#los caDAveres

por Adán Sacha 


Cuando vieron el cadáver flotando por el Paraná nadie cortó la música.

La cumbia digital seguía pateando los parlantes reventados del boliche Babilonia 2000 mientras las pantallas colgadas del techo repetían publicidades de prótesis dentales, apuestas ilegales y un noticiero cubano transmitido desde La Habana con veinte segundos de delay. Una mina con la mandíbula cromada sonreía desde un holograma roto:

—EL FUTURO YA LLEGÓ, ASERE.

Mentira. El futuro nunca llegaba completo a Rosario. Bajaba del río hecho mierda, como los contenedores saqueados o los fiambres hinchados que el agua peinaba contra la costa.

Afuera llovía ceniza.

Adentro, la gente bailaba.

El Negro Barrionuevo afinaba una viguala eléctrica apoyado contra la barra. La guitarra tenía cables colgando como tripas y una calcomanía vieja de Bizancio Duty Free pegada en el cuerpo. Cada vez que tocaba una cuerda, las luces del boliche parpadeaban. Había algo raro en la sangre del tipo; los médicos decían que tenía nanochips militares filtrados por una vacuna paraguaya pirateada. Cuando transpiraba, interfería señales.

Por eso lo buscaban.

Por eso seguía vivo.

En las pantallas apareció la transmisión de El Paso. Un presentador con la cara reconstruida digitalmente anunciaba la caída de otro corredor bioeléctrico en Centroamérica. Detrás suyo ardía La Ceiba. O una simulación de La Ceiba. Ya nadie sabía la diferencia.

—Todo armado —escupió el Negro mientras se daba un saque de merca rosada—. Te venden la guerra igual que cerveza.

Nadie respondió.

Un gordo dormía arriba de un tragamonedas conectado a la municipalidad. Dos travas discutían sobre un secuestro transmitido en vivo. Un pibe con uniforme escolar vendía órganos impresos en 3D desde una mochila térmica.

Rosario era eso ahora, un shopping de ruinas húmedas.

La sangre conduce.

Eso repetían los viejos hackers del barrio Tablada.

Decían que toda transmisión necesitaba sangre humana para viajar limpia por los circuitos cuánticos. Que las grandes corporaciones mezclaban ADN en los cables submarinos porque el tacto humano ordenaba la señal. Como espiritismo digital. Brujería de fibra óptica.

Nadie lo creía hasta que empezaron los apagones neuronales.

Primero fueron migrañas.

Después sueños compartidos.

Después tipos despertando en ciudades que nunca habían visitado.

Un tachero juraba haber manejado tres años en La Habana sin salir jamás de zona sur. Una prostituta hablaba griego antiguo cuando se drogaba. Un cartonero decía escuchar payadas dentro de los semáforos.

Todo mezclado.

Todo podrido.

Como si Hispanoamérica hubiese quedado conectada por abajo de la piel.

El Negro Barrionuevo había visto algo peor.

Lo contó una madrugada, fumando pasta base frente al río.

Dijo que en los servidores subterráneos de Bizancio Corporation almacenaban sueños humanos para entrenar inteligencias artificiales. Sueños baratos comprados en villas, cárceles y hospitales públicos. Los clasificaban según violencia, deseo o nostalgia.

Los sueños de Rosario cotizaban alto.

Especialmente los de muertos.

—Los cadáveres siguen soñando unas horas —dijo el Negro—. Ahí hacen la diferencia.

El Gordo Cañete se rio tanto que vomitó vino arriba de la mesa.

Después desapareció.

Dos semanas más tarde apareció en una transmisión clandestina proveniente de La Habana Vieja. Tenía los ojos abiertos con ganchos metálicos y cantaba una zamba mientras le conectaban cables en la nuca.

La señal duró treinta segundos antes de explotar en estática.

Pero todos escucharon lo mismo detrás de la interferencia:

"El río peinará los cadáveres".

La frase quedó pegada como un virus.

