En Ciudad Noche

por Adán Sacha y Diógenes Tacuara 



 Ciudad Noche no dormía nunca. Siempre había algo vibrando abajo del asfalto, como si el Ki estuviera podrido, fermentando entre cables pelados, jeringas usadas y "reglas" que ya nadie cumplía. Ahí arrancó todo, o capaz terminó, qué sé yo. Porque en esa ciudad las historias no tienen principio ni final, se te mezclan como el soma con la sangre.

El Gremio roncaba en un edificio viejo, una zarzuela deformada de tipos rotos que se creían humanos todavía. Su capitana, una mina flaca, mirada de vidrio, tenía el pulso de alguien que ya había visto demasiado. Decían que escuchaba al Kiristi, que le hablaba entre interferencias, como una radio mal sintonizada. Otros decían que era puro chamuyo para mantener a raya a los pibes.

Yo la vi una vez. Estaba enchufada a unos electrodos, el cuerpo medio rígido, como si la estuvieran zurciendo desde adentro. La “Nueva Carne”, le decían algunos. Una evolución. Una mierda hermosa, si querés romantizarlo.

Pero afuera, la calle era otra cosa.

Los zaibatsu habían tomado todo. No era un secreto. Te vendían hasta el aire si podían. Y el soma… el soma era la cadena invisible. Te lo metían en la tele, en los videos, en los microclips que circulaban como virus. “Admisión universal”, le decían. Sí, universal las pelotas. Era para tenerte dócil, babeando, sin ganas de romper nada.

Y sin embargo, siempre había alguno que se despertaba.

El Ki Líder, así le decían a ese loco, apareció una noche vomitando en una esquina, temblando como si tuviera amarka. Y capaz la tenía. Esa enfermedad de mierda que te come la cabeza, que dicen que es pecado, pero en realidad es otra cosa… algo más viejo, más profundo. Como si el cerebro se diera cuenta de que todo es mentira y se rompiera.

El tipo gritaba cosas sin sentido de Xipanu, de los Lumanu, de guerras que no existieron o que estaban por venir. Nadie le daba bola, hasta que empezó a transmitir en las nueve radios hackeadas del Administrador. Ahí cambió la cosa.

—Nos están cocinando vivos —decía—. Nos acidifican la sangre, nos vuelven blandos. El soma no es un escape, es una jaula.

La gente se reía al principio. Después dejó de reírse.

Porque empezaron a aparecer los videos.

Ninti. Kiristi. Figuras que no deberían estar ahí, cruzándose en grabaciones ultraviolentas. La madre y el logos chocando como trenes. Y en el medio, cuerpos. Siempre cuerpos. Algunos explotaban, otros se deformaban, otros… cambiaban.

La Nueva Carne no era una teoría. Era esto.

En un baño mugriento, entre azulejos rotos, un tipo (un jurisconsulto venido a menos) se miraba al espejo mientras su piel latía como si tuviera vida propia. Decía que estaba “adjudicado”, como si alguien o algo lo hubiera elegido. Se metía en agua sucia, abluciones eléctricas, buscando limpiar algo que ya no tenía arreglo.

Afuera, los sureros empezaban a moverse. Gente del sur, con cara de pocos amigos y manos curtidas. No hablaban mucho, pero cuando lo hacían, era para decirte que todo esto se iba a caer.

—Los Lumanu ya están acá —dijo uno, prendiendo un pucho—. Y cuando salten, no queda ni el loro.

Yo no sabía si creerles. Pero algo estaba pasando, eso seguro.

La ciudad empezó a ponerse azul. No literal, obvio, pero se sentía. Una nostalgia rara, como si algo sagrado se estuviera pudriendo a la vista de todos. La gente caminaba más lento. Algunos lloraban sin saber por qué. Otros se ponían violentos de la nada.

Y el Gremio… el Gremio dejó de roncar.

Salieron a la calle como si fueran santos o demonios, no sé. La capitana al frente, con los ojos encendidos. Decía que el Kiristi ya no susurraba, que ahora gritaba. Que era momento de cortar.

Cortar qué, nadie sabía bien.

Pero esa noche, Ciudad Noche ardió.

Los zaibatsu recibieron golpes que no vieron venir. Torres apagadas, sistemas caídos, cuerpos colgando de cables como si fueran muñecos rotos. Los videos dejaron de circular. El soma desapareció de golpe.

Y ahí vino lo peor.

Porque cuando te sacan la anestesia, sentís todo.

La gente gritaba, se desesperaba, algunos se mataban entre ellos. Otros se quedaban quietos, mirando al vacío, como si recién entendieran en qué mierda estaban metidos.

Yo caminé entre todo eso, con el ruido de fondo como un motor roto. Vi al Ki Líder tirado, sonriendo. Vi a la capitana sangrando, pero de pie. Vi a un par de Lumanu (o lo que sea que fueran) arrastrando algo que no quiero describir.

Y en un rincón, casi invisible, el agua de una vieja bañera empezaba a moverse sola.

Ahí entendí que esto no era el final.

Era apenas otro comienzo.

Uno más oscuro.

Uno más real.

