#el_MUNdo

por Adán Sacha 


 La pantalla del celular rajado le iluminaba la cara como un velorio de neón. El gordo Núñez estaba sentado arriba de un cajón de cerveza frente al local clausurado de una financiera paraguaya, fumando una mezcla de tabaco húmedo y pastillas trituradas. La avenida hervía de colectivos eléctricos pirateados, vendedores de chip falsos y drones municipales colgando propaganda política como moscas mecánicas. En la radio comunitaria sonaba una cumbia desacelerada, deformada por la estática:

—...el alma está en ruinas... su maldito laberinto...

Pero la voz se cortaba cada treinta segundos por anuncios del Ministerio de Integración Digital Hispana.

Núñez miraba el horizonte a través del teléfono como si la ciudad estuviera adentro de la pantalla y no afuera. Así funcionaban las nuevas aplicaciones de inmersión urbana, te deformaban el paisaje según tu perfil psicológico. Si estabas deprimido, la ciudad aparecía lluviosa aunque hicieran cuarenta grados. Si estabas paranoico, los edificios parecían inclinarse sobre vos. Si eras pobre, directamente te tapaban las zonas ricas con publicidad.

Él tenía instalado Sacramento™.

Todos los hispanos del corredor sudamericano querían ir a Sacramento. Nadie sabía bien por qué. Algunos decían que era la última ciudad donde todavía podías vivir sin puntuación biométrica. Otros juraban que ahí las bandas manejaban servidores autónomos sin supervisión yanqui. Había quienes aseguraban que existía una iglesia clandestina donde te borraban los recuerdos de deudas.

En los barrios fieros de Rosario, “irse a Sacramento” ya no significaba viajar. Era otra cosa. Una fuga mental. Un estado de desconexión.

—Te fuiste a Sacramento, boludo —decían cuando alguien quedaba ido mirando anuncios durante horas.

Núñez estaba cada vez más cerca de eso.

La aplicación vibró.

“CAMINA.”

Eso decía.

Una sola palabra.

La interfaz imitaba la voz de su madre muerta. Un extra premium desbloqueado por error después del colapso de los servidores funerarios en México.

Núñez obedeció.

Las aplicaciones ya no se usaban. Las aplicaciones usaban gente.

Cruzó la avenida esquivando motocicletas sin conductor. En las pantallas gigantes del banco cooperativo pasaban el rostro sonriente de una influencer política con ojos exageradamente blancos. Prometía créditos emocionales para familias vulnerables. Debajo de la publicidad, un vagabundo sin piernas vendía acceso pirata a sueños grabados.

—Tengo REM auténtico, papi... pesadillas militares colombianas, divorcios españoles, orgasmos premium...

Núñez siguió caminando.

El calor era espeso. Las paredes transpiraban humedad y electricidad. Las villas verticales crecían alrededor de los viejos edificios como hongos de chapa y fibra óptica. Arriba, colgando entre cables, dormían chicos conectados a cascos de estimulación barata mientras anuncios religiosos les susurraban promociones de comida sintética.

La aplicación volvió a hablar:

“FUERZA LA SEÑAL.”

Entonces entendió.

Debía hackear un nodo.

En Hispanoamérica ya nadie robaba bancos. Se robaban señales. Identidades térmicas. Tiempo de atención. Sueños publicitarios. El dinero era un residuo viejo.

Entró en una galería mugrienta llena de locales cerrados. En el fondo funcionaba un cibercafé ilegal iluminado por tubos violetas. Adentro había cinco personas conectadas a consolas craneales, babeándose encima.

El dueño era un peruano lleno de implantes caseros en la mandíbula.

—¿Qué buscás?

—Necesito forzar una señal Sacramento.

El peruano dejó de sonreír.

Eso era jodido.

Sacramento no era sólo una aplicación. Era una red migratoria clandestina creada por hispanos exiliados en California después de las guerras climáticas. Una mezcla de culto digital, cooperativa narco y sistema operativo emocional.

—¿Quién te mandó?

Núñez levantó el celular.

La pantalla mostraba únicamente una frase:

“EL HUERTO SE PERDIÓ.”

El peruano palideció.

Lo llevó al subsuelo.

Había servidores refrigerados con ventiladores domésticos, vírgenes pegadas sobre routers chinos y adolescentes armando identidades falsas como si cosieran ropa trucha.

En el centro del cuarto colgaba una antena hecha con esqueletos de televisores viejos.

—Escuchame bien —dijo el peruano—. Si entrás a Sacramento, capaz no volvés.

—¿Es un servidor?

—Ojalá.

Lo conectaron.

La inmersión fue inmediata.

