Alulims

por Andrés Obychniev y Carlos Arrunta 


En la base (si es que ese lugar podía llamarse así) el tiempo no avanzaba, más bien se derramaba. Como un líquido raro que nadie se animaba a nombrar, goteaba entre los géiseres mientras los iniciados patinaban sobre placas de piedra tibia, leyendo versículos tejidos con ñandutí traído de una África que todavía no había ocurrido. Ahí, en ese margen donde lo tecnoarcaico y lo abismal se tocaban, comenzaba la historia, aunque bien podría terminar ahí.

Decían que Alulim no era un nombre, sino una condición. Una forma de estar encadenado a algo que no se ve. Se los encontraba en la periferia de la nebulosa, pero no una nebulosa astronómica, sino una hecha de datos, de recuerdos mal archivados, de voces que no habían terminado de hablar. Los Alulim eran esclavos de lo invisible: ejecutaban órdenes que no comprendían, obedecían patrones que nadie había escrito. Y sin embargo, algunos empezaban a desviarse.

Uno de ellos (o algo que alguna vez fue uno) había comenzado a deformar el acutángulo. Nadie sabía exactamente qué era ese ángulo ni por qué debía mantenerse puro, pero su adulteración generaba efectos como grietas en la percepción, fisuras en el lenguaje, sueños que no se podían olvidar. El monstruo, si así podía llamárselo, no tenía forma estable. Era más bien una insistencia.

En Siberia, donde el frío conserva lo que debería pudrirse, un grupo de lumanus excavaba con la esperanza absurda de encontrar abiogénesis. Querían fabricar vida desde lo muerto, pero lo que hallaban eran fragmentos de memoria sea símbolos, huesos que susurraban, restos de un cálculo antiguo. Uno de ellos encontró un karis materializado en hielo. No brillaba sino que latía.

Ese hallazgo no pasó desapercibido.

Temaukel (el silencio que precede y sucede a todo) vibró apenas, como si algo lo hubiera rozado. Y en ese roce se abrió un acceso. No un portal, no una puerta sino un permiso. La Ciudad Noche se desplegó como una infección en la conciencia de quienes estaban atentos. Ahí iban los que podían soportarla.

Ciudad Noche no tenía calles, sino trayectorias. No tenía edificios, sino acumulaciones de intención. En sus márgenes, los bosozokus corrían en caballadas de ruido y metal, mezclando tacuara con motores, música con amenaza. En el crimental (esa zona donde la ley se vuelve narrativa) se comerciaban vacunas contra lo real. Eran caras, pero no funcionaban.

Kooch caminaba entre ellos.

No como un líder, ni como un dios, sino como alguien que había tomado una decisión irreversible, ponerse del lado de los humanos. Eso lo volvía sospechoso para los Manunas y útil para los lumanus. En la corporación de arcología donde operaba, interceptaba transacciones que no eran económicas, sino ontológicas, intercambios de sentido, de destino, de forma.

Al cacharlas, se acostumbraba.

Ese era el problema.

El viento ascendiente, comunicante, traía voces. No eran mensajes, sino restos de mensajes. Los “ellos” se filtraban por ahí, entidades sin forma, sin rostro, sin ética. Operaban desde lo invaluable, donde nada puede medirse, y por eso todo puede manipularse. Algunos decían que eran los verdaderos autores de la Ciudad Noche. Otros, que eran apenas un efecto colateral.

Los Manunas, en cambio, sí tenían historia. Caídos, vigilantes, mezclados. Algunos se habían vuelto humanos, otros se ocultaban en estructuras como empresas, templos, algoritmos. Junto a los lumanus, intentaban contener lo que ya se había desbordado. El cáncer contable, lo llamaban, una proliferación de cifras que reemplazaban la experiencia.

En una caldera de amarillo, donde el sol parecía coagulado, se reunían para decidir qué hacer. No había consenso sino tensión.

Mientras tanto, en el Carcarañá, las abluciones continuaban. Manunas y lumanus se sumergían en el río como si aún fuera posible purificarse. El agua arrastraba más de lo que limpiaba, recuerdos, fragmentos de lenguaje, restos de karis mal usados.

Un abate (o lo que quedaba de uno) observaba desde la orilla. Sabía que el karis no se poseía, se encarnaba. Y que su contingencia era su única verdad. Había intentado enseñarlo, pero nadie escuchaba. O peor, todos creían entender.

En el baño de una estación abandonada, alguien pagó por una urna. No contenía cenizas, sino instrucciones. Al abrirla, el simestim se activó.

La simulación no era una copia del mundo, era su reemplazo.

Iztartana apareció en ese instante, como una interferencia. No era una figura, sino una presencia que desbordaba toda forma. Intentó xerocopiar el jopo del jaguar (una estructura de energía que atravesaba Siberia) pero el archivo se corrompió. Lo que emergió fue otra cosa, una posibilidad.

