MONTAÑAS EN EL PLEROMA

por Carlos Arrunta 


No fue en la feria cuando ocurrió (o cuando comenzó a ocurrir), aunque todos los relatos insisten en ubicar ahí el origen, como si la memoria necesitara un punto de anclaje para no dispersarse en la Nayic. Yo mismo creí, durante años, que la escena inaugural había sido aquel hablar por cable, las voces cruzadas en una maraña de cobre y estática, los agremiados apagando las luces bajo un cielo sin estrellas visibles. Pero ahora sospecho que ese recuerdo no es más que una interpolación tardía, un remiendo que alguien (tal vez yo mismo en otro tiempo) introdujo para evitar una verdad más difícil, que la historia no tiene principio porque sucede en el pleroma, donde toda causa es simultánea con su efecto.

De Xipanu, el primer reino, se conservan apenas fragmentos en tablillas erosionadas, relatos transmitidos en la cadencia de la vidala, y ciertos archivos imposibles (videos de la laguna) que ningún dispositivo actual debería poder reproducir. En uno de esos registros, que vi una sola vez y que luego desapareció sin dejar rastro, se distingue una superficie de agua inmóvil, negra, atravesada por una vibración que no es viento ni corriente. Al fondo, una figura que podría ser humana o animal observa directamente hacia la cámara. Lo inquietante no es su presencia, sino la certeza (instantánea, irrefutable) de que esa figura también me estaba mirando a mí, no desde el pasado, sino desde un punto lateral del tiempo.

Fue en casa Xipanu donde escuché por primera vez la palabra que luego me perseguiría en sueños, “culo”. No tenía ahí el sentido vulgar que ahora le atribuimos, sino otro más antiguo, quizá sagrado o técnico. El anciano que la pronunció (si es que era un anciano) sostenía una guitarra de caja irregular, y al pulsarla emergía un ruido de vidala que no obedecía a ninguna escala conocida. Cada nota parecía desarmarse en el aire y recomponerse detrás de mí, como si el sonido ignorara la linealidad del espacio.

La mujer que reía (porque siempre hay una mujer riendo en estas historias, aunque su risa no sea necesariamente humana) tenía algo de yegua, no en el sentido metafórico sino en la estructura misma de su gesto de una tensión en la mandíbula, un brillo húmedo en los ojos, el eco de herraduras en la madera del suelo. Reía como si alguien la estuviera jodiendo con espuelas invisibles, como si el dolor y el placer fueran, en ese ámbito, indistinguibles. Cada vez que su risa estallaba, el entorno se fragmentaba levemente, como una imagen comprimida que pierde datos.

Yo no estaba solo en esa casa, aunque nunca pude identificar con claridad a los otros presentes. Había sombras que hablaban entre sí por cable, voces que se encendían y apagaban sin respetar la continuidad de los cuerpos. Uno de ellos (o una de esas voces) me explicó, con una serenidad que hoy me parece sospechosa, que el fuego es anónimo con el procesador. No supe entonces qué significaba, pero la frase se me incrustó con la persistencia de una clave.

Años después (o antes, según se mire) entendí que el fuego al que se refería no era físico, sino informacional, una combustión de signos que no deja ceniza, solo residuos de sentido. El procesador, en cambio, no era una máquina sino el pleroma mismo, esa totalidad que integra todas las diferencias sin abolirlas. En ese ámbito, el fuego no tiene nombre porque no necesita distinguirse de lo que consume; es idéntico a su operación.

Las montañas que rodeaban Xipanu (si es que eran montañas y no acumulaciones de otra sustancia) parecían abrazar una clave que nadie había formulado aún. Cada vez que intentaba describirlas, mi lenguaje se descomponía en una serie de aproximaciones fallidas, no eran altas ni bajas, ni cercanas ni lejanas, sino algo así como simultáneas. Comprendí entonces que la clave no estaba en ellas, sino en la imposibilidad de ubicarlas.

