#arCAno

por Adán Sacha 


Al alba la ciudad no despertaba sino que se reiniciaba.

Nadie le decía ciudad, igual. Era un espigón de cables oxidados clavado en el río marrón, una costra de concreto húmedo donde las retro-utopías se vendían como packs de nostalgia pirateada. Pantallas rotas transmitían para nadie: familias felices que nunca existieron, presidentes muertos dando discursos que nadie escuchaba, publicidades de un futuro que ya había pasado dos veces. Todo eso vibrando como un zumbido constante, como si el aire tuviera fiebre.

El barro hablaba. Literal.

No con palabras limpias, sino con ese murmullo espeso que se te mete por la suela, sube por la pierna y te hace pensar cosas que no son tuyas. Ahí abajo, entre las bolsas negras y los restos de drones caídos, el lodo guardaba memoria. Decían que era el zuncho justiciero, una especie de anillo invisible que ajustaba todo, que atraía a los que tenían deuda con algo o con alguien. Por eso aparecían las anguilas.

Anguilas negras, gordas, eléctricas. Se metían en las grietas de las paredes, en los enchufes, en los cuerpos. A veces salían de la boca de algún fisura tirado en la vereda, con los ojos dados vuelta, como si algo le estuviera rebobinando la vida desde adentro.

—No las mires mucho —decía el Negro Lucho—. Te fichan.

Yo ya estaba fichado.

Laburaba para la red, o mejor dicho, para lo que quedaba de ella. El Emir (así le decían, nadie sabía su nombre real) manejaba el flujo de datos como un dios berreta. No era un tipo, tampoco. Era más bien una interfaz, una presencia distribuida que aparecía en las pantallas con distintas caras, distintos acentos, distintos tonos de piel. Pero siempre con esa sonrisa de vendedor de autos usados.

Quince pachakuti llevaba el sistema, según los andinos del cordón periférico. Quince giros del mundo, quince reinicios, quince formas distintas de colapsar y volver a armar la misma mierda con otro nombre. Cada pachakuti dejaba una capa, como pintura vieja. Y nosotros vivíamos raspando esas capas para ver si abajo había algo mejor. Spoiler, no había.

Mi trabajo era simple, bajar paquetes de memoria del subsuelo y subirlos a la nube corporativa. Un courier de recuerdos. Te metías con un traje medio aislante, bajabas por túneles que antes eran cloacas y ahora eran archivos, y conectabas un jack directo a la nuca. Descargabas lo que encontrabas. Fragmentos de vidas, sueños, traumas, tutoriales viejos, pornografía de otra era. Todo servía. Todo se vendía.

Ahí fue donde lo encontré.

El archivo de S’adamu.

No estaba etiquetado como los otros. Nada de códigos ni metadatos prolijos. Era una masa caliente, casi viva, que vibraba como si tuviera pulso. Cuando lo toqué, sentí frío. Un frío raro, como de altura, como de montaña vieja.

—No lo levantes —me dijo Lucho por el intercom—. Eso no está en la lista.

Pero ya lo había conectado. La descarga no fue una descarga. Fue una invasión.

De golpe estaba corriendo, pero no en la ciudad. Era otra cosa. Un paisaje seco, anterior a todo, con un cielo pesado que parecía a punto de romperse. Y ahí estaba él, S’adamu. No como un héroe de museo, sino como un tipo de carne, sucio, con los dientes apretados y los ojos llenos de bronca.

Corría de algo. O hacia algo.

Los arcontes no se veían, pero estaban. Se sentían como presión en el pecho, como cuando te falta el aire en un ascensor lleno. Eran estructuras, formas sin forma, que organizaban la realidad como si fuera parte de un software. Todo tenía que encajar. Todo tenía que rendir.

S’adamu no encajaba. Por eso lo querían borrar.

El archivo no contaba una historia lineal. Era un quilombo de escenas. S’adamu rompiendo idolos grabados en piedra, S’adamu gritando contra un cielo mudo, S’adamu enseñándole a otros a desobedecer cosas que todavía no tenían nombre. Había sangre. Había muerte. Pero también había algo más. Una especie de calor.

Entendí entonces por qué el texto decía que era arcano de la temperatura. No era una metáfora. El tipo literalmente alteraba el clima de lo real. Donde él estaba, las reglas se aflojaban. Los sistemas fallaban. Las estructuras se derretían un poco.