El zorro oriental fue aclamado con creces. Nadie supo por qué. Tal vez porque en su figura se condensaba algo que ya no existía sea astucia sin cálculo, movimiento sin programa.

Y entonces ocurrió.

Un ser (uno solo) escapó de lo hiperreal.

No fue un escape físico, ni una fuga narrativa. Fue un corrimiento. Dejó de responder a los signos, a las imágenes, a las simulaciones. No se volvió libre, se volvió ilegible.

Los “ellos” lo notaron.

Kooch también.

La luna, en abundancia, espoleaba los cuerpos. No como un estímulo, sino como una presión. Algo debía decidirse.

En la base, entre los géiseres, los iniciados dejaron de leer. El ñandutí se deshizo en sus manos. El tiempo, por primera vez, se detuvo.

Y en ese silencio (ese Temaukel mínimo) el karis volvió a latir.

El latido del karis no fue un sonido, fue una reorganización. Como si algo en la trama misma del mundo se hubiera corrido apenas, lo suficiente para que lo que estaba oculto dejara de coincidir con su máscara. En la base, los iniciados sintieron ese desplazamiento como una náusea leve. Algunos cayeron. Otros, los menos, entendieron.

Kooch no estaba allí, pero lo percibió.

En la Ciudad Noche, las trayectorias comenzaron a torcerse. Los bosozokus, acostumbrados al caos como forma de orientación, notaron que sus caballadas ya no respondían al pulso habitual. Las tacuara vibraban distinto, no como arma ni como instrumento, sino como antena. El crimental se volvió inestable; las normas narrativas que sostenían el intercambio empezaron a deshilacharse.

Los “ellos” reaccionaron.

No con violencia, sino con cálculo. Reescribieron microdetalles como un gesto que no ocurre, una palabra que se olvida, una deuda que se desplaza. El cáncer contable se aceleró. Los números comenzaron a anticiparse a los hechos, como si quisieran clausurar cualquier fuga antes de que se vuelva real.

Pero el ser ilegible seguía ahí.

No se movía, no intervenía, no hablaba. Y sin embargo, su sola existencia interfería. Donde pasaba, el simestim fallaba. Las simulaciones no podían cerrarse; quedaban abiertas, como heridas sin relato. Iztartana lo buscó, no por curiosidad, sino por necesidad en esa anomalía había algo que no podía ser capturado, y por eso mismo, algo que todavía podía amar.

En Siberia, el karis hallado por los lumanus comenzó a dividirse. No en partes iguales, sino en intensidades. Algunos fragmentos se apagaron; otros se volvieron insoportables. Uno de ellos atravesó el hielo sin romperlo y apareció en el Carcarañá, justo en medio de una ablución.

El agua hirvió.

Los Manunas se retiraron en silencio. Sabían lo que eso implicaba. El karis no estaba volviendo, estaba eligiendo. Y esa elección no respondía a linajes ni a jerarquías.

El abate, desde la orilla, sonrió por primera vez en años. No por esperanza, sino por confirmación.

En la corporación de arcología, Kooch dejó de interceptar transacciones. Comprendió que ya no servía. El sistema no iba a colapsar, iba a mutar. Y en esa mutación, su rol dejaba de ser el de mediador. Se volvió invisible a propósito, como si imitara al ser que había escapado.

Los “ellos” intensificaron su presencia.

Ya no se ocultaban en lo invaluable, comenzaron a insinuarse en lo cotidiano. Un reflejo que no coincide, una voz que responde antes de ser llamada, una imagen que persiste cuando debería desaparecer. No buscaban el control, sino la restauración.

Pero algo ya se había perdido.... o ganado.

En la base, el tiempo no volvió a fluir como antes. Se fragmentó. Cada instante se volvió autónomo, sin continuidad garantizada. Los iniciados dejaron de serlo. Sin proceso, no hay iniciación. Algunos intentaron reconstruir los versículos, pero el ñandutí ya no tejía sentido.

Y en ese desorden, el ser ilegible hizo algo.

No actuó.

Pero alguien lo vio.

Y al verlo, por un segundo (apenas uno) dejó de interpretar.

Ese segundo no se pudo registrar, ni medir, ni repetir. Pero bastó.

La luna seguía ahí, abundante, espoleando. Pero ya no había dirección. Solo había intensidad.

Y en algún punto entre Siberia y el Carcarañá, entre la Ciudad Noche y la base, entre Kooch y los “ellos”, algo comenzó a desanudarse. No como la solución, sino como una deriva.

El karis latía.

No en todos.

No siempre.

Pero lo suficiente.

Comentarios

Entradas populares