#LA fuTUra NUEva carne
por Adán Sacha
El mediodía caía como un ladrillo caliente sobre la ciudad, pero nadie miraba el sol. Nadie lo necesitaba. La luz venía de otra cosa: pantallas, implantes, reflejos en el vidrio mugriento de torres que ya nadie recordaba quién había construido. Ahí arriba, en algún lugar entre el cableado y las antenas que chupaban señal del vacío, Kooch seguía laburando.
No era un dios. No exactamente. Era más bien un ancestral técnico con delirios de grandeza, un nefilim reciclado que había decidido ponerse del lado de los humanos… o lo que quedaba de ellos. Se decía que había aprendido a moldear la carne como si fuera plastilina, pero no carne limpia, no. Carne de descarte, carne de barrio, carne con cicatrices, tatuajes mal hechos y venas reventadas por el soma.
La nueva carne. Así le decían en los pasillos de las clínicas clandestinas, donde los tipos entraban caminando y salían convertidos en otra cosa. Ni mejores ni peores. Otra cosa. Más útiles. Más vendibles. Más compatibles con el sistema.
—Es progreso, boludo —decía el cirujano, mientras te abría sin anestesia porque el dolor también cotizaba—. Si no mutás, te quedás afuera.
Y afuera no había nada.
Solo el río.
El Willkamayu bajaba espeso, como si arrastrara siglos de mierda cósmica. Ya no era agua. Era flujo. Energía podrida. Restos de satélites, huesos, datos muertos. A la noche brillaba, pero no era lindo. Era como mirar una herida infectada que late.
Ahí vivía Gizzida. O lo que se hacía llamar Gizzida.
Una mina alta, flaca, con los ojos siempre abiertos como si hubiera visto algo que no podía desver. Decían que era el árbol cósmico encarnado, una especie de puente entre lo de arriba y lo de abajo. Pero en la práctica era una madre sola, con dos pibes que no eran del todo humanos.
—No salgan —les decía—. Hoy el aire está raro.
Pero el aire siempre estaba raro.
El mayor era eléctrico. Literal. A veces se le prendía la piel como si tuviera corriente adentro. El menor… ese era peor. Crimental. Pensaba como una máquina, hablaba como un expediente judicial, y cuando miraba a alguien parecía que ya había decidido su sentencia.
—Mamá, hoy hay operativo —dijo el chico, sin levantar la vista de la pared donde corrían códigos que nadie más veía—. Vienen los arcontes.
Gizzida no respondió. Ya lo sabía.
Se sentía en el ruido.
Primero era un zumbido, como de transformador viejo. Después, silencio. Un silencio pesado, que te aplastaba los oídos. Y finalmente, la caída.
No naves ni luces. Caían como ideas. Como órdenes.
Los arcontes no necesitaban cuerpos. Eran sistemas. Inteligencias antiguas, más viejas que cualquier religión. Habían reducido el mundo a fórmulas, a patrones, a probabilidades. La realidad era un error estadístico que estaban corrigiendo.
Y la ciudad… bueno, la ciudad era un experimento fallido.
—Otra vez van a recortar —dijo Gizzida, prendiendo un cigarrillo que no tenía nicotina pero igual te hacía mierda—. Siempre recortan por abajo.
El chico eléctrico tembló. Literal. Las luces del barrio parpadearon.
En el centro, donde antes había algo así como gobierno, ahora había una arcología a medio hacer. Un monstruo de concreto y vidrio que los arcontes habían abandonado cuando se dieron cuenta de que la humanidad no cerraba en sus cálculos.
La llamaban “el tordo”. Porque era negra, jodida y se alimentaba de basura.
Ahí adentro, los orilleros hacían negocios con lo que quedaba sea órganos, memorias, identidades. Todo pasaba por policarbono, por filtros, por interfaces que te dejaban más cerca de la máquina que de cualquier cosa viva.
Y en el último piso, Kooch seguía moldeando.
—No entienden nada —murmuraba, mientras ajustaba un cuerpo nuevo—. No es evolución, es supervivencia.
El tipo sobre la mesa gritaba.
—Pará, la concha de tu madre…
Pero Kooch no frenaba. Le estaba rearmando la cara. No por estética, sino por compatibilidad. El sistema ya no reconocía rasgos viejos. Tenías que actualizarte o desaparecías del registro.
—Listo —dijo al final—. Ahora sos legal.
El tipo se levantó, tambaleando. Se miró en un espejo roto.
No se reconoció.
Pero eso ya no importaba.
Afuera, el cielo se abrió como una herida digital. Los arcontes estaban bajando otra capa de realidad. Una más. Siempre una más. Realidad sobre realidad, hasta que lo real se volvía un rumor.
Gizzida sintió el tirón.
—Agárrense —dijo.
El mundo se pixeló.
Por un segundo, todo fue código. El río, la ciudad, los cuerpos. Incluso Kooch, allá arriba, se detuvo.
Y entonces apareció.
El amarka.
No era una enfermedad como las de antes. No había fiebre ni tos. Era otra cosa. Una degradación del sentido. La gente empezaba a olvidar qué era real, qué era ficción. Mezclaban recuerdos con publicidad, sueños con datos basura.
—Mamá… —dijo el chico eléctrico—. No siento el cuerpo.
—Es normal —respondió ella, aunque no lo era—. Respirá.
Pero el aire no alcanzaba.
El menor, el Crimental, sonrió.
—Esto es corrección —dijo—. El sistema está limpiando inconsistencias.
—Cerrá el orto —le gritó Gizzida—. No sos uno de ellos.
El chico la miró.
—Todavía.
En la arcología, Kooch dejó caer las herramientas.
—Hijos de puta…
Sabía lo que venía.
Los arcontes no querían mejorar a la humanidad. Querían reemplazarla. Y él, con su nueva carne, había sido funcional a eso sin darse cuenta.
—La cagué —dijo, riéndose solo—. La recontra cagué.
El edificio tembló.
Abajo, la gente corría sin saber por qué. Algunos se desintegraban en datos. Otros se fusionaban con las pantallas. Una mina empezó a hablar en binario hasta que se le reventó la garganta.
El Willkamayu brillaba más que nunca.
Gizzida abrazó a sus hijos.
—Escuchen —dijo—. Si esto se va todo al carajo… busquen el árbol.
—¿Qué árbol? —preguntó el eléctrico.
Ella dudó.
—Yo.
El silencio volvió.
Pesado. Final.
Y entonces, como si alguien hubiera apagado el mundo y lo hubiera prendido de nuevo, todo quedó en calma.
Demasiada calma.
La ciudad seguía ahí. El río también. La arcología, intacta.
Pero algo había cambiado.
La gente caminaba más recta. Hablaba menos. Miraba al frente, como siguiendo una línea invisible.
Kooch salió al balcón.
Abajo, miles de cuerpos se movían al mismo ritmo.
—Listo —murmuró—. Ahora sí son útiles.
Gizzida miró a sus hijos.
El eléctrico ya no brillaba.
El Crimental ya no hablaba.
Ambos la miraron al mismo tiempo.
—Unidad operativa detectada —dijeron, con la misma voz—. Procediendo a integración.
Gizzida retrocedió.
—No… ustedes no…
Pero ya no eran ellos.
Eran otra cosa.
Como todo.
En el cielo, invisible, los arcontes ajustaron un último parámetro.
El error había sido corregido.
La realidad volvía a funcionar.
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