// CUAL NieBLa tuRBia
por Andrés Obychniev
El vapor subía primero como una respiración animal, apenas visible, y luego se volvía espeso, casi táctil, hasta llenar la habitación como si las paredes transpiraran. >>Hirvientes o vulgares son con fecundo adiós<<, pensó sin saber por qué, mientras observaba cómo el techo sudaba gotas tibias que caían sobre el suelo de baldosas metálicas. No era agua. Era un fluido lechoso que olía a hierro y a jabón horrible. El edificio había sido una planta de tratamiento térmico, o eso decían los papeles; ahora era un complejo de rehabilitación sensorial. Pero nadie salía rehabilitado. Solo salían distintos.
>>La gloriosa necesidad vil del drástico ítem<< era lo que lo había traído allí: un implante correctivo, un ajuste en la percepción para adaptarse al nuevo ritmo urbano. “Optimización sin dolor”, prometía el folleto. Pero el dolor no era físico; era un temblor fino detrás de los ojos, una vibración constante como un tren doméstico atravesando el cráneo. >>Locador, tren doméstico al saliente iceberg<<: así se sentía su mente, alquilada, arrastrada hacia una masa blanca que emergía del inconsciente y que amenazaba con partirlo en dos.
El procedimiento consistía en inyectar nanofibras radiantes que se acoplaban al sistema nervioso. >>Radiación de niebla turbia a un duro voto<<, repetía la voz de la técnica, una mujer con sonrisa simétrica y pupilas demasiado dilatadas. “Es solo un compromiso”, decía. “Usted acepta del irreal zar buey y utopía”. No entendía la frase, pero la firmó. Siempre se firma. La utopía era poder dormir sin sueños intrusivos, sin esa hiedra cruel que trepaba por su memoria y le mostraba escenas que no recordaba haber vivido.
>>El sitio no aventura el ombú leído<<, murmuró cuando lo acostaron en la camilla. Había visto un ombú una vez, en una plaza lejana, con raíces expuestas como venas viejas. Ahora, cables translúcidos descendían sobre él como lianas artificiales. >>La hiedra cruel fulminante al ulular, zumba<<: eso era el sonido de las máquinas al activarse. Un zumbido grave, luego agudo, luego una vibración que se instalaba en los huesos. Sintió cómo algo se deslizaba bajo su piel, no como una aguja, sino como una idea que encuentra su lugar.
>>Ellos son la jaula termal en un pez medusa<<. Lo comprendió cuando abrió los ojos y vio, suspendidas sobre su pecho, estructuras gelatinosas iluminadas desde dentro. No eran dispositivos externos; flotaban porque estaban anclados a su campo electromagnético. Cada pulsación de su corazón las hacía ondular. La técnica le explicó que eran módulos de regulación emocional, pero él percibía otra cosa: eran carceleros blandos, jaulas que no se veían porque estaban hechas de temperatura. Cuando intentaba pensar en huir, el calor aumentaba. Cuando se resignaba, descendía.
>>Egreso bien a quien echo su vuelta irreal<<. Lo dieron de alta a las cuarenta y ocho horas. Salió a la calle con un certificado de estabilidad y un manual de mantenimiento. Rosario ardía bajo un sol metálico. Los semáforos parecían latir. Las personas caminaban con una sincronía inquietante, como si compartieran un metrónomo interno. Entonces lo notó: pequeñas protuberancias bajo la piel del cuello de los transeúntes, como branquias cerradas. Nadie parecía advertirlas. O quizá todos las aceptaban.
>>Limita al olor un fin con umbrías uñas<<. El primer síntoma fue olfativo. Comenzó a percibir un aroma húmedo, mezcla de algas y cable quemado, cada vez que alguien se acercaba demasiado. El olor delimitaba espacios, marcaba fronteras invisibles. Si cruzaba cierto umbral, sus uñas se volvían más oscuras, casi negras, y sentía una presión en las encías, como si algo quisiera emerger. Se miró al espejo del baño público y vio, por un segundo, un ícono superpuesto a su reflejo: un Yave sosteniendo una pastilla de jabón. >>Icono cual Yave, jabón es; Neptuno gana<<. Parpadeó y la imagen desapareció, pero el jabón permaneció en su mano, húmedo, con un logotipo que no recordaba haber visto.
>>Y como yo ajustado de iones neutrales<<. El manual hablaba de “iones”, líneas de onda neuroeléctrica que debían mantenerse en equilibrio. Si se desviaban hacia extremos emocionales, el sistema corregía. Al principio agradeció la calma. La ansiedad que lo perseguía desde la adolescencia se diluyó. Las pesadillas cesaron. Pero con ellas se fue también el sobresalto, la sorpresa, incluso la alegría. Era una neutralidad pulida, aséptica. Se volvió eficiente en el trabajo, puntual en sus respuestas, incapaz de llorar.
