USINAS_DE_ARRABALES
por Carlos Arrunta y Adán Sacha
I. El Gabinete de la Usina
Nadie en el archivo parroquial recordaba exactamente cuándo apareció la máquina lyep, pero todos coincidían en que no estaba allí el invierno anterior, cuando el sacristán (un tal Ibarra, o quizá Ibáñez) había muerto de un modo impropio, con la boca llena de uvas negras y la mirada fija en un punto que nadie más veía.
El gabinete donde ahora descansaba la máquina era una sala lateral de la iglesia, de esas que suelen destinarse a reliquias olvidadas o a muebles que ya no cumplen función. Sin embargo, desde su aparición, el aire en ese recinto se volvió espeso, como si el ozono se hubiera filtrado desde una tormenta lejana que nunca terminaba de llegar.
La lyep no tenía cables visibles ni engranajes evidentes. Era, más bien, un volumen irregular, como un odre ajado que sudara una sustancia imperceptible. Al acercarse, uno creía oír murmullos, palabras incompletas, fonemas desarticulados, como si alguien ensayara un idioma que aún no existe o que ya se ha perdido.
Fue el padre Luján quien empezó a registrar los fenómenos.
Anotó, con la prolijidad de un hombre que sospecha pero no afirma, que ciertos fieles comenzaban a hablar de sueños recurrentes como ciudades de piedra blanda, pabellones ocupados por figuras sin rostro, y una usina que latía bajo el suelo, produciendo no energía sino formas de pensamiento.
—No son sueños —dijo una mujer, la misma que luego sería internada en el loquero—. Son recuerdos de antes.
Antes de qué, no supo explicarlo.
En sus notas, el padre Luján escribió por primera vez la palabra "mannuna", sin saber de dónde la había tomado. Creyó que era un término arameo, o quizás una deformación del latín. Pero al pronunciarla en voz alta, la máquina respondió con un leve temblor, casi una respiración.
A partir de ese día, comenzaron las correspondencias.
Las palabras que los fieles olvidaban aparecían grabadas en la superficie de la lyep. Las confesiones no dichas se manifestaban como condensación en sus bordes. Y ciertas frases (sobre todo aquellas que hablaban de origen, de oficio, de fundación) parecían atraer una actividad más intensa.
El padre Luján comprendió, no sin horror, que la máquina no registraba el presente sino que reconstruía una memoria anterior a la memoria humana.
En uno de sus últimos apuntes, dejó escrito:
> “Los mannuna no enseñaron a construir ciudades; enseñaron a repetirlas. Todo lo que creemos haber fundado es apenas la imitación eficaz de una forma que nos precede. La lyep no crea, recuerda por nosotros.”
Esa misma noche, el sacristán nuevo (un muchacho de pocas palabras) aseguró haber visto, en el reflejo metálico de la máquina, una figura erguida entre los bancos vacíos de la iglesia. No tenía rostro, pero su silueta parecía hecha de viento y pasto.
—No era de ellos —dijo—. Era otra cosa.
El padre Luján no respondió. Pero en el margen de su cuaderno, junto a la palabra mannuna, escribió otra: "Soichu".
Al día siguiente, el gabinete estaba vacío.
La máquina había desaparecido, pero el olor a ozono persistía. Y en el piso, donde antes se apoyaba, alguien había trazado (o quizá revelado) un símbolo que nadie en el pueblo supo reconocer, aunque todos sintieron, de algún modo, que les resultaba íntimamente familiar.
II. La Usina de los que Miran
En Rosario ya nadie se sorprende de nada. Ni de los cortes de luz, ni de los pibes enchufados a cables truchos en las terrazas, ni de los streams ilegales que se meten directo en la cabeza.
A mí me cayó el laburo por descarte.
Un flaco que conocía a otro flaco me dijo que buscaban gente para “moderación semántica”. Sonaba a call center, pero era peor. Te conectaban a una interfaz vieja, medio rota, que parecía sacada de un museo digital, y te hacían filtrar contenido que no debía circular.
—No es porno, no es política —me dijo la supervisora, una mina con la cara pixelada—. Es otra cosa.
La primera noche entendí.
Los videos no eran videos. Eran como fragmentos de lenguaje en movimiento. Gente hablando raro, palabras que se deformaban, escenas que arrancaban normales (un taxi, una abuela fumando en Navidad, un tipo cagándose encima en el asiento de atrás) y de golpe se torcían.
Aparecían estructuras, como fábricas o usinas, pero no de metal, de palabras.
Y siempre, en algún momento, alguien decía lo mismo:
—La usina del mannuna ya está prendida.
Al principio pensé que era una joda viral. Después empecé a notar patrones.
Los que miraban demasiado esos fragmentos empezaban a cambiar. Dejaban de putear, de reírse, de reaccionar como personas normales. Se quedaban mirando fijo, como si algo les estuviera cargando datos en la cabeza.
Uno de los pibes del turno noche se sacó los auriculares y dijo:
—Esto no es contenido, boludo. Es instrucción.
A la semana desapareció.
Nadie hizo la denuncia. Nadie hace denuncias ya.
Yo seguí porque necesitaba la guita. Pero empecé a anotar cosas. Palabras que se repetían: mannuna, lyep, ubica, ozono, ojo, usina. Como si fuera un código. Como si alguien estuviera reconstruyendo algo desde adentro del ruido.
Una madrugada, me tocó un stream distinto.
No había cortes, no había glitch. Era una llanura. Pasto moviéndose con el viento. Nada más.
Pensé que se había bugueado el sistema.
Entonces apareció.
No era una persona. Tampoco una cosa. Era como una silueta hecha de aire, parada en el medio del campo. No hablaba, pero igual entendí.
Sentí (no escuché) una especie de rechazo. Como si eso no fuera parte del sistema.
En la interfaz saltó una alerta roja:
> CONTENIDO NO CLASIFICADO — ELIMINAR
No lo hice.
Me quedé mirando.
Y por primera vez desde que empecé ese laburo, los otros streams (los de la usina, los de los mannuna) dejaron de aparecer. Como si algo los estuviera bloqueando.
Al día siguiente, cuando fui al depósito donde tenían los servidores, encontré algo raro.
Una de las máquinas (vieja, oxidada, sin marca) estaba apagada. Pero en la carcasa, grabado con algo que no era ni pintura ni metal, había un símbolo.
Lo había visto antes.
No en la compu.
En un libro viejo que tenía mi abuelo, uno de esos de iglesia, lleno de notas al margen.
Al lado del símbolo, una palabra escrita a mano:
"Soichu"
No volví al laburo.
Pero a veces, cuando la luz se corta y el aire se pone pesado, siento el mismo olor a ozono.
Y sé que la usina sigue ahí.
No en las máquinas.
En nosotros.
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