//BEDuinoS y ereMiTaS

por Andrés Obychniev 


El ómnibus no tenía conductor, pero avanzaba igual, como si recordara un trayecto que ya no existía en ningún mapa. Federico —aunque hacía rato que su nombre le sonaba ajeno— despertó en uno de los asientos del fondo, con la sensación de que su cuerpo había sido ensamblado en lugar de nacido. No había ventanas, solo superficies tensas, membranas translúcidas que vibraban con cada sacudida, como si el vehículo respirara.

Estaban aislados.

No por distancia, sino por diseño.

Los otros pasajeros no hablaban. Algunos parecían dormidos, pero sus párpados no cerraban del todo. Debajo, engranajes húmedos giraban lentamente, como relojes biológicos que no daban la hora sino la culpa. Uno de ellos sostenía una baraja de naipes. No eran cartas comunes. Cada una mostraba escenas económicas imposibles: ciudades colapsando en cifras, cuerpos intercambiando órganos como monedas, mercados que latían como corazones expuestos.

—Imitan la economía —susurró alguien sin mover la boca.

Federico intentó levantarse, pero sintió un tirón en la espalda. Al girar, descubrió que de su columna salía una cinta enrollada, como un rollo de película, que se extendía hacia el techo del ómnibus. Cada vez que respiraba, el rollo se tensaba, ufanándose de ceñir el aire mismo, limitando cuánto podía inhalar. Comprendió entonces que su respiración no le pertenecía.

El ómnibus aceleró.

Afuera —si es que había un afuera— comenzaron a detonarse urbes. No con explosiones, sino con plegamientos. Edificios que se doblaban sobre sí mismos como cartas mal barajadas, calles que se enrollaban en espiral y desaparecían dentro de bocas gigantes hechas de asfalto. Cada detonación no hacía ruido, pero generaba una presión en los oídos, como si alguien estuviera reescribiendo la realidad desde adentro del cráneo.

El hombre de los naipes empezó a repartir cartas.

Cuando Federico tomó una, sintió un ardor en la palma. La carta mostraba una guitarra, pero sus cuerdas eran racimos de uvas negras, tensas y brillantes. Al tocarlas, no emitían sonido, sino calor. Brasas. La guitarra eximía brasas, como si la música hubiera sido reemplazada por combustión. Federico sintió que algo dentro suyo se encendía también. Recuerdos que no eran suyos, vidas que no había vivido, todas ardiendo sin consumirse.

—Eso te está afinando —dijo la voz otra vez.

El ómnibus frenó de golpe.

Las puertas se abrieron hacia un desierto que no era de arena, sino de fibras. Filamentos largos, como cabellos muertos, cubrían todo el horizonte. Entre ellos caminaban figuras envueltas en telas rotas: beduinos, eremitas, o algo que había tomado sus formas. Sus rostros estaban cosidos con hilachas inútiles, como si alguien hubiera intentado reparar identidades que ya no encajaban.

Uno de ellos subió al ómnibus.

Se sentó frente a Federico y lo observó sin ojos. Su piel se movía, como si debajo hubiera pequeños mecanismos buscando salir. Extendió una mano y tocó el rollo que salía de la espalda de Federico. Al hacerlo, el ómnibus entero tembló.

—Esto no es transporte —dijo, esta vez moviendo los labios—. Es contención.

Federico sintió que el rollo comenzaba a girar más rápido. Imágenes pasaban por su mente: ciudades siendo diseñadas como trampas, economías como juegos de cartas donde siempre se pierde algo más que dinero, cuerpos afinados como instrumentos para producir calor, no música.

—¿Quién diseñó esto? —preguntó, aunque temía la respuesta.

El eremita inclinó la cabeza.

—Vos.

El ómnibus volvió a moverse.

Pero ahora Federico veía más.

Las paredes no eran membranas, eran pieles superpuestas. Los pasajeros no estaban sentados, estaban incrustados. Y el camino no era un trayecto, era un bucle, una cinta que se enrollaba sobre sí misma, como su propia columna extendida.

Intentó arrancarse el rollo.

Al hacerlo, escuchó un grito. No venía de afuera, sino del ómnibus. El vehículo sangró. Las luces —si es que lo eran— parpadearon. Los naipes cayeron al suelo, y cada uno comenzó a deformarse, mostrando versiones alternativas de la misma escena: Federico despertando, Federico intentando escapar, Federico entendiendo demasiado tarde.

El eremita lo sujetó.

—No podés salir de lo que te respira.

Entonces lo vio.

En el frente del ómnibus, donde debería estar el parabrisas, había un rostro. No humano. No animal. Una síntesis de ambos, con ojos que eran cámaras y boca que era una ranura por donde entraban y salían los rollos de todos los pasajeros.

El ómnibus no avanzaba.

Se alimentaba.

Cada recuerdo, cada intento de comprensión, cada chispa de conciencia era absorbida, enrollada, archivada. Las urbes que se detonaban no eran ciudades externas, eran estructuras mentales colapsando para ser reutilizadas.

Federico dejó de resistir.

Sintió cómo su cuerpo se adaptaba, cómo sus huesos se alineaban con el ritmo del vehículo, cómo su respiración encontraba un patrón impuesto pero estable. La guitarra ardía dentro suyo, pero ya no dolía. Los naipes se reordenaban en su mente, formando una lógica que no necesitaba sentido.

Se volvió uno más.

Pero justo antes de perderse del todo, una última imagen apareció en el rollo.

Un ómnibus detenido.

Vacío.

Esperando.

Y una sensación persistente, como una astilla en la conciencia.

Que el viaje no era un castigo.

Era producción.

Y que algo —o alguien— seguía necesitando más pasajeros.

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