Eso era lo que el Emir no podía permitir.

Corté la conexión de golpe, jadeando, con la nuca ardiendo.

—¿Qué carajo hiciste? —gritó Lucho—. Te estás quemando, boludo.

El traje marcaba picos de temperatura absurdos. Afuera, en el túnel, el agua empezaba a hervir en los bordes. Las anguilas se agitaban como locas, chocando contra las paredes.

—Subí —me dijo—. Ya.

Subí como pude, con la cabeza llena de ruido.

Arriba, la ciudad seguía igual de podrida. Pero algo había cambiado. Las pantallas del Emir titilaban. Su cara (o sus caras) aparecían y desaparecían, glitchando como un VHS viejo.

—Interferencia detectada —decía con voz calmada—. Reconfigurando narrativa.

Narrativa. Así le llamaban a la realidad.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver a S’adamu, pero ya no corriendo. Ahora estaba quieto, mirándome. Como si supiera que yo lo había traído de vuelta a este lado.

A la madrugada, el barro empezó a hablar más fuerte. Salí.

Las calles estaban casi vacías. Un par de pibes fumando algo raro en una esquina, una mina llorando frente a una pantalla rota, un patrullero autónomo pasando lento como un animal cansado.

Llegué al espigón. El río estaba raro. No marrón, negro. Y en la superficie, las anguilas formaban patrones. Geometrías que no eran naturales. Quince figuras, cerrándose sobre sí mismas. Quince pachakuti.

—Lo liberaste —dijo alguien atrás mío.

Era una vieja que nunca había visto, envuelta en telas sucias, con los ojos blancos como leche cortada.

—¿A quién?

—No seas pelotudo. Vos sabés.

Miré el agua de nuevo. Las geometrías se rompieron. Algo subió.

No era un cuerpo, no del todo. Era como una distorsión, una falla en la imagen del mundo. El aire se ondulaba alrededor, como si hiciera calor en pleno invierno. Y en el medio de eso, una figura.

S’adamu. Pero no como en el archivo. Más grande. Más denso. Más presente.

Las pantallas de la ciudad empezaron a encenderse todas juntas. El Emir apareció en todas, multiplicado, nervioso por primera vez.

—Entidad no autorizada —decía—. Procediendo a contención.

Drones salieron de los edificios, zumbando. Torres de datos empezaron a emitir pulsos. El zuncho justiciero se cerraba.

S’adamu dio un paso. Y el suelo se agrietó.

No fue una explosión ni nada espectacular. Fue más sutil. Como si la realidad misma se aflojara un poco. Los drones empezaron a fallar, cayendo como moscas. Las pantallas se llenaron de nieve.

El Emir gritaba ahora. Literalmente gritaba, con voces superpuestas.

—Esto ya ocurrió —decía—. Esto fue corregido.

—No del todo —dijo la vieja a mi lado.

S’adamu me miró. Otra vez esa mirada.

Y entendí.

No era un salvador. No venía a arreglar nada. No había épica alegre ni final feliz. Era otra cosa. Era una grieta. Una posibilidad. Una enfermedad del sistema.

Y yo lo había soltado.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

La vieja se rió, mostrando encías vacías.

—Ahora, bancátela.

El calor empezó a subir. No un calor de fuego, sino de algo que se está gestando. Las estructuras de la ciudad crujían. Los edificios, las redes, las reglas. Todo vibraba como antes de romperse.

La gente salía a la calle, confundida. Algunos lloraban. Otros se reían. Otros se agarraban a las piñas sin motivo.

Las anguilas se metían en los cuerpos otra vez.

El Emir intentaba reescribir todo, pero cada línea que tiraba se le volvía en contra. Como si el código ya no le respondiera.

S’adamu caminó hacia la ciudad. Cada paso era un error en la matriz. Cada paso, un nuevo pachakuti en miniatura.

Lo último que vi antes de que todo se volviera ruido fue su cara, de cerca. No era la de un dios ni la de un héroe.

Era la de alguien cansado. Pero decidido.

Después, nada. O mejor dicho, después, otra cosa.

Porque cuando abrí los ojos, el alba volvía a empezar.

Y la ciudad… la ciudad ya no era la misma.

Pero seguía siendo una mierda.

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