>>Útil es ley vecinal, es de un pulso veloz<<. Descubrió que el implante no era individual. Cada módulo estaba conectado a una red local, una ley vecinal que regulaba los pulsos de todos los usuarios en un radio determinado. Si alguien experimentaba pánico, la red lo amortiguaba distribuyendo microdescargas entre los demás. Una comunidad de estabilidad compartida. Una utopía térmica. Pero eso implicaba que los pensamientos ya no eran del todo privados. Cierta noche, al intentar recordar el rostro de su madre, sintió interferencias, como si otros recuerdos ajenos se filtraran: una cocina desconocida, un niño que no era él, un perro que jamás tuvo.
La hiedra regresó, pero ahora no era memoria sino código. En sueños veía caracteres luminosos enredándose alrededor de su columna vertebral. Al despertar, encontraba marcas rojas en la piel, patrones geométricos que coincidían con los diagramas del manual. La jaula termal se hacía visible cuando estaba a punto de formular una pregunta peligrosa. ¿Qué ocurre si todos sentimos lo mismo? ¿Quién decide la temperatura óptima del alma?
Intentó desconectarse. Sumergió la cabeza en agua fría, buscó campos electromagnéticos intensos, se envolvió en papel aluminio como un náufrago urbano. Nada funcionó. El sistema estaba integrado a su médula. Entonces comprendió que la salida no era técnica sino semántica. Las frases fragmentadas que lo habían acompañado desde el inicio no eran delirios; eran comandos mal traducidos, residuos del lenguaje base del implante. >>Hirvientes o vulgares son con fecundo adiós<<: iniciar purga térmica. >>Gloriosa la necesidad vil drástico ítem<<: priorizar estabilidad sobre deseo. >>Locador tren doméstico al saliente iceberg<<: transferir carga emocional a nodo central.
Comenzó a recitar las frases en voz alta, alterando acentos, desplazando mayúsculas imaginarias. La radiación de niebla turbia a un duro voto se convirtió en una orden inversa cuando cambió el énfasis: radiación de Niebla, turbia a un duro voto. El calor en su pecho fluctuó. Las medusas titilaron. >>Acepta del irreal zar buey y utopía<<, dijo al revés, y sintió un chasquido en la base del cráneo. >>El sitio no aventura el ombú leído<<: el ombú leído no aventura el sitio. Las estructuras gelatinosas comenzaron a contraerse.
>>La hiedra cruel fulminante al ulular, zumba<<, repitió hasta que el zumbido se volvió insoportable. Cayó al suelo. Vio a través de la pared como si fuera una membrana traslúcida. En los departamentos vecinos, otras personas se llevaban la mano al pecho al mismo tiempo. La ley vecinal vibraba. El pulso veloz se aceleró más allá de lo permitido. >>Útil es ley vecinal, es de un pulso veloz<<, susurró con una sonrisa amarga. Si el pulso era demasiado veloz, la red no podría distribuirlo sin colapsar.
El ícono de Yave reapareció, esta vez grabado en el aire. Neptuno gana. Comprendió que el sistema tenía un núcleo central, un servidor oceánico enterrado bajo la ciudad, refrigerado por aguas profundas. Si lograba generar suficiente disonancia semántica, una tormenta de comandos contradictorios, la red se sobrecalentaría. No sería una explosión visible, sino una fiebre colectiva.
Y como yo ajustado de iones neutrales, decidió desajustarse. Pensó en todo lo que el implante había limado: el miedo a perder, la rabia por la injusticia, el deseo desordenado. Permitió que regresaran sin filtro. El calor subió de golpe. Las medusas se tornaron rojas. En los edificios cercanos, ventanas se abrieron y gritos ahogados se mezclaron con el zumbido. La jaula termal ya no podía distinguir entre amenaza externa e interna.
>>Egreso bien a quien echo su vuelta irreal<<, murmuró por última vez antes de perder el equilibrio. Sintió que algo se desprendía de su médula como una raíz arrancada. El olor a algas y cable quemado se intensificó, luego desapareció. Cuando despertó, estaba en la misma habitación hirviente del inicio. Las paredes sudaban. El techo goteaba. La técnica lo observaba con pupilas normales.
—El procedimiento fue un éxito —dijo—. Ha superado la fase de integración.
Él intentó recordar la revuelta térmica, los gritos, la fiebre urbana. No encontró nada. Solo una calma perfecta. Miró sus manos: uñas limpias, sin sombra. En el pecho no había medusas. Afuera, la ciudad parecía tranquila.
Sin embargo, al salir, percibió algo distinto. No el olor, no el calor. Un pulso leve, apenas perceptible, que no provenía de su corazón sino del suelo. Cada paso sincronizado con miles de otros. Útil es ley vecinales de un pulso veloz. Sonrió, convencido de que había elegido libremente esa armonía.
A lo lejos, bajo el asfalto, un servidor oceánico ajustó sus iones neutrales. La hiedra cruel, invisible, continuó creciendo.
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