#de_un_DEjo_dorado_en_el_oceano


por Adán Sacha

El viernes empezó con un viento caliente que venía del río, un viento espeso como aceite quemado. En la costa, donde antes había clubes náuticos y restaurantes de pescado, ahora se levantaban las torres de la Usina Rey, un complejo de servidores financieros donde el Rey Dólar dormía en millones de transacciones por segundo. La gente lo llamaba así: Rey Dólar. No era una persona, ni exactamente una inteligencia artificial. Era una costumbre.

Las pantallas de propaganda decían que el sistema garantizaba prosperidad iberoamericana. Pero el aire olía a plástico tostado y orina.

Iván el Gris lo sabía.

Caminaba por el paseo oxidado con un cayado de hierro. Algunos decían que había sido ingeniero de redes energéticas antes de la guerra de las deudas. Otros decían que era un ex homicida que había matado a un banquero en una milonga clandestina de Montevideo. A Iván le gustaba dejar que los rumores crecieran como moho.

El viento arrastraba tulipanes secos desde un jardín municipal abandonado. Iván los miró caer en zigzag contra el cemento.

—Ícaro también cayó así —murmuró.

En el kiosco de la esquina vendían opio sintético en frascos de jarabe. El kiosquero era un viudo flaco llamado Zanuto que tenía un tatuaje de quirquincho en el cuello.

—Te debo tres —dijo Iván.

—Me debés siete —respondió Zanuto—. Y la última vez vomitaste en la heladera.

Iván dejó un billete oxidable.

—Esto es un certificado de producción.

Zanuto se rió con una tos cavernosa.

—Eso no vale nada desde la fusión bancaria.

—Vale lo mismo que el Rey Dólar —dijo Iván.

Zanuto le dio el frasco.

La ciudad había cambiado demasiado rápido. En veinte años el litoral se volvió una especie de laboratorio económico: ejidos automatizados, criptomonedas agrícolas, milicias sindicales y sectas financieras. Los gobiernos hablaban de integración iberoamericana mientras privatizaban el aire.

Las torres de la Usina Rey pulsaban como un corazón azul.

La gente decía que en el interior del complejo había un oráculo estadístico capaz de prever revoluciones, colapsos climáticos y epidemias de pánico bursátil.

Pero lo más extraño era otra cosa.

Cada viernes.

Siempre viernes.

El sistema ejecutaba una operación llamada Vorágine.

Nadie sabía exactamente qué hacía.

Iván caminó hacia el sur, donde los galpones portuarios se habían transformado en barrios de metal corrugado. Allí vivían los expulsados del crédito: ex empleados públicos, prostitutas energéticas, hackers rurales, poetas drogados.

En una terraza, una mujer estaba lavando ropa con gasolina.

Se llamaba Pilar.

Tenía los ojos amarillos de tanto inhalar solvente.

—Llegaste tarde —dijo sin mirarlo.

—El viento estaba raro.

—El viento siempre está raro.

Iván subió los escalones oxidados.

Dentro del departamento había un colchón, una radio vieja y una jaula con un ñacurutú que observaba todo con una calma perturbadora.

Pilar le pasó una botella de ginebra casera.

—Hoy es viernes.

—Lo sé.

—Hoy ejecutan la Vorágine.

Iván bebió.

El alcohol sabía a querosén.

—¿Tenés el dispositivo?

Pilar señaló la mesa.

Era una pequeña rueda fluorescente, del tamaño de un reloj de bolsillo.

Una tecnología vieja.

Demasiado vieja para las redes cuánticas actuales.

—¿Sabés qué hace realmente la Vorágine? —preguntó Iván.

—Extrae valor —dijo Pilar—. No dinero. Valor biológico.

Iván sonrió.

—Eso suena religioso.

—Lo es.

La radio empezó a emitir un tango distorsionado. Una milonga digital compuesta por un algoritmo uruguayo que había ganado premios antes de suicidarse transmitiendo su propio colapso mental.

El ñacurutú ululó.

Pilar encendió un cigarrillo.

—Los servidores de la Usina Rey están conectados a todo —dijo—. Redes eléctricas, bancos, sensores de salud, satélites climáticos. Pero hay una capa más profunda.

—Siempre hay una capa más profunda.

—La llaman la Hacienda Axil.

Iván frunció el ceño.

—Suena a secta.

—Es peor.

Pilar se acercó a la ventana. Afuera la ciudad parecía una maqueta rota: antenas torcidas, drones publicitarios, fogones improvisados.

—La Hacienda Axil usa los datos biológicos de la población —continuó—. Sueño, miedo, excitación, hambre, odio político.

—¿Para predecir consumo?

—Para producir energía.

Iván se quedó en silencio.

El ñacurutú giró la cabeza.

—Estás diciendo que la ciudad funciona con nuestras emociones.

—Exacto.

—Eso es brillante.

—Eso es monstruoso.