La pintaban en paredes.

La tatuaban presos.

La usaban los narcos antes de ejecutar soplones.

Incluso apareció en campañas políticas.

Porque el país ya no tenía gobiernos reales; tenía streamings electorales manejados por influencers mutantes. Presidentes hechos con edición de video y filtros neuronales. Tipos que hablaban desde estudios virtuales mientras las provincias se caían a pedazos.

La policía cobraba en criptomonedas de carne.

Los hospitales alquilaban camas por minuto.

Los curas hacían exorcismos a Smart TVs.

Y en Babilonia 2000 seguían bailando.

Una noche el Negro desapareció del boliche.

Dicen que lo levantaron agentes de Bizancio Corporation. Otros dicen que cruzó el río nadando lleno de anfetaminas. Algunos juran haberlo visto en La Ceiba tocando la viguala frente a una antena hecha con huesos humanos.

Pero la última versión fue la más jodida.

Porque apareció una transmisión pirata colándose en todas las pantallas de Rosario en televisores, celulares, cajeros automáticos, monitores de colectivos.

La imagen era granulada.

Llovía.

El Negro estaba sentado en una silla metálica dentro de una habitación roja. Tenía los ojos negros, completamente negros, como vidrio quemado.

Atrás suyo sonaba una payada deformada por autotune.

Y entonces habló:

—No somos países. Somos un circuito.

La señal vibró.

Sangre salió de algunas pantallas.

Literal.

La gente gritó en los supermercados. Hubo accidentes. Un jubilado murió electrocutado abrazando un televisor Noblex.

Pero el Negro siguió hablando.

—Rosario, La Habana, El Paso, La Ceiba… todo conectado por abajo. Sueños, muertos, deseo, droga, música… ustedes creen que internet lleva datos. No. Lleva almas.

Después sonrió.

Se escuchó un ruido de caballo galopando.

Y la transmisión terminó.

A la mañana siguiente el Paraná amaneció lleno de cuerpos.

Miles.

Todos peinados hacia la misma dirección por la corriente aceitosa del río.

Como si alguien hubiera pasado lentamente una mano enorme sobre los muertos.

Los noticieros dijeron que era una operación terrorista.

Después dijeron que era una falla sanitaria.

Después dijeron que los cuerpos nunca existieron.

Las tres versiones salieron el mismo día.

En Rosario ya nadie discutía la verdad porque la verdad había quedado vieja, como los teléfonos con botones o las estampitas del Gauchito Gil pegadas en los taxis. Lo único importante era la intensidad de la señal. Si algo entraba fuerte por la pantalla, entonces existía aunque fuese mentira.

Y esa semana la señal venía podrida.

Las cloacas devolvían agua tibia con olor a formol.

Los perros ladraban frente a televisores apagados.

En barrio Ludueña hubo pibes que despertaron hablando con acento cubano. En La Habana, según una transmisión interceptada, varios tipos empezaron a cantar chamamé dormidos.

Algo viajaba.

Algo húmedo.

Como una enfermedad sentimental.

La municipalidad impuso toque de queda digital era prohibido transmitir después de las dos de la mañana. Decían que las frecuencias nocturnas alteraban la corteza cerebral. Igual nadie obedeció. La mitad de Rosario vivía conectada a streamings clandestinos donde mutilaban gente, vendían memorias sintéticas o mostraban rituales de santería algorítmica desde Centroamérica.

Todo mezclado con publicidad.

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El Negro Barrionuevo se volvió una leyenda viral. Algunos aseguraban que seguía vivo dentro del circuito, escondido entre transmisiones piratas como un fantasma eléctrico. Otros decían que Bizancio lo había desarmado para estudiar su sangre.

"La sangre conduce"

Cada vez más gente repetía eso.

Hasta los chicos.

Hasta los canas.

Hasta los locos.

Sobre todo los locos.

