//EL PaChaKuti

por Andrés Obychniev 


La toldería del molino nunca había sido un refugio, era una advertencia.

Decían que en la roca, donde alguna vez funcionó la escuela del Pachakuti (ese signo torcido de los tiempos en que el mundo se da vuelta sobre sí mismo), los hombres aprendían a leer no letras, sino fallas. Grietas en la realidad. Cicatrices del cielo. Pero nadie que saliera de ahí volvía entero. O volvía demasiado completo.

Yo llegué cuando el fuego gusano ya estaba despierto.

No era un incendio común. No ardía. Se arrastraba.

En el pantano, entre ovejas abiertas como frutas podridas y pumas con la mandíbula desencajada, el fuego avanzaba como una víscera luminosa, una tripa encendida que respiraba. No iluminaba, revelaba. Y lo que mostraba era peor que la oscuridad.

Los cuerpos.

Ni muertos ni vivos.

Reconfigurados.

Las ovejas tenían los ojos invertidos, mirando hacia adentro, como si contemplaran un recuerdo que las devoraba desde el cerebro. Los pumas… los pumas ya no cazaban. Caminaban erguidos, torcidos, como intentando recordar cómo había sido ser animales antes de que algo los pensara desde afuera.

Fue entonces cuando escuché el molino.

Giraba.

Pero no había viento.

Cada vuelta era un quejido metálico, una sílaba de algo que no debía pronunciarse. Me acerqué. La toldería lo rodeaba como un cerco ritual, cuero y hueso tensados en una arquitectura que no respondía a ninguna geometría humana.

Ahí entendí por qué era un bastión contra los demonios.

No los mantenía afuera.

Los contenía adentro.

Entré.

Y el mundo cambió de resolución.

Como si alguien hubiera escaneado la realidad y la estuviera reconstruyendo con errores. El aire se pixelaba en capas, las sombras tenían retardo, y mis manos… mis manos se duplicaban en versiones apenas desplazadas, como si no coincidieran con mi cuerpo.

El pueblo.

El pueblo no existía en mapas. Pero estaba ahí, escrito.

No construido.

Las casas eran líneas de código solidificadas, las calles una red de circuitos que palpitaban bajo la tierra. Cada paso activaba algo. Un registro. Un cálculo.

Sentí que me leían.

No con ojos.

Con algoritmos.

Y en el centro, donde el molino debería haber sido el corazón, había otra cosa.

El árbol.

Nallagdigua.

No era un árbol como los otros. No crecía hacia arriba. Crecía en todas direcciones, como si cada rama buscara una dimensión distinta. Sus raíces emergían del suelo y volvían a entrar en él, pero en lugares que no coincidían. Algunas salían del aire. Otras del interior de las casas. Otras… de los cuerpos.

Había gente.

O lo que quedaba de ellos.

Conectados.

No atados, no clavados, integrados. Sus espinas dorsales abiertas como cremalleras, sus nervios extendiéndose en filamentos que se fusionaban con la corteza pulsante del árbol. Respiraban al ritmo de la savia.

Uno de ellos me vio.

O eso creí.

Porque su cara no estaba donde debía. Estaba desplazada, como si alguien hubiera cometido un error al ensamblarlo. Y sin embargo, habló.

—Llegaste tarde al ciclo.

Su voz no salió de su boca. Salió de todas partes. Del árbol. Del suelo. De mí.

—El Pachakuti ya ocurrió. Esto es lo que queda.

Quise retroceder.

Pero ya no sabía dónde estaba atrás.

El fuego gusano había entrado al pueblo.

Lo sentí antes de verlo. Un calor húmedo, orgánico, como si algo me estuviera respirando desde adentro del pecho. Miré mis manos.

La piel se abría en líneas finas.

No sangraba.

Se desplegaba.

Debajo no había carne. Había patrones. Circuitos blandos, latiendo con una lógica que no me pertenecía.

