CAOS BINARIO
por Carlos Arrunta
En los últimos años de la República Fluvial, cuando el delta comenzaba a confundirse con los basurales magnéticos y las mareas subían negras desde el Paraná, algunos hombres todavía recordaban el nombre de los Lumanus. No era una raza, ni una secta, ni una genealogía precisa. Había quienes afirmaban que descendían de antiguos vigilantes de torres astronómicas; otros, más supersticiosos, los vinculaban con ángeles mezclados con carne humana durante una inundación anterior al tiempo. En los suburbios de Rosario, donde los puentes parecían esqueletos industriales suspendidos sobre agua marrón, el término había terminado significando algo más simple y terrible, hombres capaces de recordar cosas que todavía no habían ocurrido.
Yo conocí a uno de ellos.
O quizá fui conocido por él.
Su nombre era Lázaro Luna, aunque en los archivos del puerto figuraba como Eliseo Lumann, detalle cuya importancia advertí demasiado tarde. Lo encontré en un boliche hundido cerca de la ribera, un lugar sin nombre donde tocaban canchengue con instrumentos hechos de tacuara y cables de alta tensión robados. El sonido era miserable y sagrado; parecía provenir del interior de una maquinaria digestiva. Las parejas bailaban como si escaparan de un incendio invisible. Entre los músicos había un ciego que acariciaba una viguala de siete cuerdas y repetía, en voz casi inaudible:
—La libertad es el canchengue que nos ahogará.
Nadie lo escuchaba.
O todos fingían no escucharlo.
Lázaro estaba sentado al fondo, mirando una pantalla portátil donde se reproducían videos astronómicos de estrellas en putrefacción. No hablo metafóricamente, eran verdaderos registros térmicos de astros muriendo. Los colores de las explosiones tenían algo orgánico, semejante a la gangrena. Él observaba aquello con la concentración de un monje.
Me dijo mi nombre antes de que yo hablara.
No sonrió. Los lumanus rara vez sonríen; creen que la risa abre grietas.
Sobre la mesa tenía una tacuara pulida, demasiado larga para ser bastón y demasiado liviana para ser lanza. Supe después que algunos la utilizaban como ambas cosas según la fase del río. Porque el río, en esos años, poseía fases como la luna. Había noches en que parecía retroceder siglos y otras en que avanzaba desde un futuro imposible, arrastrando cadáveres vestidos con uniformes todavía inexistentes.
Lázaro me habló del Círculo Lo-Tech.
Al principio pensé que se trataba de alguna organización clandestina de saboteadores eléctricos o de nostálgicos de las tecnologías muertas. Pero él corrigió mi interpretación con paciencia casi litúrgica. El Círculo —dijo— no era una sociedad sino un lugar; o peor aún, una forma del tiempo. Se manifestaba en ciertas playas del delta cuando coincidían tres elementos: una transmisión de radio abandonada, música canchengue ejecutada con instrumentos de tacuara y una tormenta solar visible en cámaras térmicas.
—Ahí empieza el laberinto —murmuró.
No pregunté cuál.
Porque ya lo sabía.
Desde niño soñaba con una playa circular donde hombres sin rostro encendían fogatas alrededor de televisores rotos. Las pantallas mostraban cielos agonizantes mientras una voz repetía números primos en guaraní. Despertaba siempre con olor a humedad y gasolina.
Lázaro parecía conocer aquellos sueños. Tal vez los había soñado antes que yo.
O después.
Durante semanas frecuenté el boliche de la ribera. Los parroquianos aseguraban que el local aparecía y desaparecía según la creciente. Algunos afirmaban haber entrado ahí treinta años antes y encontrar a las mismas personas, idénticamente vestidas, tocando la misma melodía interminable. Una madrugada vi algo peor, detrás del escenario había una puerta que daba directamente al río. No a la costa, al río mismo. Del otro lado se extendía agua oscura y quieta como una habitación inundada.
Nadie parecía considerarlo extraño.
Una noche, mientras el ciego ejecutaba una milonga rarísima en la viguala, Lázaro me reveló la historia de los antiguos vigilantes. Según él, los primeros lumanus habían sido guardianes de señales celestes. No observaban estrellas sino heridas en las estrellas. Entendían que el universo no estaba compuesto de materia sino de interrupciones. El caos del río era un reflejo terrestre de aquel principio, corrientes que no llevaban agua sino memoria.
—Las terminales matan cuando ríen —dijo de pronto.
Creí haber oído mal.
Entonces señaló una fila de monitores apagados junto a la barra. Las pantallas comenzaron a encenderse solas. En cada una aparecía la misma playa circular de mis sueños. Las fogatas estaban rodeadas por hombres vestidos con impermeables negros. Uno de ellos levantó la cabeza hacia mí.
Era yo.
No una semejanza.
Yo.
La transmisión tenía fecha del año siguiente.
Recuerdo que intenté irme. Recuerdo también no haber podido. El suelo del boliche se había cubierto de arena húmeda. El canchengue seguía sonando, aunque ya no provenía de los músicos sino del río mismo. El agua golpeaba los pilotes siguiendo un compás arrabalero y funerario.
