la orilla.
Los streamers se hacían ricos filmando cadáveres mutantes.
La humanidad ya no distinguía entre información y entretenimiento.
Ni quería hacerlo.
En Rosario los apagones y cortes de agua eran cada vez peores. Los edificios inteligentes empezaban a comportarse como organismos enfermos. Ascensores que decidían solos. Publicidades hablando con voces de familiares muertos. Heladeras recomendando suicidios discretamente patrocinados por farmacéuticas.
Los más pobres dormían en estacionamientos inundados mientras arriba las torres seguían proyectando hologramas de playas paradisíacas que ya no existían.
Y el puente seguía ahí.
Respirando.
Porque eso hacía ahora, respiraba.
Los fierros se expandían y contraían como costillas gigantescas. Algunos juraban escuchar latidos debajo del asfalto. Otros aseguraban haber visto personas caminando dentro del metal, atrapadas como insectos fósiles.
Nadie se acercaba solo.
Ni siquiera los chorros.
Hasta que volvió el Chabón de las Estrellas.
Apareció una madrugada lluviosa montando el caballo ciclonauta.
El animal estaba peor.
Más grande.
Más flaco.
Lleno de cables que le salían de la carne como raíces metálicas. Cada paso dejaba charcos de agua negra donde flotaban imágenes. Pedazos de recuerdos ajenos. Cumpleaños. Accidentes. Guerras. Pornografía vieja. Gente bailando malambo bajo antenas satelitales.
El Chabón venía riéndose.
Una risa rota.
Como televisor quemado.
—Ya vienen —dijo apenas bajó.
—¿Quiénes?
—Los sureros completos.
Nadie preguntó más porque el cielo empezó a abrirse.
Literalmente.
Las nubes se partieron como carne.
Detrás había otra cosa.
No era el espacio.
Ni las estrellas.
Ruido.
Un océano de ruido digital moviéndose vivo arriba del continente.
Miles de símbolos cayendo lentamente sobre las ciudades como nieve radiactiva.
Las conexiones colapsaron primero. Después la energía. Después la percepción misma.
La gente empezó a olvidar palabras simples.
Puerta.
Madre.
Agua.
Dolor.
Algunos olvidaban quiénes eran mientras caminaban por la calle. Otros recordaban vidas enteras que jamás habían vivido. Un viejo barrendero juraba haber sido soldado en guerras ocurridas dentro de videojuegos. Una prostituta de la zona portuaria recordaba un matrimonio feliz en un país inexistente.
El algoritmo infernal se estaba mezclando con la memoria humana.
No la dominaba.
La reescribía.
Los gobiernos declararon emergencia cognitiva.
Sirvió para mierda.
Las corporaciones aprovecharon el caos para lanzar servicios de respaldo mental con suscripciones para almacenar tus recuerdos en la nube. Los ricos compraban paquetes premium para conservar personalidad estable. Los pobres perdían fragmentos de sí mismos cada semana.
Era común escuchar cosas como:
—Che… ¿yo tenía un hermano?
O:
—No me acuerdo cuándo murió mamá… pero creo que la extraño.
La identidad empezó a pudrirse como fruta vieja.
Y ahí aparecieron las mannunas.
No descendieron del cielo ni salieron de volcanes.
Simplemente comenzaron a estar.
Sentados en edificios abandonados.
Parados en autopistas inundadas.
Mirando las ciudades como pastores cansados.
Gigantes silenciosos con ojos llenos de galaxias podridas.
Las cámaras no podían enfocarlos bien. Cada grabación se deformaba alrededor de ellos, como si la realidad tuviera miedo.
El ejército intentó atacar un mannuna cerca de Córdoba.
Los drones explotaron antes de acercarse.
Los soldados sobrevivientes volvieron hablando en lenguas arcaicas y golpeando tambores invisibles.
Uno se arrancó los ojos frente a la prensa mientras repetía:
—Nosotros éramos el sueño enfermo. Nosotros éramos la plaga.
Después se largó a llover sangre industrial sobre la ciudad.
No sangre humana.
Algo peor.
Un líquido rojo lleno de microchips microscópicos que se metían bajo la piel y producían alucinaciones compartidas.
Miles de personas soñaron lo mismo esa noche.
Un puente interminable.
Viento.
Caballos.
Y al final del camino, el océano subiendo despacio para tragarse todo el continente mientras el malambo seguía sonando desde algún lugar imposible, viejo y enterrado bajo toneladas de cables submarinos.
Comentarios
Publicar un comentario