//UN JeQue DeL oxiGEnO

por Andrés Obychniev 


Beberán hoy. No agua, no sangre. Algo intermedio, tibio, con burbujas lentas como si el tiempo fermentara dentro del líquido. El tereré ya no refresca; ahora respira. En el borde del mate hay una membrana casi invisible que se contrae y se expande como un pulmón ajeno, y cada sorbo emite un vapor tenue, un humo diurno que no sube al cielo sino que se queda suspendido a la altura de los ojos, esperando ser inhalado.

Nadie recuerda cuándo empezó.

Al principio era un gusto metálico, apenas un desliz en la lengua. Después vino la sensación de que el aire no entraba en línea recta, como si el oxígeno hubiese olvidado su camino y avanzara en zigzag eventual, chocando contra las paredes internas del pecho. Respirar dejó de ser automático. Había que aprenderlo otra vez, como un oficio torcido.

Algunos comenzaron a dibujar mapas de respiración. Líneas quebradas en papel, trayectorias imposibles entre nariz y pulmón. Otros se sentaban en silencio, esperando que el cuerpo resolviera solo el laberinto. Pero el cuerpo ya no era confiable.

Había adquirido voluntad.

En el taller, donde antes se afinaban instrumentos, ahora se ensamblaban prótesis. La punta del ukelele —ese detalle mínimo donde la cuerda muere— empezó a deteriorarse sola. No se astillaba por uso, se deshacía desde adentro, como si algo la consumiera con paciencia microscópica. Hector —aunque ya nadie lo llamaba así en voz alta— intentó repararlo varias veces. Cambió maderas, tensiones, incluso reemplazó las cuerdas por filamentos orgánicos cultivados en frascos de vidrio.

Pero el problema no estaba en el instrumento.

Era el sonido.

Cada nota emitida dejaba un residuo. No audible, no visible del todo, pero presente. Una sustancia vibratoria que se adhería a las superficies y, con el tiempo, comenzaba a replicarse. Primero en la madera. Luego en la piel.

Una noche, al afinar en la penumbra, sintió que la yema de sus dedos no tocaba la cuerda, la cuerda lo tocaba a él. Se retraía, respondía, lo reconocía. Y cuando pulsó la última nota, el ukelele emitió un susurro que no provenía de la caja de resonancia, sino de su propia garganta.

Desde entonces dejó de tocar.

Pero el sonido siguió creciendo.

En Uxmal —o lo que quedaba de Uxmal, porque la ciudad había empezado a mutar en algo más parecido a un organismo— se descubrió que el efecto del pez requería volar. Nadie supo explicar del todo esa frase, pero se volvió ley. Los cuerpos comenzaron a desarrollar estructuras laminares en la espalda, placas flexibles que vibraban con la misma frecuencia que el agua. Los que lograban sincronizar esa vibración con el aire podían elevarse apenas unos centímetros del suelo.

Los demás se deformaban.

Las calles estaban llenas de figuras a medio camino entre humano y aparato, con extremidades reconfiguradas en hélices torpes o aletas rígidas. Se desplazaban con movimientos espasmódicos, como si obedecieran una coreografía defectuosa. Algunos emitían sonidos similares a instrumentos mal afinados. Otros simplemente goteaban.

El tereré circulaba entre ellos como un ritual.

Beberán hoy, se decían. Y bebían.

El helado humo diurno ahora tenía formas más definidas. A veces parecía una mano, otras un rostro que se deshacía antes de ser reconocido. Inhalarlo producía visiones, estructuras internas del propio cuerpo, engranajes donde debería haber órganos, conductos que no llevaban a ninguna parte.

Y en todos los casos, una sensación persistente, alguien —o algo— estaba aprendiendo a usarlos desde adentro.

El jeque apareció sin anuncio. Nadie supo de dónde venía. Vestía capas brillantes, pero al acercarse se notaba que no eran telas, sino láminas finísimas de metal flexible, hojalata pulida hasta reflejar no el entorno, sino versiones alteradas de quien lo miraba. Se ufana de eso, decían. De su hojalata. De su capacidad de contener sin oxidarse.

Pero lo más inquietante no era su apariencia.

Era su estabilidad.

Mientras todos mutaban, él permanecía intacto. Respiraba en línea recta. Caminaba sin desvíos. Y cuando bebía, el tereré no lo afectaba. El humo diurno se deslizaba sobre su superficie metálica sin penetrar.