Uno de ellos era el Turco Medina, ex sonidista de bailantas, ahora reciclador de prótesis neuronales en el Mercado Negro del Bajo. El tipo vivía en un edificio tomado donde las paredes transpiraban humedad verde y las antenas ilegales crecían desde los balcones como árboles de aluminio.

Ahí fue donde apareció la piba.

Le decían la China Motel.

Diecisiete años, ojos cansados y un brazo ortopédico robado del ejército brasileño. Vendía videos porno intervenidos con inteligencia artificial y microdosis de LSD colombiano en cápsulas fluorescentes.

Entró al taller del Turco sin golpear.

—Tengo algo del Negro —dijo.

El Turco ni levantó la vista.

—Todos tienen algo del Negro.

La piba tiró una memoria orgánica arriba de la mesa. Parecía un pedazo de carne cosida con cobre.

Eso hizo callar al Turco.

Porque las memorias orgánicas eran ilegales incluso para el mercado negro. Se cultivaban usando tejido nervioso humano y podían almacenar experiencias completas de sueños, dolores, orgasmos, asesinatos.

La China prendió un cigarrillo.

—La saqué de un cadáver flotando en el río.

—¿Y qué tiene?

—Una transmisión.

El Turco dudó.

Afuera pasaba una caravana de motos sin luces. Sonaban corridos mezclados con cumbia villera y propaganda política. Desde un edificio cercano alguien gritaba que el fin del continente ya había empezado.

Nadie le daba bola.

El Turco conectó la memoria.

La imagen tardó en formarse.

Primero apareció estática.

Después una sala enorme.

Miles de personas acostadas en filas metálicas, conectadas por cables en la nuca. Parecía un frigorífico humano. Algunos lloraban dormidos. Otros se retorcían mientras pantallas gigantes transmitían carnavales, guerras, bailantas y ejecuciones en loop.

La cámara avanzó.

Y ahí estaba el Negro Barrionuevo.

Desnudo.

Abierto del pecho hasta el abdomen.

Pero vivo.

Tubos transparentes bombeaban sangre desde su cuerpo hacia una máquina rarísima, una especie de órgano mecánico lleno de luces rojas.

El Negro miró directo a cámara.

Como si supiera que alguien vería eso años después.

—Bizancio encontró el tacto —dijo con voz quebrada—. Ya pueden transmitir emociones sin pantalla.

El Turco sintió frío.

La China dejó de fumar.

El Negro siguió:

—Antes necesitaban televisores, celulares, cables… ahora no. Ahora la señal entra directo por la carne.

Atrás suyo alguien empezó a cantar una payada desafinada.

Una enfermera sin rostro pasó empujando un carrito lleno de dientes humanos.

La grabación vibró.

Entonces apareció lo peor.

Un mapa.

No político.

No geográfico.

Un mapa de conexiones nerviosas atravesando Hispanoamérica como raíces bajo tierra. Rosario unida a La Habana. La Ceiba conectada con Lima, Ciudad Juárez, Medellín, Asunción.

Cada ciudad latiendo como un órgano enfermo.

Y en el centro de todo:

El río.

El Paraná convertido en una especie de columna vertebral biológica.

—Los muertos sueñan juntos ahí abajo —susurró el Negro—. Por eso tiran cuerpos al agua. Alimentan la red.

La transmisión empezó a degradarse.

Las caras se derritieron digitalmente.

La sala se llenó de interferencia.

Pero antes de cortarse apareció una frase escrita sobre la imagen:

EL PRIMER SUEÑO CONTINENTAL COMIENZA EL 17 DE AGOSTO.

La fecha era mañana.

El Turco desconectó todo de golpe.

Respiraba agitado.

La China tenía lágrimas en los ojos aunque parecía no darse cuenta.

Y afuera, en las calles húmedas de Rosario, las pantallas públicas empezaron a encenderse solas una por una.

Sin sonido.

Sin propaganda.

Solo mostrando agua negra corriendo lentamente bajo la ciudad.

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