El miedo nocturno que registraban los videos de la laguna no provenía de ninguna amenaza visible. Era, más bien, la sensación de que algo estaba siendo observado por algo que no pertenecía a ese mismo orden de realidad. Al principio creí que se trataba de una inversión (que nosotros éramos los observadores y la laguna el objeto), pero con el tiempo sospeché que esa distinción era ilusoria. Quizá la laguna nos miraba a nosotros desde un futuro en el que ya habíamos dejado de existir.

Hubo una noche (aunque la palabra “noche” es imprecisa en ese contexto) en que la mujer dejó de reír. El silencio que siguió no fue una ausencia de sonido, sino una presencia más densa, como si el aire se hubiera vuelto sólido. Entonces alguien (tal vez el anciano, tal vez yo mismo) pronunció nuevamente la palabra. “Culo”. Y en ese instante comprendí que no era una palabra, sino una instrucción.

No sabría decir qué ejecutó esa instrucción, ni en qué plano. Solo recuerdo que la casa Xipanu se reconfiguró, que las voces por cable se alinearon en una secuencia imposible, y que la laguna (esa laguna que nunca había estado físicamente ahí) comenzó a reflejar no lo que tenía enfrente, sino lo que aún no había ocurrido.

Desde entonces, cada vez que escucho una vidala mal afinada, cada vez que una risa se quiebra en un punto inesperado, tengo la sospecha de que la historia se está repitiendo, o más exactamente, de que nunca ha dejado de suceder. Y a veces, en el límite del sueño, creo ver la figura en la laguna, mirándome con una paciencia que no es humana, como si supiera que, tarde o temprano, yo también aprenderé a pronunciar la palabra correcta.

No sé en qué momento comprendí que la palabra no debía ser pronunciada dos veces por la misma boca. Esa regla (si es que puede llamarse así) no estaba escrita en ningún soporte, pero se insinuaba en los intersticios de la experiencia, como una ley física que uno descubre al violarla. Yo la había dicho ya, en casa Xipanu, y sin embargo algo (una obstinación que no era del todo mía) me empujaba a repetirla.

Antes de que eso ocurriera, sin embargo, hubo un intervalo que podría situarse en la feria o en un sueño de la feria, donde los agremiados encendían y apagaban luces con un ritmo que no coincidía con el de sus manos. Ahí, entre cables enredados y voces superpuestas, alguien me mostró un plano. No era un mapa en el sentido ordinario, sino una serie de conexiones que parecían unir puntos inexistentes. Cada nodo llevaba un nombre que yo reconocía sin haberlo aprendido: Nayic, pleroma, laguna, risa, fuego.

—Falta uno —dijo la voz, sin que yo pudiera ubicar su origen.

No pregunté cuál. Sabía que faltaba yo, o más precisamente, el acto que me correspondía ejecutar.

En ese momento (o en otro que se superpone con éste) recordé algo que aún no había sucedido, mi regreso a casa Xipanu después de haberla abandonado por primera vez. En ese regreso, la casa ya no estaba en el mismo lugar, aunque el paisaje no había cambiado. Las montañas seguían abrazando la clave, pero lo hacían con una leve desviación, como si hubieran sido desplazadas por una fuerza mínima pero suficiente.

Entré sin abrir la puerta.

Adentro, el anciano afinaba la guitarra con una paciencia infinita. Cada cuerda que tensaba emitía un sonido que no se extinguía, sino que se acumulaba con los anteriores, generando una densidad casi insoportable. La vidala, si es que aún podía llamarse así, ya no era música sino la estructura.

—Llegaste antes —dijo, sin mirarme.

—O después —respondí, con una certeza que no me pertenecía.

La mujer no estaba, o estaba en otra forma. En su lugar, había un reflejo en el suelo, como si la madera hubiera adquirido propiedades líquidas. Me incliné para observarlo y vi, no mi rostro, sino la laguna. La misma vibración, la misma figura al fondo. Pero esta vez había algo distinto, la figura no estaba quieta.