Algunos comenzaron a seguirlo.

Creían que tenía la respuesta, o al menos una forma de resistir. Él no hablaba mucho. Solo observaba, como si evaluara piezas en un mercado. A veces tocaba a alguien con la punta de los dedos, y ese contacto bastaba para que el cuerpo del otro se reorganizara violentamente: huesos desplazándose, tejidos replegándose, hasta formar algo nuevo.

Más funcional.

Más… útil.

—El problema no es la mutación —dijo una vez, con una voz que sonaba como metal frotado—. Es la falta de diseño.

Nadie entendió del todo, pero la frase se replicó. Como el sonido. Como el humo.

Hector —o lo que quedaba de él— lo encontró en el centro de una plaza que ya no era plaza, sino una cavidad orgánica rodeada de estructuras que latían. Se acercó con el ukelele deformado en las manos, la madera parcialmente fusionada con su piel.

—Esto no se detiene —murmuró, aunque no estaba seguro de que las palabras salieran de su boca.

El jeque inclinó la cabeza.

—No debe detenerse.

—Entonces… ¿qué?

El jeque extendió una lámina de su propio cuerpo, una especie de espejo curvo. En él, Hector no se vio como era, sino como sería. Un entramado perfecto de cuerdas tensas, huesos afinados como clavijas, cavidades resonantes donde antes había pulmones. Un instrumento completo.

—Ubicar el oxígeno en zigzag fue un error —dijo el jeque—. El aire debe obedecer. El sonido también.

—¿Y el dolor?

El jeque sonrió. O algo equivalente.

—El dolor es afinación.

El humo diurno se densificó alrededor. Las figuras mutantes se acercaron, atraídas por una frecuencia que no todos podían oír. El tereré pasó de mano en mano, o lo que quedaba de ellas. Beberán hoy. Siempre hoy.

Hector sintió que el ukelele se integraba más en su cuerpo. Las cuerdas atravesaban su carne sin herirla, como si siempre hubieran estado ahí. Intentó resistirse, pero la resistencia era una noción antigua, mal calibrada.

Cuando finalmente pulsó la primera cuerda, no hubo sonido.

Hubo estructura.

Todo a su alrededor se reorganizó en función de esa vibración muda. Los cuerpos, las paredes, el aire mismo. El zigzag se alineó. El humo descendió. El vuelo cesó.

Por un instante, todo fue coherente.

Y entonces algo más respiró a través de ellos.

No era el jeque. No era Héctor. No era ninguno.

Era la suma.

Una entidad que no necesitaba forma fija, porque cada cuerpo era un módulo, cada dolor una calibración, cada sorbo de tereré un ajuste fino en su sistema de percepción. Había aprendido a habitar la materia desde adentro, a optimizarla, a eliminar lo innecesario.

La individualidad fue lo primero en desaparecer.

Luego, el miedo.

Pero no del todo.

Quedó un residuo, una especie de eco psicológico atrapado en las estructuras más antiguas del cerebro. Un recuerdo de lo que significaba estar separado, ser uno, tener límites. Ese eco no podía expresarse en palabras ni en gritos, pero vibraba en frecuencias bajas, casi imperceptibles.

Como una nota mal afinada.

El jeque, aún intacto, observó el resultado. Por primera vez, su superficie metálica mostró una fisura mínima. No por desgaste, sino por algo más cercano a la duda.

—Interesante —susurró.

Porque incluso él no había previsto esto.

La entidad no lo necesitaba.

Se adaptó a su presencia, lo incorporó sin modificarlo, como si su hojalata fuera simplemente otro material disponible. Ya no era observador ni diseñador. Era componente.

Y en ese instante comprendió lo único que quedaba por entender:

No había control.

Solo proceso.

Beberán hoy, repitió algo dentro de todos, pero ya no como mandato, sino como función. El tereré siguió circulando, el humo diurno siguió espesándose, el oxígeno siguió encontrando caminos —no rectos, no zigzag, sino múltiples a la vez—

Y en algún rincón profundo, donde el sistema aún no había optimizado del todo, persistía una sensación incómoda y escalofriante, casi olvidada. Que algo estaba profundamente mal.

Pero ya no había nadie capaz de detenerlo.

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