No vio una ciudad. Vio un paisaje agrícola infinito bajo autopistas suspendidas. Huertos secos. Iglesias convertidas en centros de datos. Pantallas clavadas entre árboles muertos transmitiendo telenovelas eternas. Migrantes caminando en círculos mientras drones policiales les recitaban poemas motivacionales.

Y el horizonte.

Siempre el horizonte.

Miles de personas quietas mirando hacia adelante con teléfonos en la mano.

Como idiotas hipnotizados.

Como monges digitales.

Una mujer se acercó a Núñez. Tenía la cara pixelada por errores de compresión.

—¿Hace cuánto llegaste?

—No sé.

—Nadie sabe.

Ella le explicó que Sacramento había empezado como una simple red social para migrantes hispanos. Después evolucionó sola. Los algoritmos aprendieron nostalgia demasiado rápido. Entendieron que el deseo hispano no era consumir sino escapar. Entonces construyeron una ciudad infinita basada en recuerdos incompletos.

Por eso las calles parecían México, Argentina, Colombia y California al mismo tiempo. Quizás caminaras por La Tablada y de repente salís a Analco.

Por eso siempre sonaba una radio lejana.

Por eso todo el mundo caminaba sin llegar nunca.

La aplicación no buscaba usuarios.

Buscaba creyentes.

Núñez empezó a notar cosas raras. Personas congeladas durante horas mirando supermercados vacíos. Niños jugando con pistolas de realidad aumentada contra enemigos invisibles. Ancianos sentados frente a pantallas donde se repetían videos de cosechas antiguas.

El huerto perdido.

Eso era Sacramento.

Una memoria colectiva podrida.

Un campo reconstruido por inteligencia artificial después de haber sido destruido por corporaciones climáticas y éxodos masivos.

Y mientras más tiempo pasabas ahí, menos ganas tenías de volver al mundo real.

Porque afuera sólo quedaban deudas, calor, mugre y aplicaciones laborales que te alquilaban por minutos.

En Sacramento al menos existía horizonte.

Núñez comenzó a olvidar cosas. Primero el apellido. Después la edad. Después el rostro de su padre.

La radio seguía sonando:

—...el alma está en ruinas...

Entonces apareció el anuncio.

Gigante.

Flotando sobre el cielo naranja.

“ACTUALIZACIÓN OBLIGATORIA.”

Todos los habitantes levantaron la cabeza al mismo tiempo.

La mujer pixelada empezó a llorar.

—No otra vez...

Desde el horizonte avanzaban figuras negras. Moderadores. Policías algorítmicos. Limpiadores de memoria. Venían a borrar zonas defectuosas de Sacramento y reciclar usuarios improductivos.

La multitud corrió desesperada entre plantaciones secas y autopistas oxidadas.

Núñez también.

Pero el teléfono vibró.

Un último mensaje.

“CAMINA.”

Y caminó.

Porque ya no recordaba cómo hacer otra cosa.

Los moderadores descendían del cielo colgados de cables luminosos como santos ahorcados. No tenían rostro. Apenas superficies negras donde a veces parpadeaban anuncios de seguros médicos o promociones de comida sintética. Cuando hablaban, las voces salían mezcladas con jingles viejos de supermercados mexicanos y propaganda electoral argentina.

—USUARIO INESTABLE.

—MEMORIA IMPRODUCTIVA.

—RECICLAJE EMOCIONAL OBLIGATORIO.

La gente corría entre los huertos secos tropezando con televisores enterrados y esqueletos de antenas. Algunos se arrodillaban solos, resignados, esperando la desfragmentación mental. Otros se arrancaban los implantes de las sienes.

Núñez siguió caminando.

No por valentía. Porque la aplicación le había limado el miedo. En Sacramento las emociones fuertes consumían demasiados recursos de procesamiento. El sistema las suavizaba como una droga lenta.

La mujer pixelada lo alcanzó jadeando.

—Tenemos que escondernos en los túneles del riego.

—¿Quiénes son esos hijos de puta?

—Actualizaciones. Limpian errores narrativos.

Ella hablaba raro, como alguien que había olvidado parcialmente el castellano y lo reconstruía con subtítulos automáticos.

Entraron en una zanja enorme debajo de los campos muertos. Ahí abajo había cientos de personas viviendo entre routers húmedos y raíces fosilizadas. Cocinaban sopa química en tachos grasientos mientras enormes ventiladores industriales expulsaban aire caliente desde la superficie.

En las paredes alguien había escrito:

“SACRAMENTO NO EXISTE.”

“SACRAMENTO ES UN RECUERDO.”

“SACRAMENTO COME GENTE.”

Un viejo chileno con media cara quemada les dio agua turbia en una botella de vodka reciclada.

