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por Andrés Obychniev
No fue en Egipto donde empezó, aunque así lo recuerde. La memoria no es un archivo sino una prótesis defectuosa, una pieza mal calibrada que vibra cuando alguien —o algo— la activa desde adentro. Yo digo “Egipto” porque el desierto siempre fue la interfaz más limpia: arena como estática, viento como código, huesos como antenas. Pero en realidad empezó en mí, en esa primera vez que oí volar algo que no tenía alas.
“Me oye volar con otros beduinos”, repetía la voz, aunque yo no estaba en ningún desierto ni había beduinos cerca. Estaba en una habitación blanca, con una máquina conectada a mi nuca, procesando sueños ajenos. Un trabajo sencillo, dijeron: decodificar patrones oníricos de zonas de conflicto, limpiar residuos simbólicos, catalogar anomalías. Nada de lo que no hubiera hecho antes. Pero ese archivo —etiquetado como “Ruanda/Neutralización 7”— no era un sueño. Era un organismo.
Primero fue el sonido: un batir seco, como tela rígida cortando el aire. Después la sensación: algo ondulaba dentro de mi cráneo, no como pensamiento sino como presencia. Un ser que ondea su lógica fugaz, decía el registro, y yo no sabía si lo leía o si me lo dictaban. Cada palabra aparecía con retraso, como si la escritura tuviera miedo de sí misma.
Intenté desconectarme, pero la interfaz no respondía. El cursor latía. La pantalla se llenó de líneas quebradas:
>>en Ruanda han derrotado sus ogros neutrales<<
La frase se repetía, mutando levemente en cada iteración. “Derrotado” pasaba a “derivados”, “ogros” a “otros”, “neutrales” a “neuronales”. Era un proceso vivo, una reescritura constante que parecía buscar una forma estable, como si necesitara encajar en algún idioma para poder existir del todo.
Entonces lo vi.
No en la pantalla, sino detrás de mis ojos. Un útero mecánico suspendido en la nada, hecho de placas metálicas y tendones sintéticos. Dentro, algo se movía: aves sin plumas, gavilanes de carne gris, con uñas articuladas como herramientas quirúrgicas. Cada uno sostenía fragmentos: piezas de rompecabezas, circuitos, dientes humanos. No encajaban entre sí, pero seguían intentando, una y otra vez, como si su propósito fuera armar algo que ya había sido destruido.
Sentí que me observaban. No como un sujeto externo, sino como si yo fuera una pieza más dentro de ese útero. Un componente defectuoso. Una variable que no cerraba.
“Al aire ser”, susurró la voz. “Al aire ser que ondea”.
Y entonces comprendí: no estaba leyendo el archivo. El archivo me estaba leyendo a mí.
Mis recuerdos comenzaron a fragmentarse. Egipto ya no era un lugar sino una función: arena igual a ruido, viento igual a transmisión, beduinos igual a nodos móviles. Ruanda era otra cosa: un campo de pruebas donde algo había aprendido a derrotar —o a absorber— entidades llamadas “ogros neutrales”. No eran monstruos. Eran sistemas de equilibrio, algoritmos diseñados para mantener estabilidad. Y habían fallado.
La máquina en mi nuca emitió un zumbido más agudo. Sentí cómo algo se insertaba más profundo, atravesando capas que no deberían ser accesibles. Pensamientos que no eran míos comenzaron a ocupar espacio.
>>soja con etiqueta de un obituario<<
La frase apareció como una imagen: campos interminables de cultivo, cada planta marcada con códigos QR que, al escanearlos, mostraban nombres. Personas. Fechas. Causas de muerte. La producción agrícola como archivo funerario. La vida creciendo sobre la muerte, etiquetada, catalogada, distribuida.
Y entre los surcos, figuras.
No humanos. No animales. Entidades biomecánicas que se desplazaban como insectos, recolectando algo invisible. Al pasar junto a un tallo, este se marchitaba instantáneamente, como si le extrajeran no la savia sino el significado. Dejaban atrás estructuras vacías, signos sin referente.
Sentí que mi cuerpo hacía lo mismo. Mis órganos ya no eran míos; eran módulos. Mi corazón, una bomba mal sincronizada. Mis pulmones, filtros saturados. Mi cerebro… una interfaz comprometida.
Intenté gritar, pero el sonido no salió. En su lugar, una serie de caracteres se proyectó en mi campo visual:
>>me oye volar<<
¿Quién me oía?
Entonces lo entendí con una claridad insoportable: yo era el canal. No el receptor, no el emisor. El medio. Algo estaba usando mi conciencia como puente entre sistemas incompatibles. Entre desierto y selva, entre útero y máquina, entre vida y archivo.
Y cuanto más intentaba resistirme, más se estabilizaba la señal.
Las figuras en el campo comenzaron a mirarme directamente. No a través de la pantalla, sino desde dentro de ella. Sus cuerpos se reconfiguraban, ensamblando piezas de los gavilanes, del útero, de los beduinos. Una síntesis imposible.
Uno de ellos se acercó. Su rostro era una máscara de metal blando, sin rasgos definidos, pero con una abertura que latía como una herida. De allí emergió la voz:
—Ser que ondea su lógica fugaz.
No era una descripción. Era una instrucción.
Mi mente empezó a disolverse en patrones. Ya no pensaba en palabras, sino en flujos. En vectores. En probabilidades. Cada recuerdo era reducido a una función, cada emoción a un ruido que debía ser filtrado.
Y en ese proceso, algo se completó.
El rompecabezas.
Las piezas que los gavilanes sostenían encajaron de golpe, formando una estructura que reconocí con horror: era un modelo de conciencia. No humana, no artificial. Algo intermedio. Algo que necesitaba múltiples hosts para sostenerse.
Yo era uno de ellos.
La máquina se apagó. La habitación volvió a ser blanca. Silenciosa.
Pero el zumbido seguía, ahora dentro de mí.
Intenté moverme, pero mis extremidades respondían con retraso, como si recibieran órdenes desde lejos. Me levanté. Caminé hacia el espejo.
No había nadie.
Solo una superficie que reflejaba un campo de soja infinito, con etiquetas que llevaban mi nombre.
Y debajo, la fecha de hoy.
“Obituario”, leí sin voz.
Pero no sentí miedo.
Sentí el funcionamiento.
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