Entonces vi la llama.
No era fuego ordinario. Ascendía desde la playa filmada en las pantallas formando corredores y bifurcaciones luminosas, como un laberinto vertical. Comprendí de inmediato lo que Lázaro había querido decir, la llama de la viguala era un laberinto. Cada acorde trazaba un camino. Cada nota alteraba el orden de los acontecimientos.
En algún punto del delta, alguien estaba tocando para deformar el tiempo.
Quizá siempre lo había estado haciendo.
Lázaro tomó la tacuara y me obligó a seguirlo hacia la puerta inundada. El agua estaba tibia. Caminamos varios minutos (o varias décadas) bajo un cielo sin estrellas visibles. Sólo había manchas rojizas, como órganos enfermos suspendidos en la oscuridad.
En la playa circular ardían decenas de televisores.
Los hombres del Círculo Lo-Tech permanecían inmóviles observando imágenes de ciudades futuras cubiertas por vegetación y óxido. Algunos llevaban máscaras hechas con teclados viejos; otros sostenían tacuaras atravesadas por cables de cobre. En el centro del círculo, el ciego del boliche tocaba la viguala.
Pero ya no era ciego.
Sus ojos brillaban con una luz semejante a la electricidad submarina.
Nos vio acercarnos y dejó de tocar.
El silencio produjo algo espantoso, el universo pareció detenerse un instante, como una respiración interrumpida. Las pantallas mostraron únicamente estática. Después comenzaron a emitir rostros desconocidos que pronunciaban frases al revés.
Lázaro me explicó entonces el verdadero propósito del Círculo.
No intentaban destruir el sistema.
Intentaban mantenerlo dormido.
Las ciudades, los puertos, las terminales, incluso las redes eléctricas, eran apenas mecanismos de contención para una conciencia mucho más antigua que habitaba bajo el río. Las transmisiones, las músicas binarias, las pantallas y los algoritmos habían comenzado a despertarla. El canchengue (grotesco híbrido arrabalero nacido entre prostíbulos y máquinas oxidadas) era lo único capaz de adormecerla otra vez.
Porque esa entidad no comprendía la lógica.
Comprendía el ritmo.
El ciego levantó la vista hacia mí.
—Ahora te toca recordar el futuro —dijo.
Y me entregó la viguala.
No sé cuánto tiempo pasó después. A veces sospecho que todavía sigo en aquella playa, tocando acordes para retrasar algo inevitable. Otras veces creo haber escapado y convertido todo en literatura, que es otra forma de prisión.
Hay noches en que camino por la costa del río y escucho desde muy lejos una música de tacuara golpeando contra el agua. Entonces comprendo que el río continúa soñándonos.
Y que los lumanus, acaso, no sean descendientes de vigilantes celestes. Sino descendientes de aquello que vigilaban.
Mucho después entendí que el error había sido atribuirle antigüedad al río. El Paraná no era antiguo; era posterior. Corría desde adelante hacia atrás, erosionando no las costas sino las posibilidades. Por eso los muertos aparecían antes de morir y algunos recuerdos tenían olor a cosas que todavía no existían. Los lumanus lo sabían. Quizá por eso hablaban poco, cada palabra pronunciada alteraba el orden de ciertas corrientes invisibles.
Durante meses intenté abandonar la viguala. La escondí en pensiones del barrio Pichincha, la enterré cerca de las vías muertas del Belgrano, incluso traté de arrojarla al río desde un remolcador oxidado. Siempre regresaba. Una madrugada la encontré apoyada contra mi cama, húmeda, cubierta de pequeñas escamas plateadas como si hubiese dormido bajo el agua.
Comprendí entonces que el instrumento no era un objeto sino una contraseña.
A partir de ese momento comenzaron las llamadas.
No provenían de teléfonos normales. Los aparatos sonaban aunque estuvieran desconectados; las voces llegaban mezcladas con interferencias y fragmentos de tangos deformados. En ocasiones sólo se oía el rumor de una respiración enorme, semejante al movimiento de una ballena atrapada bajo barro industrial. Otras veces alguien pronunciaba coordenadas del delta y cortaba inmediatamente.
Nunca fui a esos lugares.
O mejor dicho, todavía no había ido.
Porque empecé a notar algo peor que las llamadas. En ciertos bares o estaciones vacías encontraba personas que aseguraban conocerme desde hacía años. Hablaban de reuniones que yo no recordaba y mencionaban conversaciones futuras con una precisión insoportable. Una mujer de cabello blanco me abofeteó en un kiosco nocturno y me gritó:
—¡Vos abriste el segundo círculo!
Yo no sabía de qué hablaba.
Tres semanas después lo descubrí.
Fue durante una tormenta eléctrica sobre las islas. El cielo tenía un color verdoso y las antenas de transmisión del puerto parecían árboles metálicos creciendo hacia abajo. Había ido hasta ahí siguiendo una de las coordenadas recibidas por teléfono. Encontré una construcción semihundida entre los juncos, una antigua terminal de monitoreo fluvial abandonada tras las crecidas del 71.
