//RASgAroN La feDERaCióN
por Andrés Obychniev
Rasgaban la federación con hoja y papel, pero no era una metáfora ni un acto político: era literal. El tejido que mantenía unidas a las cosas —carne, máquina, memoria— podía abrirse con instrumentos absurdos, blandos, casi ridículos. Nadie sabía quién había descubierto eso primero. Algunos decían que fue un error de laboratorio; otros, que fue un gesto artístico que se volvió irreversible. Lo cierto es que desde entonces todo empezó a deshilacharse.
El protagonista —aunque ese término ya no tenía mucho sentido— trabajaba en lo que quedaba de una sala de ensamblaje. Su tarea consistía en revisar juntas de aire. Pero hacía semanas que había empezado a omitirlas. No por negligencia, sino porque había descubierto que las juntas respiraban. Literalmente. Exhalaban un vapor tenue, tibio, que susurraba cosas cuando uno se acercaba demasiado. No palabras claras, sino intenciones. Deseos. Órdenes.
Una noche, mientras golpeaba una carcasa para encajar un módulo torácico, sintió que algo le devolvía el golpe desde adentro. No era una falla mecánica. Era ritmo. Un pulso. Detuvo el martillo. El silencio se llenó de una vibración baja, como si un instrumento afinara en otra dimensión.
Pensó en el yate.
Nadie sabía por qué lo llamaban así. No flotaba en agua, sino en un fluido oscuro que recorría los túneles del subsuelo. Tenía forma alargada, orgánica, y en su centro vibraba un oboe dual: dos tubos que se entrelazaban y emitían un sonido constante, insoportable. Algunos decían que ese sonido mantenía cohesionada la realidad. Otros, que la estaba desgarrando lentamente.
El yate no quería omitir. Esa era la frase que circulaba entre los operarios. Como si la máquina tuviera voluntad. Como si exigiera que todo fuese registrado, procesado, integrado. Nada podía quedar afuera.
Pero la gente empezó a salirse.
Primero fueron los más débiles. Luego los más lúcidos. El suicidio se volvió una moda, sí, pero no por desesperación: por aceleración. Era una forma de escapar del tiempo lineal que el sistema imponía. Morir era una manera de adelantarse, de cortar la secuencia antes de ser absorbido completamente.
El protagonista lo entendió cuando encontró al buzo.
Estaba en una cámara sellada, suspendido en un líquido espeso. Su traje no era convencional: parecía tejido con jirones de piel y cables, cosido a mano. El visor estaba empañado desde adentro. Cuando lo limpió, vio un rostro que no terminaba de ser humano. Los ojos estaban abiertos, pero no miraban. Escuchaban.
“Ha osado tejerlos”, decía una inscripción en la pared.
¿A quiénes?
El buzo se movió.
No nadó. No flotó. Se reconfiguró. Sus extremidades se desarmaron en filamentos que se extendieron hacia las paredes, conectándose con las juntas de aire que el protagonista había estado omitiendo. Las juntas comenzaron a respirar más fuerte. El vapor se volvió denso, casi sólido.
Y entonces escuchó la música.
El oboe dual había llegado.
No físicamente. No del todo. Pero su sonido atravesaba las estructuras, descomponiendo las capas de lo real. El yate estaba entrando en la sala.
El protagonista intentó salir, pero la puerta ya no era una puerta. Era papel. La rasgó con facilidad, pero detrás no había pasillo, sino otra sala idéntica. Y otra. Y otra. La federación se había roto.
El buzo lo miró ahora.
—No hay omisión —dijo sin voz—. Todo se integra.
Y entonces entendió: las juntas de aire no eran errores. Eran accesos. Cada omisión que había cometido había abierto una brecha. El buzo no era una víctima, sino un tejedor. Un ensamblador de jirones. Un agente del yate.
El protagonista sintió cómo su cuerpo empezaba a descomponerse en capas. No dolor. No exactamente. Era más bien una redistribución. Sus recuerdos se deslizaban hacia los bordes de su piel. Sus órganos se reordenaban en patrones que no comprendía.
Intentó pensar en algo fijo. En una imagen. En una palabra.
Pero el lenguaje ya no era estable.
Las palabras se deshacían antes de terminar de formarse.
La música se intensificó.
Y en ese momento, comprendió que el terror no era la transformación, ni la pérdida de identidad, ni siquiera la muerte.
El terror era la continuidad.
Que todo siguiera.
Que nada pudiera omitirse.
Que incluso el olvido fuese integrado como una función más del sistema.
El buzo se acercó.
Y con una aguja hecha de hueso y cobre, comenzó a coserlo.
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