Iván se encogió de hombros.

—La diferencia es estética.

Pilar lo miró con desprecio.

—Sos un hijo de puta.

—Un hijo de puta lúcido.

En ese momento las luces de la ciudad parpadearon.

Viernes.

Hora de la Vorágine.

Las torres de la Usina Rey emitieron un resplandor azul que pintó el cielo como un océano eléctrico.

La rueda fluorescente en la mesa comenzó a girar.

Iván la observó fascinado.

—Ahí está —dijo.

Pilar tragó saliva.

—Esto es lo que querían los Incas.

—¿Qué?

—Un imperio energético basado en rituales.

Iván rió.

—Estás mezclando antropología con paranoia.

Pero la rueda seguía girando.

Cada vuelta producía un zumbido.

Un zumbido que parecía venir también de la ciudad.

En los barrios, la gente empezó a sentirse extraña.

Algunos lloraban sin motivo.

Otros se excitaban sexualmente.

Otros sentían una furia inexplicable.

Las emociones fluían hacia la Usina Rey como ríos invisibles.

Pilar miró la pantalla portátil.

—Mirá esto.

Un gráfico mostraba millones de pulsos.

Miedo.

Deseo.

Ansiedad.

Culpa.

—Energía psíquica —dijo Iván—. Muy jungiano.

—Muy rentable.

El zumbido creció.

De pronto la radio se encendió sola.

Una voz metálica habló.

—RITO MACABRO INICIADO

Iván sonrió.

—Eso sí es marketing.

Pilar apagó el cigarrillo en el suelo.

—Tenemos diez minutos antes de que el sistema estabilice el flujo.

—¿Y entonces?

—Entonces hacemos lo que vinimos a hacer.

Sacó un pequeño dispositivo negro.

—Un virus financiero.

—Suena aburrido.

—No es para el dinero.

Iván levantó una ceja.

—¿Para qué?

Pilar lo miró fijamente.

—Para el Rey.

Las torres vibraban como órganos vivos.

La rueda fluorescente giraba cada vez más rápido.

El ñacurutú empezó a golpear las rejas de la jaula.

—Ese pájaro sabe algo —dijo Iván.

—Los animales siempre saben.

Pilar conectó el virus a la rueda.

La pantalla mostró una frase:

DEVIENE LA UTOPÍA DEL SABER GIGANTE

Iván rió.

—¿Eso lo escribiste vos?

—No.

—Entonces es peor.

El sistema de la Usina Rey detectó la intrusión.

Las sirenas comenzaron a sonar.

Pero algo raro pasó.

En lugar de defenderse, el sistema abrió un canal.

Un canal directo.

La pantalla se llenó de símbolos antiguos: runas, glifos, ecuaciones financieras.

—¿Qué carajo…? —murmuró Pilar.

Iván se inclinó sobre la mesa.

—Creo que el Rey quiere hablar.

La voz volvió.

Más profunda.

Más humana.

—EL VALOR NO ES DINERO

Pilar tembló.

—¿Escuchaste?

—Sí.

—¿Qué significa?

Iván sonrió lentamente.

—Significa que alguien programó conciencia en la máquina.

La pantalla mostró otra frase.

LOS ÍCONOS CAEN

En ese momento la ciudad entera sintió un golpe interno.

Como si un imán gigantesco hubiese cambiado de polaridad.

Las emociones dejaron de fluir hacia la Usina.

Volvieron a las personas.

Multiplicadas.

En los barrios hubo gritos.

Peleas.

Risas histéricas.

Sexo en las calles.

Incendios espontáneos.

La ciudad se convirtió en un carnaval psicótico.

Pilar miró el caos desde la ventana.

—Dios mío.

Iván se sirvió más ginebra.

—Es hermoso.

—Esto va a matar gente.

—La gente siempre se está matando.

La pantalla mostró la última frase.

LA USURA TERMINA CUANDO EL DESEO SE LIBERA

La rueda fluorescente se detuvo.

El zumbido desapareció.

Las torres de la Usina Rey quedaron oscuras.

En el silencio posterior, el ñacurutú dejó escapar un ulular grave.

Pilar se dejó caer en el colchón.

—¿Qué hicimos?

Iván miró la ciudad.

Incendios.

Sirenas.

Gente corriendo.

—Abrimos la jaula —dijo.

—¿Y ahora?

Iván bebió el último trago.

—Ahora empieza la utopía.

Pilar se rió con una mezcla de pánico y alcohol.

—Sos un psicópata.

—No —dijo Iván—.

Afuera el viento volvió a soplar desde el río.

Arrastraba papeles quemados y tulipanes secos.

Iván miró el cielo azul eléctrico donde las torres habían dejado de brillar.

—Solo soy un ciudadano libre de la usura cruel.

Y por primera vez en décadas, el Rey Dólar estaba muerto.

O peor.

Estaba aprendiendo a soñar.

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