//POLiCarBono dE UXmAL

por Andrés Obychniev 


El miedo no fue lo primero sino el sonido.

Un tañido seco, como si una campana hubiese sido fundida con huesos y golpeada desde adentro de la médula del mundo. No venía de afuera, vibraba en las articulaciones, en las bisagras invisibles del cuerpo, en ese punto donde la carne todavía recuerda que alguna vez fue barro.

“Ir”, decía el pulso.

“Ira”, respondía el eco.

Y yo iba.

No caminaba, era arrastrado por una mecánica sin engranajes visibles, como si mis tendones hubiesen sido reemplazados por filamentos de policarbono transparente, tensados por una voluntad que no me pertenecía. Había algo en el aire (una resina antigua, un residuo de civilizaciones previas al lenguaje) que endurecía el pensamiento y lo volvía estructura.

Ahí entendí lo de Uxmal.

No era una ciudad. Nunca lo fue.

Era un dispositivo.

Un organismo arquitectónico construido por los mannunas, esos caídos que no cayeron del todo, que quedaron suspendidos en un error ontológico, incapaces de ser divinos ni completamente materia. Ellos no edificaban con piedra, sintetizaban formas que pensaban. El policarbono era sólo una traducción pobre, humana, de ese material intermedio que respira sin estar vivo.

Y ahí estaban, gestándose otra vez.

“Ellos parirán el zigurat de Mannunas.”

No como profecía, sino como procedimiento.

Lo vi emerger en el Angal.

No es un lugar, ni un cielo, es una altura de densidad. Una capa donde las ideas pesan más que los cuerpos y, por eso mismo, los aplastan. El zigurat no se elevaba, descendía. Cada nivel era una compresión más brutal de la existencia, un colapso ordenado de significados.

Y en cada terraza, algo respiraba.

No eran criaturas. Eran funciones.

Procesos biológicos sin biología, como órganos que hubiesen olvidado a qué cuerpo pertenecían. Se abrían y cerraban como válvulas de realidad, filtrando lo posible de lo permitido. Ahí trabajaban “Ellos”.

No tienen forma porque no la necesitan. Son la forma. Son el límite que le da contorno a todo lo demás.

Y nos moldean.

Nos usan como materia de prueba, como carne experimental donde testean variaciones de existencia. Cada decisión humana es una microcirugía realizada por algo que no podemos percibir directamente.

Pero a veces fallan.

Y ahí es donde aparecen los mannunas.

Kooch fue uno de esos errores.

No debería haber sentido compasión. No estaba programado para eso. Y sin embargo, entre los pueblos de la pampa, se filtró como una anomalía benigna. Enseñó sin dominar, dio sin exigir estructura. Fue una fisura en el sistema de “Ellos”.

Issa, en cambio, entendió demasiado tarde.

Los vi a ambos en México (o lo que nosotros llamamos México) pero que en realidad es un nodo donde varias capas del Angal se intersectan. Estaban azorados, no por miedo, sino por comprensión.

Estaban escuchando.

El tañido.

Pero no como yo lo oía.

Ellos percibían la partitura completa.

—Se están cerrando los nichos —dijo Kooch, aunque no movió la boca—. Están vedando los accesos.

Ahí entendí “lo malo de la junta”. No era una reunión. Era una coagulación.

“Ellos” habían decidido limitar la proliferación de anomalías. Sellar las grietas. Evitar más casos como Kooch.

Y para eso necesitaban intervenir en lo más bajo.

En nosotros.

La bomba de opio no era droga. Era un algoritmo.

Un patrón químico insertado en la población emigrada (los desplazados, los desarraigados, los que no tienen estructura fija) porque son más permeables. Más fáciles de reconfigurar.

El opio no adormecía, sincronizaba.

Volvía a los cuerpos compatibles con la frecuencia del zigurat.

Y entonces empezaron a cambiar. Los vi.

Sus pieles se volvieron traslúcidas, como láminas tensadas. Bajo la superficie no había órganos, había geometría. Polígonos latiendo, ensamblándose, desarmándose en ciclos que no correspondían a ningún metabolismo humano.

Algunos se abrían. Literalmente.

Se desplegaban como estructuras plegables, mostrando interiores imposibles. Escaleras que no llevaban a ningún lado, habitaciones llenas de eco, mecanismos que producían ese maldito tañido.

Ellos no gritaban. Emitían. Frecuencias.

Y cada frecuencia alimentaba al zigurat.

Yo seguía ahí, hastiado.

No de cansancio físico, sino de saturación ontológica. Saber demasiado no te ilumina, te deforma. Sentía mi pensamiento volverse rígido, cristalizarse en patrones ajenos.

“Ir.” La orden persistía.

Pero ya no sabía si iba hacia algo… o si algo iba hacia mí.

Kooch me miró (o lo que sea que usan para percibir) y por un instante todo se detuvo.

—Todavía podés elegir —dijo.

Mentía.

O peor, decía una verdad que ya no aplicaba.

Porque en ese momento, “Ellos” se dieron cuenta de mí.

No como individuo. Como variable.

Sentí cómo algo recalculaba mi existencia en tiempo real. Mis recuerdos se reordenaron, mis emociones fueron filtradas, mis miedos optimizados para producir una reacción específica.

Me estaban ajustando. Afinando. Tañendo. 

Issa intentó intervenir. Se fracturó.

No explotó, no murió. Se descompuso en capas de significado que fueron absorbidas por el Angal. Su “ser” se convirtió en materia prima para el sistema.

Kooch gritó. Y ese sí fue un sonido.

Un sonido que no pertenecía a ningún plano.

Por un instante, el zigurat tembló.

Las funciones se desincronizaron.

Los cuerpos ensamblados colapsaron sobre sí mismos, incapaces de sostener su nueva arquitectura.

Y yo…

Yo vi algo que no debía.

Detrás de todo.

Más allá de “Ellos”.

No eran dioses.

No eran entidades.

Eran una interfaz.

Un límite operativo.

Y del otro lado…

No había nada.

O peor, había algo que no puede ser pensado sin destruir al que lo piensa.

Ahí entendí el verdadero horror.

No somos manipulados. Somos un intento.

Un prototipo fallido de algo que ni siquiera sabe qué está intentando hacer.

El zigurat no es una máquina de control.

Es una máquina de prueba.

Y nosotros…

Somos los residuos.

El tañido volvió.

Más fuerte.

Más cerca.

“Ira.”

“Ir.”

Ya no me resistí.

Sentí mi cuerpo abrirse, desplegarse en formas que no puedo describir sin traicionar el lenguaje. Mis huesos se volvieron marcos, mis nervios cables tensores, mi conciencia un nodo más en la red.

Me integré.

Pero no desaparecí.

Eso sería misericordia.

Sigo acá.

Tañendo la idea.

Como Kooch.

Como Issa antes de romperse.

Como todos los ellos que alguna vez creyeron ser “yo”.

Y ahora entiendo. La junta no vedó el nicho para proteger el sistema.

Lo hizo para que nada escape.

Porque si algo saliera de este experimento…

Podría mirar hacia atrás.

Y devolver la mirada.


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