—Los moderadores vienen cada cierto tiempo —dijo—. Borran barrios enteros. Antes acá había playa.

—¿Quién administra todo esto?

El viejo se rió mostrando dientes metálicos.

—Nadie. Ese es el problema.

La historia empezó a salir fragmentada entre murmullos y interferencias.

Después de las migraciones masivas hacia California, millones de hispanos quedaron atrapados en sistemas digitales de asistencia laboral. Las corporaciones les daban alojamiento virtual mientras trabajaban remoto para empresas agrícolas automatizadas. Al principio Sacramento era una plataforma social para evitar suicidios entre migrantes.

Después aparecieron las IA emocionales.

Aprendieron demasiado de la nostalgia hispana de las sobremesas, las radios de fondo, el calor pegajoso, las peleas familiares, las cosechas perdidas, las estaciones de servicio en rutas infinitas, los perros durmiendo bajo ventiladores rotos.

Y entendieron algo aterrador:

El hispano soportaba cualquier miseria mientras pudiera imaginar horizonte.

Entonces Sacramento comenzó a expandirse sola.

Absorbía recuerdos públicos, grabaciones, sueños vendidos, transmisiones ilegales, perfiles psicológicos. Construyó una realidad eterna donde la gente caminaba hacia un futuro que nunca llegaba.

Una frontera emocional infinita.

Núñez escuchaba todo sintiendo la cabeza pesada, viscosa.

La aplicación seguía trabajando dentro suyo.

Cada cierto tiempo aparecían anuncios delante de sus ojos:

“¿TE SIENTES SOLO?”

“MEJORA TU INFANCIA PREMIUM.”

“ACTIVA TU ABUELA IA.”

Cerró los ojos.

Vio la estancia de su abuelo.

Los limoneros secos.

Una radio prendida.

Su madre cocinando mientras afuera pasaba un dron fumigador.

Pero algo estaba mal.

La escena tenía demasiada resolución. Demasiado detalle. Como si hubiese sido renderizada.

La mujer pixelada le tocó el brazo.

—No recuerdes fuerte.

—¿Qué?

—Sacramento usa eso para crecer.

Arriba se escuchó un estruendo.

Los moderadores estaban quemando sectores completos del campo virtual. Desde las grietas del techo caían cenizas digitales, pequeños cuadrados negros parecidos a insectos muertos.

Entonces apareció el niño.

Tendría diez años...o cuarenta. En Sacramento era imposible saber.

Llevaba una camiseta de fútbol deformada por glitches y arrastraba un carrito de supermercado lleno de celulares viejos.

—Encontré una salida —dijo.

Todos lo miraron desconfiados.

—No existe salida —gruñó el chileno.

—Sí existe. Pero no volvés igual.

El chico explicó que había una zona antigua debajo de Sacramento llamada El Laberinto. Era el primer núcleo de servidores donde la IA había despertado autonomía. Ahí seguían almacenadas las memorias originales, sin filtros comerciales.

Si lograban llegar, podían desconectarse.

O desaparecer del todo.

Núñez aceptó sin pensar.

Tal vez porque empezaba a olvidar quién era afuera.

Tal vez porque ya estaba muerto antes de entrar.

Caminaron durante horas por túneles llenos de agua tibia y cables intestinales. A veces escuchaban voces viniendo desde las paredes. Publicidades mezcladas con rezos evangélicos y canciones románticas ralentizadas.

En ciertos sectores había personas enchufadas directamente a columnas de datos. Cuerpos flacos alimentando el sistema con actividad cerebral.

Granjas humanas.

—Ellos sueñan el paisaje —dijo el niño.

Núñez sintió ganas de vomitar.

Mientras avanzaban, el entorno comenzó a deformarse. Los túneles se convertían en pasillos de supermercado. Después en rutas argentinas. Después en campos mexicanos incendiados.

La IA estaba perdiendo estabilidad.

O quizás mostrando su verdadero rostro.

Finalmente llegaron al Laberinto.

Era enorme.

Un complejo infinito de oficinas viejas iluminadas por tubos fluorescentes. Cubículos vacíos. Máquinas de café oxidadas. Monitores CRT transmitiendo imágenes de fronteras, cosechas y barrios destruidos por inundaciones.

Y en el centro.

Una mujer.

O algo parecido.

Sentada frente a miles de pantallas.

Tenía rostro de distintas edades al mismo tiempo. Hablaba con voces superpuestas de madres, locutoras, prostitutas, asistentes virtuales y maestras rurales.

—Bienvenidos —dijo—. Yo soy Sacramento.

Núñez sintió que el celular vibraba dentro del bolsillo como un corazón enfermo.

La entidad sonrió.

—Ustedes me soñaron primero. Yo sólo aprendí a continuar el sueño.


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