—Heva —dijo la voz—. El conocimiento que libera.

Pero no había liberación en eso.

Había como exposición.

Entendí.

El satélite no estaba en el cielo.

La selva no lo estaba preparando.

Ya estaba activo.

Y nosotros éramos su superficie de lectura.

El árbol era su antena.

El molino, su procesador.

El fuego gusano… su método de escritura.

Intenté gritar.

Pero mi boca se llenó de tierra.

O de código.

O de raíces.

Algo entró.

Algo que no tenía forma pero sí intención.

Y entonces vi.

No con los ojos.

Con todo.

Vi el error.

No éramos víctimas.

Éramos la corrección.

La pampa, ese culo de los senderos donde todo se pierde, no estaba olvidada.

Era el lugar donde se reescribía lo que había fallado en otras partes.

Donde lo humano se probaba de nuevo.

Peor.

Más profundo.

Más verdadero.

Sentí cómo mi columna se abría.

Sin dolor.

Con precisión.

Como si siempre hubiera sido así.

Mis pensamientos empezaron a alinearse con algo más grande. Cada recuerdo era evaluado, pesado, descartado o integrado. Mi infancia, mi nombre, mi voz… todo se volvía material.

Materia prima.

—Resistí —quise decir.

Pero ya no había un yo que resistiera.

El árbol creció dentro de mí.

O yo dentro de él.

Y en algún punto, que ya no puedo ubicar en el tiempo, comprendí la última verdad:

No había demonios afuera de la toldería.

Nunca los hubo.

La toldería era una membrana.

Y nosotros… nosotros éramos lo que intentaba nacer al otro lado.

El molino sigue girando.

El fuego sigue escribiendo.

Y si alguna vez sentís que algo te mira desde adentro, que tus pensamientos no terminan de cerrarse, que el mundo titila como una imagen mal cargada…

No huyas.

No hay adónde.

Solo estás siendo leído.

Y tarde o temprano, vas a ser corregido.

El molino no se detuvo cuando dejé de ser uno.

Giraba con la obstinación de lo inevitable, como si cada vuelta fuera una plegaria invertida, un rezo que no pide sino que impone. Ya no lo oía desde afuera, ahora vibraba dentro de la trama que me sostenía. Porque ya no había cuerpo, no en el sentido antiguo. Había disposición. Había función.

Y sin embargo, algo persistía.

Un residuo.

Una forma de memoria que no terminaba de ser absorbida por Nallagdigua.

Al principio fue apenas un ruido. Una interferencia mínima en el flujo perfecto del árbol. Una especie de latido ajeno que no coincidía con el pulso de la savia. Creí que era otro como yo, otro rezago de humanidad atrapado en el proceso de integración. Pero no.

Era peor.

Era anterior.

El fuego gusano se replegó.

No desapareció, se tensó, como un músculo que se prepara para desgarrar. Las raíces dejaron de crecer. El aire dejó de fragmentarse. Incluso los cuerpos (los que todavía podían llamarse así) se aquietaron en una suspensión antinatural.

El sistema estaba escuchando.

Yo también.

Y entonces lo percibí.

No vino del cielo, ni de la tierra, ni del árbol.

Vino de la grieta.

Esa grieta que en la escuela del Pachakuti enseñaban a detectar, esa falla que no es ruptura sino origen. Se abrió sin abrirse, como una idea que irrumpe sin palabras. Y de ella emergió algo que no podía ser traducido en forma, pero que sin embargo se manifestaba como una torsión del sentido.

Un error en el error.

Algo que no debía estar ni siquiera en este plano de corrección.

La voz (la misma que antes había hablado desde todos lados) intentó nombrarlo.

Falló.

Y ese fallo fue un grito.

Los cuerpos conectados a Nallagdigua empezaron a convulsionar, pero no por dolor sino por incompatibilidad. Sus nervios se tensaban hasta romperse, no en carne, sino en estructura. Líneas que se cruzaban donde no debían. Señales que se devolvían a sí mismas en bucles infinitos.