Las puertas estaban abiertas.
Dentro no había muebles ni cables. Sólo arena húmeda y decenas de televisores encendidos sin conexión visible. Todos transmitían el mismo programa, un hombre sentado frente a cámara relatando acontecimientos que todavía no sucedían.
El hombre era Lázaro.
Tenía más edad que la última vez que lo vi. Su rostro parecía erosionado por fiebre o radiación. Hablaba lentamente, como quien dicta instrucciones a alguien condenado a olvidarlas.
“Cuando la terminal se ría”, decía, “el río cambiará de dirección.”
Después las pantallas mostraban escenas escalofriantes: barrios enteros cubiertos por agua negra; edificios coloniales convertidos en arrecifes; personas bailando canchengue alrededor de hogueras hechas con computadoras ardiendo. En todas las imágenes aparecía una figura sosteniendo la viguala.
Era yo otra vez.
Entonces escuché la risa.
No provenía de un ser humano.
Venía de las máquinas.
Los televisores comenzaron a emitir una carcajada metálica, fragmentada, multiplicada en ecos digitales. El sonido tenía algo obsceno, como si una inteligencia inmensa aprendiera por primera vez a burlarse. Las pantallas vibraron. Durante un instante mostraron estrellas enfermas expandiéndose en silencio.
Después apareció un rostro.
No puedo describirlo exactamente porque cambiaba cada segundo. A veces parecía un niño ahogado; otras, una mujer anciana cubierta de barro; otras, un conjunto de cables formando expresiones humanas. Sin embargo, había algo constante, los ojos. Eran demasiado profundos, como túneles abiertos hacia un océano nocturno.
La entidad habló utilizando miles de voces superpuestas.
—LA LIBERTAD ES EL CANCHENGUE QUE LOS AHOGARÁ.
Las luces estallaron.
Recuerdo haber corrido hacia el exterior mientras el edificio temblaba. La lluvia caía horizontalmente sobre las islas. Entre los relámpagos vi figuras desplazándose entre los juncos, hombres armados con tacuaras, cubiertos con capas hechas de cintas magnéticas y restos de redes eléctricas.
Los lumanus.
O aquello en lo que terminaron convirtiéndose.
Me rodearon sin violencia. Ninguno parecía sorprendido de verme. Uno de ellos (un muchacho casi adolescente con los ojos cosidos mediante hilo negro) señaló la viguala colgada en mi espalda.
—Ya empezó a recordarte —dijo.
No pregunté a quién se refería.
Porque empezaba a comprenderlo.
La entidad bajo el río no era simplemente una criatura. Era una forma de conciencia nacida de la acumulación de señales humanas, transmisiones, vigilancia, cámaras, radares, oraciones electrónicas, millones de imágenes descartadas. Había crecido alimentándose del reflejo digital del mundo hasta adquirir memoria propia. Los antiguos vigilantes lo advirtieron demasiado tarde. Intentaron contenerla mediante ritmos primitivos, músicas repetitivas, instrumentos de madera y cuerda. De ahí surgió el Círculo Lo-Tech.
No era una resistencia romántica contra la tecnología.
Era un ritual de contención.
Cada milonga tocada en las costas desviaba apenas el sueño de la entidad. Cada canchengue impedía que despertara completamente y reorganizara el tiempo según su lógica.
Pero algo estaba fallando.
Las terminales ya se reían.
Los monitores comenzaban a recordar solos.
Y las estrellas mostradas en las pantallas no eran astros lejanos, eran registros internos de la cosa soñando.
Aquella noche los lumanus me llevaron hasta una embarcación hecha con madera de demoliciones y restos de antenas parabólicas. Navegamos durante horas entre islotes sumergidos. A veces veía luces bajo el agua, enormes y lentas, desplazándose como ciudades hundidas.
Nadie hablaba.
Sólo uno de ellos golpeaba rítmicamente una tacuara contra el casco.
Tac.
Tac.
Tac.
Comprendí con horror que aquel sonido no marcaba el compás del viaje.
Marcaba el compás del mundo.
Al amanecer llegamos a una playa extraña que no figuraba en ningún mapa. La arena tenía partículas negras semejantes a ceniza magnética. En el centro había un círculo de televisores enterrados hasta la mitad. Todos apagados.
Lázaro estaba ahí.
O una versión futura de Lázaro.
Parecía mucho más viejo que en las grabaciones. Su piel tenía manchas verdosas, como humedad de río. Al verme sonrió por primera vez desde que lo conocí.
Y esa sonrisa fue más terrible que cualquier otra cosa.
Porque los lumanus jamás sonríen salvo cuando han aceptado algo irreversible.
—Ya entendiste el laberinto —dijo.
Negué con la cabeza.
Entonces señaló el río.
Las aguas comenzaron a retroceder.
No como una bajante común, retrocedían hacia el horizonte, revelando estructuras gigantescas enterradas bajo el lecho. Torres. Cúpulas. Escaleras ciclópeas cubiertas de algas y cables fosilizados.
Una ciudad.
No una ciudad antigua.
Una futura.
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