Y nadie, absolutamente nadie, estaba listo para eso.

La bañera empezó a burbujear como si estuviera hirviendo, pero el agua estaba fría, helada mal. Yo me acerqué porque soy un pelotudo, así de simple. En Ciudad Noche, la curiosidad es una forma lenta de suicidio, pero igual uno cae.

El reflejo no era mío.

Ahí adentro había otra cosa. Una silueta medio humana, medio glitch, como si la realidad estuviera pixelada. Y entonces lo escuché. No con los oídos, sino adentro, como cuando el Ki se te revuelve y no sabés si estás vivo o te están usando de antena.

—Todavía no terminó.

Era el Kiristi, o algo que se hacía pasar por eso. Pero ya no sonaba como antes, no era un susurro místico. Era más áspero, más… cansado. Como si también estuviera siendo forzado.

Atrás mío, pasos.

Era la capitana del Gremio, hecha mierda pero firme. Tenía la cara cortada, la sangre seca como pintura vieja.

—No mires mucho —me dijo—. Eso no devuelve la mirada gratis.

Obvio que no le hice caso.

La figura en el agua empezó a tomar forma. Y ahí lo vi claro, era un replicante. Pero no uno cualquiera. Este no estaba roto por el sistema… este había salido del molde con bronca. Como si alguien hubiera diseñado una versión que ya naciera sabiendo que todo era una trampa.

—La Nueva Carne ya no necesita permiso —dijo la capitana, como si leyera lo mismo que yo—. Ya no depende de los zaibatsu. Eso es lo que les dio miedo.

Un ruido afuera cortó todo. Gritos. Disparos. Vidrios reventando.

Los sureros habían arrancado su parte.

Salimos a la calle y era un quilombo total. Los tipos estaban bajando a los restos de seguridad corporativa como si fueran bolsas de basura. Pero no era una revolución romántica ni nada de eso… era bronca pura, acumulada, sin dirección. Algunos saqueaban, otros simplemente destruían por destruir.

—Esto se va a ir al carajo —murmuré.

—Ya se fue —contestó ella.

Y entonces aparecieron.

No venían de ningún lado concreto. Era como si siempre hubieran estado ahí, invisibles, esperando. Los Lumanu.

No eran héroes. Ni siquiera eran humanos del todo. Tenían algo raro en la postura, en los ojos. Una mezcla de tecnología vieja y algo más antiguo todavía. Tecnoarcaicos, pensé. Como si cargaran siglos encima, pero también circuitos.

Uno de ellos se acercó al Ki Líder, que seguía tirado en la vereda. Lo levantó sin esfuerzo.

—Este ya vio —dijo, con una voz que parecía salir de varios lados a la vez—. Este ya cruzó la amarka.

—¿Cruzó? —pregunté—. Pensé que eso te hacía mierda.

El Lumanu me miró. Sentí que me escaneaba hasta los recuerdos que no quería tener.

—Eso te dijeron.

Silencio.

Y después… algo peor que el ruido.

Las pantallas volvieron a encenderse solas. Todas. Sin señal, sin control. Los zaibatsu no estaban atrás de eso. Se notaba.

En cada pantalla, en cada vidrio, en cada superficie donde se podía reflejar algo… apareció Ninti.

No como en los videos. No fragmentada. Entera.

No era linda ni monstruosa. Era otra cosa. Una presencia que te hacía sentir observado desde antes de nacer.

Y habló.

—Hijos deformados.

La ciudad entera se congeló.

—Se creyeron libres porque rompieron sus cadenas. Pero no vieron las que llevan adentro.

La capitana apretó los dientes.

—No le des bola —me dijo, pero su voz temblaba.

—El soma era un velo —siguió Ninti—. El dolor que sienten ahora… es apenas el principio.

La imagen se distorsionó. Y ahí apareció Kiristi, cruzándose con ella, como si dos realidades chocaran.

Ruido. Interferencia. Voces que no eran humanas.

Y después… claridad.

Un mensaje.

—Elige —dijeron ambos, al mismo tiempo—. O permaneces replicante… o atraviesas.

El Ki Líder empezó a reírse. Una risa fea, rota.

—Ahí está —escupió—. La verdadera joda.

Los Lumanu se movieron, como preparándose para algo grande.

Los sureros dudaban.

La gente… no entendía nada.

Y yo… yo sentí por primera vez el Ki arder de verdad. No como energía mística ni nada lindo. Como fiebre. Como si algo estuviera tratando de salir.

La capitana me miró.

—Ahora sí —dijo—. Se acabó el ensayo.

Un temblor sacudió Ciudad Noche. Las calles se rajaron. Los edificios crujieron como huesos viejos.

Y desde abajo… desde lo más profundo… empezó a subir algo.

Algo que no era el sistema.

Algo que no era humano.

Algo que siempre estuvo ahí, esperando que dejáramos de mentirnos.

Y ahí entendí que todo lo anterior —el Gremio, el soma, los zaibatsu, incluso la Nueva Carne—…era apenas la superficie.

Lo que venía ahora no tenía nombre.

Y no había vuelta atrás.


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