//DEL cALLEjón hOLOgRamA
por Andrés Obychniev
"…es el traidor recuerdo en la memoria del callejón holograma"
Es lo último que recuerdo leer. Letras desgastadas en una pared húmeda de ladrillos.
En cierto momento empezó a latir.
Porque eso era, un latido.
Pero no un latido limpio, regular, humano.
Era un latido enfermo.
Como el de un órgano que no debería existir.
Cuando avancé unos pasos más, el suelo dejó de ser suelo. Cedía apenas bajo mis pies, como si estuviera pisando una lengua enorme y seca. Cada movimiento producía un sonido viscoso, íntimo, obsceno… como si el callejón me estuviera saboreando.
Quise no pensar en eso.
Error.
Pensar activaba el lugar.
Las paredes empezaron a hincharse.
No hacia afuera.
Hacia mí.
Como pulmones que aspiraban mi presencia.
Y entonces el olor llegó.
No era la podredumbre común. No era basura ni cadáver.
Era memoria en descomposición.
El olor de algo que alguna vez tuvo sentido… y ahora no.
Imágenes comenzaron a desprenderse de las paredes como costras.
No eran proyecciones.
Eran cosas.
Un ojo humano incrustado en el ladrillo parpadeó. Intenté ignorarlo, pero cuando pasé al lado, el ojo giró con un movimiento torpe, desgarrando el material que lo sostenía.
Sangró.
Pero la sangre no cayó.
Subió.
Como si la gravedad estuviera equivocada.
Escuché un ruido húmedo detrás de mí.
Algo arrastrándose.
No quise darme vuelta.
Lo hice igual.
Era una masa.
Una forma humana que había olvidado cómo ser humana.
Se arrastraba usando lo que quedaba de sus brazos, pero los codos estaban invertidos, quebrados hacia atrás, como patas de insecto. La piel colgaba en tiras, y debajo… no había músculo.
Había cables.
Cables negros, gruesos, pulsando como lombrices.
Su cara—
No tenía cara.
Solo una superficie lisa, tensa, como si alguien hubiese estirado piel sobre un molde vacío.
Pero desde dentro algo golpeaba.
Algo quería salir.
—No mires —susurró la voz dentro de mi cabeza.
Era la misma.
Mi voz.
O la de esa cosa al final del callejón.
La criatura se detuvo frente a mí.
Y su “cara” empezó a ablandarse.
Como cera al calor.
Primero se hundió.
Después se rompió.
Y desde adentro emergió otra cara.
Una cara infantil.
Mis ojos.
Mi boca.
Pero abierta demasiado.
Demasiado.
La mandíbula bajó hasta el pecho con un chasquido húmedo. Los tendones —o cables— se estiraron hasta romperse uno por uno, emitiendo pequeños sonidos eléctricos.
Y entonces gritó.
No un grito fuerte.
Peor.
Un grito constante.
Plano.
Como un audio corrupto repitiéndose en bucle.
Me tapé los oídos.
No sirvió.
El sonido no venía de afuera.
Venía de mis propios nervios.
Sentí cómo algo dentro de mi cabeza empezaba a replicar ese grito, como si mis neuronas estuvieran aprendiendo a hacerlo por sí mismas.
—Esto sos —dijo la figura al fondo del callejón, ahora más cerca—. Esto guardaste.
Las paredes comenzaron a abrirse.
Literalmente.
Se rajaron como carne bajo tensión, y detrás no había estructura… sino más profundidad. Capas y capas de pasillos, como intestinos infinitos. Y en cada uno… movimiento.
Cuerpos.
Miles.
Versiones.
Algunos colgaban, atravesados por cables que entraban por los ojos y salían por la espalda. Otros caminaban en círculos, repitiendo gestos inútiles al abrir una puerta inexistente, rascarse una herida que nunca cerraba, intentar recordar algo que siempre se les escapaba en el último segundo.
Y todos—
Todos tenían algo de mí.
Sentí una presión en la boca.
Algo se movía dentro.
Abrí los labios y escupí.
No fue saliva.
Fue un diente.
Después otro.
Y otro.
Caían al suelo con un sonido seco, pero seguían temblando, como si todavía estuvieran conectados a algo.
Metí los dedos en la boca por reflejo.
Y toqué…
Más.
Demasiados.
Filas que no deberían estar ahí.
Creciendo.
Empujando desde adentro.
Como si mi cuerpo estuviera tratando de generar nuevas formas de morder algo que no se puede morder.
Grité.
Esta vez sí.
Pero mi grito salió distorsionado.
Duplicado.
Triplicado.
Una capa de mi voz encima de otra, fuera de sincronía.
Como esas cosas.
Como el callejón.
Como todo.
La figura final ya estaba frente a mí.
Pude verla bien.
Mi cara.
Pero abierta.
No físicamente.
Existencialmente.
Como si cada versión de mí estuviera intentando ocupar el mismo espacio al mismo tiempo.
Sus ojos… no eran dos.
Eran muchos.
Superpuestos.
Todos mirándome desde ángulos complejos.
—No podés salir —dijo—. Porque nunca te fuiste.
Y entonces entendí el verdadero espanto.
No había entrado al callejón.
Había sido almacenado.
Archivado.
Olvidado.
Y lo que caminaba… lo que respiraba… lo que ahora sentía cómo su piel empezaba a aflojarse, a deslizarse, a separarse en capas como si no estuviera bien adherida…
No era yo.
Era el residuo que quedó cuando decidí no recordar.
Y el callejón—
tenía hambre otra vez.
Comentarios
Publicar un comentario