#TREs QuiRofanOS

por Adán Sacha 


La ciudad no tenía nombre, o mejor dicho, tenía demasiados. Algunos la llamaban Nodo Sur, otros directamente “la Boca del Árbol”, porque en el centro, donde antes había una plaza con palomas enfermas y jubilados jugando al dominó, ahora crecía el Gizzida, una estructura orgánica que parecía un árbol pero respiraba como un pulmón viejo, con tubos que latían y sudaban un líquido espeso, medio ámbar, medio sangre.

Decían que conectaba todo de arriba, abajo, pasado, futuro. Pero lo que nadie decía (o lo decían en voz baja, con la mandíbula apretada) era que también chupaba.

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Benjamín era un replicante, pero no de esos prolijitos con cara de modelo publicitario. No. Era trucho, ensamblado en clínicas de barrio, parchado con firmware pirateado y recuerdos de otros. Tenía flashes que no eran suyos, playas que nunca pisó, una madre que nunca lo parió, y un quirófano blanco donde alguien (o algo) lo estaba “reconstruyendo”.

El olor a alcohol quirúrgico lo perseguía incluso en la calle.

Se ganaba la vida vendiendo “uvas náuticas” en el mercado negro. No eran uvas de verdad, claro. Eran cápsulas blandas, translúcidas, que al morderlas te inundaban la boca con recuerdos líquido de viajes, orgasmos, guerras, infancia. Lo que quisieras. O lo que te tocara.

Una vez probó una sin pagar.

Se vio a sí mismo, pero no era él. Estaba fajándose contra algo invisible en un quirófano suspendido en el vacío. Una voz repetía “Temaukel” como si fuera un mantra o una condena.

Desde ese día no volvió a ser el mismo.

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En la boca calle, donde los cables colgaban como tripas y los carteles LED parpadeaban con publicidad basura, operaban los ciclonautas. Tipos que no viajaban en el espacio sino en el tiempo, pero no como en las películas, acá el viaje era sucio, te desgarraba la cabeza, te dejaba temblando como perro mojado.

Uno de ellos, Ledesma, decía que el tiempo no era una línea sino una infección.

—La amarka —le explicó a Benjamín una noche, mientras compartían una botella de algo que quemaba más que el alcohol—. Eso que te carcome por dentro. Te hace creer que sos alguien, que tenés historia, pero es puro virus cósmico.

Benjamín no respondió. Tenía la lengua pesada. Había probado otra uva.

Esta vez, vio a los Manunas.

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No eran ángeles. Tampoco demonios. Eran otra cosa. Altos, deformes, con cuerpos que parecían hechos de carne vieja y cables. Caminaban entre los humanos como si fueran dueños del lugar, y quizás lo eran.

En la visión, uno de ellos le abría el pecho a un tipo en plena calle. No había sangre. Solo un líquido oscuro, como petróleo diluido.

—La nueva carne —susurró una voz—. Esto es lo que somos ahora.

Cuando volvió, estaba tirado en el piso del mercado, con la boca llena de vómito y un pibe revisándole los bolsillos.

Le partió la cara sin pensarlo.

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La ciudad se estaba pudriendo.

La gente hablaba de mutaciones, de enfermedades raras. Pero los médicos ya no diagnosticaban, solo parcheaban. En los quirófanos clandestinos, bajo luces frías, reconstruían cuerpos como si fueran autos chocados.

“Naturalidad de piojos”, decía un cartel pintado con aerosol en una pared. Nadie sabía bien qué significaba, pero todos lo entendían.

Era sobrevivir como sea.

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Benjamín empezó a sentir cambios.

Primero fueron las papilas gustativas. Todo tenía gusto metálico. Después, una presión en el pecho, justo en el xifoides, como si algo quisiera salir desde adentro.

Una noche, frente al Gizzida, no aguantó más.

Se arrodilló y vomitó ese líquido ámbar que había visto antes. El árbol reaccionó. Los tubos se movieron, como si lo reconocieran.

Y entonces lo escuchó.

No con los oídos, sino con todo el cuerpo.

Temaukel. El gran silencio.

Pero no era vacío. Era una presencia. Un hueco lleno de algo que no se podía nombrar.

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Los Manunas bajaron esa misma semana.

No en naves, no con rayos. Simplemente aparecieron más visibles, más densos, como si alguien hubiera subido el contraste del mundo.

La gente empezó a desaparecer. Los replicantes, sobre todo.

—Nos están reciclando —dijo el Ledesma, con una risa seca—. Siempre fue así.

Pero esta vez era distinto.

El Gizzida crecía más rápido. Sus raíces rompían el asfalto, se metían en las casas, en los cuerpos. Sí, en los cuerpos.

Benjamín vio a una mujer en la calle con una rama saliéndole del cuello. No gritaba. Sonreía.

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Decidió meterse en el núcleo.

Era una locura. Nadie que entraba al árbol volvía igual. O directamente no volvía.

Pero ya no tenía mucho que perder.

Adentro no había madera ni corteza. Era carne. Carne tibia, húmeda, palpitante. Los pasillos se contraían, respiraban.

Y los recuerdos… Los recuerdos estaban en el aire.

Caminó entre escenas flotantes de guerras antiguas, rituales olvidados, ciudades que nunca existieron. Vio a los Manunas enseñando a los humanos a construir, a matar, a obedecer.

Vio la amarka extendiéndose como una mancha.

Y en el centro, un quirófano.

El mismo de sus visiones.

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Había alguien ahí. O algo.

Una figura hecha de luz turbia y cables, manipulando cuerpos abiertos como si fueran instrumentos.

—Llegaste —dijo, sin mover la boca.

Benjamín quiso hablar, pero no pudo.

—Sos parte del proceso. Siempre lo fuiste.

Las imágenes lo golpearon de nuevo. Su “nacimiento”, sus recuerdos implantados, las uvas, el mercado, todo.

—¿Qué sos? —logró decir, con la garganta rota.

—Somos lo que queda cuando el silencio se cansa de ser silencio.

Temaukel.

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El cuerpo de Benjamín empezó a abrirse solo. No había dolor, solo una sensación rara, como alivio.

De su pecho salió una raíz.

Se conectó con el quirófano, con el árbol, con todo. Y entendió.

No había escape. Nunca lo hubo.

La ciudad, los replicantes, los ciclonautas, los Manunas… todo era parte de la misma maquinaria orgánica.

Un circuito.

Una infección.

Una religión sin dios.

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Afuera, la gente seguía comprando uvas, drogándose con recuerdos, cogiendo en habitaciones alquiladas por hora, matándose por monedas que ya no valían nada.

El Gizzida crecía.

Y en algún lugar, en ese silencio lleno de ruido, algo observaba.

No con odio. No con amor.

Solo con una indiferencia infinita.

Como si todo esto (la carne, la ciudad, Benjamín) fuera apenas un experimento menor. Un ensayo. Un error más en la larga historia de la nueva carne.


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