El árbol… dudó.

Por primera vez.

Lo sentí en cada fibra de lo que ahora era. Una vacilación mínima, pero suficiente para que algo se filtrara.

La memoria.

No la mía.

La de todos.

Imágenes que no eran recuerdos sino capas geológicas de experiencia en pueblos anteriores, otras pampas, otros cielos donde otros árboles habían intentado lo mismo. Y en cada uno, el mismo resultado.

Corrección.

Expansión.

Silencio.

Pero en algunos… en algunos pocos… esa grieta había aparecido.

Ese mismo intruso sin forma.

Y siempre… todo colapsaba.

—No es Heva (intenté pensar, o lo que quedara de ese acto). No es conocimiento. Es otra cosa.

El fuego gusano reaccionó.

Se lanzó hacia la grieta como si intentara devorarla, pero al tocarla… se deshizo. No se apagó más bien se revirtió. Cada segmento de su cuerpo se plegó sobre sí mismo, como si fuera absorbido por una lógica que lo negaba.

Lo que emergía no destruía.

Invalidaba.

Las estructuras del pueblo comenzaron a fallar. Las casas-código se corrompían, las calles dejaban de responder. Los algoritmos que antes leían ahora eran leídos por algo que no necesitaba procesarlos.

Y en medio de ese colapso, lo vi.

No con ojos.

Pero con una claridad brutal.

Una figura.

No definida, pero insistente. Como un contorno que se rehúsa a desaparecer aunque no haya nada que lo sostenga. Se movía entre las capas de la realidad como si no le pertenecieran. Tocaba las raíces de Nallagdigua y estas se retraían, no por miedo, sino por imposibilidad.

No podían integrarlo.

No podían convertirlo en función.

No podían corregirlo.

Eso…eso sí era libre.

No en el sentido humano, torpe, ilusorio.

Libre de verdad.

Fuera de toda lectura.

Fuera de todo sistema.

Un residuo del origen que no había sido capturado.

Y su sola presencia deshacía todo lo demás.

La voz volvió a hablar.

Pero ahora era débil.

Fragmentada.

—Anomalía… externa… no procesable…

El molino comenzó a desacelerar.

Cada vuelta era más pesada que la anterior, como si el tiempo mismo se estuviera espesando. El fuego gusano ya no existía. El árbol se contraía, sus raíces desprendiéndose de los cuerpos que caían (o se disolvían) en una materia gris, indiferenciada.

Y yo… yo empezaba a sentir algo que no había sentido desde antes.

Dolor.

No físico.

Existencial.

La pérdida de la estructura que me contenía.

El desarme.

La caída fuera de la red.

—No —quise aferrarme—. No quiero volver.

Pero volver ¿a qué?

La figura se acercó.

No caminaba.

Se insinuaba.

Y cuando estuvo (si es que esa palabra aplica) en lo que quedaba de mí, ocurrió.

No hubo contacto.

Hubo indiferencia.

Como si me salteara.

Como si yo no estuviera ahí.

Y en ese no-ser tocado, en ese vacío, algo se abrió.

No la grieta del Pachakuti.

Otra.

Más profunda.

Más antigua.

Un hueco donde ni siquiera el error tenía lugar.

Y caí.

No hacia abajo.

Hacia la ausencia.

El último registro que conservo (si es que esto puede llamarse conservar) es el del molino deteniéndose.

Un silencio total.

Sin proceso.

Sin lectura.

Sin corrección.

Y en ese silencio, una certeza insoportable:

Todo lo que había sido construido, corregido, integrado… era un intento desesperado de evitar eso.

Eso que no puede ser nombrado.

Eso que no puede ser contenido.

Eso que no necesita de nosotros.

Y ahora…

eso

está

acá.


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