Caminaba.

No hacia la cámara, como habría sido esperable, sino hacia atrás, alejándose de mí. Cada paso que daba parecía borrar una porción del paisaje, como si su movimiento fuera un acto de sustracción. Comprendí entonces (con un terror que no era del todo desagradable) que esa figura estaba retirando el mundo.

—El fuego no crea —dijo el anciano—. Solo revela lo que ya fue consumido.

Quise preguntarle por la clave, por el nodo faltante, por la palabra. Pero antes de que pudiera articular cualquier sonido, la casa se oscureció, no por ausencia de luz sino por exceso de sentido. Todo lo que había ahí (los cables, la guitarra, el reflejo) comenzó a superponerse, a ocupar el mismo lugar.

Y entonces la escuché.

La risa.

No provenía de ningún punto identificable, pero estaba en todas partes, como una vibración estructural. Ya no tenía el tono animal de antes; era más bien una repetición mecánica, como si alguien hubiera registrado la risa original y la estuviera reproduciendo en bucle. Sin embargo, en cada iteración había una variación mínima, un error que se desplazaba.

Ese error era yo.

No en el sentido de que yo produjera la risa, sino en el de que mi presencia introducía una desviación en su patrón. Cada vez que respiraba, la risa se desincronizaba levemente, como si el sistema no supiera cómo integrarme.

—No deberías estar acá —dijo una voz que reconocí como mía, aunque no salía de mi boca.

—Pero estoy —respondí, sin saber a quién.

En ese instante, el plano que había visto en la feria se desplegó ante mí como una configuración interna. Los nodos se encendieron uno a uno, y cuando el último (el que faltaba) apareció, supe que no era un lugar ni un concepto, sino un acto.

Decir la palabra otra vez.

No lo hice de inmediato. Hubo una dilación que podría haber durado siglos o una fracción de segundo. En ese intervalo, vi (o recordé) todas las versiones posibles de ese acto en algunas, la casa se derrumbaba; en otras, la laguna se secaba; en otras, nada parecía ocurrir, lo cual resultaba aún más inquietante.

Elegí (si es que hubo elección) la variante en la que la palabra no se pronuncia con la voz.

Pensarla.

Pero incluso eso era demasiado directo. Comprendí que debía situarme en un punto anterior al lenguaje, en esa región donde las palabras aún no son palabras sino tensiones, vectores de sentido. Ahí, en ese borde, la palabra “culo” dejó de ser una secuencia de sonidos y se convirtió en una operación.

La ejecuté.

Lo que siguió no fue un cambio, sino una revelación en que todo lo que había percibido como exterior (la casa, la feria, la laguna, la mujer, el anciano) eran configuraciones de un mismo proceso que se replegaba sobre sí. El pleroma no era un lugar que integraba todo, sino el hecho de que no había nada fuera de esa integración.

Y sin embargo, algo persistía.

Un resto.

Una anomalía que no se dejaba absorber por la totalidad.

Ese resto tenía forma (si puede hablarse de forma) de mirada.

La figura de la laguna.

Ahora ya no estaba al fondo, ni en el reflejo, ni en un video imposible. Estaba aquí, en el mismo plano que yo, pero desplazada por una mínima diferencia, como una imagen mal alineada. Nos observamos sin mediación, sin cámara, sin tiempo.

Entonces comprendí, con una claridad que anulaba cualquier alivio, que la figura no era otro.

Era lo que yo iba a ser cuando terminara de retirarme. O peor aún, lo que ya era, en el punto exacto donde el mundo había sido completamente sustraído.

La risa cesó.

El anciano dejó de afinar.

Los cables se apagaron.

Y en ese silencio (que no era ausencia sino plenitud insoportable) supe que la historia no iba a continuar.

Porque ya había sido contada por completo en un solo gesto que, sin embargo, aún no ocurría.


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